sábado, 18 de abril de 2026

 

PACHACÁMAC MÁGICO,
ORÁCULO Y SANTUARIO

El templo del Sol

Fui a Pachacámac intencionalmente, hace unos años, al mediodía, para determinar si estando el gran Sol en el zenit, pudiese experimentar o percibir alguna sensación personalísima, si no mágica, tal vez extraña pero positiva, algo como lo que ahora nombran como “buena vibra”.

Y, ocurrió. Desde lo más alto que se puede llegar en el edificio inca, abrí los brazos, cerrando los ojos e inspiré profundamente frente al Océano Pacífico. Al abrir los ojos y bajar los brazos, una inmensa paz estaba conmigo. No sentía el calor ni el viento y la vastedad de horizonte aparecía como un inmenso mural con una invitación a no ser más cuerpo, solo espíritu capaz de volar hacia la inmensidad del universo.

En su trabajo Los waris en Pachacámac, inserto en la excelente producción impresa del Banco de Crédito del Perú, Pachacámac, el oráculo en el horizonte marino del sol poniente, el extinto arqueólogo Luis Guillermo Lumbreras, escribió que el sitio fue una segunda capital del gran imperio Wari, después de Ciudad Wari, en Huamanga. Eso lo supe después de mi visita, cuando me dio por saber con más detalles sobre lo que fue Pachacámac, como sitio y como divinidad.  

 Su origen

Nadie sabe el origen exacto del asentamiento. Pero en la ciudadela los arqueólogos encontraron vestigios de una antiquísima ocupación del final del periodo Formativo, cuando la horda andariega, cazadora, recolectora y pescadora estaba pasando al sedentarismo, descubría la agricultura y ensayaba conjunto de covachas de cañas y ramas para guarecerse.

En la pampa, frente a Pachacámac, recuperaron un cementerio de individuos que probablemente fueron pescadores y agricultores en las lomas aledañas.

Nadie sabe también cuándo, cómo y por qué, presuntamente durante la vigencia de la «Cultura Lima», el lugar se convirtió en el asentamiento de un antiguo oráculo y centro del culto a un dios reputado como poderosísimo, creador del universo, cuyo nombre original también es un misterio.

El escenario más amplio de este sitio y su deidad es el Valle de Lurín, cuyo rio tiene agua todo el año, por lo que su valle fue ocupado desde la noche de los tiempos, el Periodo Lítico del Nuevo Mundo, hace unos 10 000 años.

La Sociedad Manchay, antecesora recién identificada

Pero, avanzando hacia la sociedad compleja u organizada, de lo que los arqueólogos llaman Formativo u Horizonte Temprano (1 800 al 200 a.C.), los arqueólogos Richard Burger y Lucy Salazar estudiaron desde 1990 los antiquísimos asentamientos Mina Perdida, Cardal y Manchay Bajo del valle de Lurín, cuyos pobladores fueron capaces de construir enormes edificios de barro y piedra para usarlos como centros cívicos ceremoniales monumentales.

Como antes en la costa central norte, sus arquitectos e ingenieros civiles habían logrado diseñar y levantar grandes plataformas superpuestas y escalonadas, rectangulares o cuadradas con el clásico diseño de planta en «U», presente también en los valles norteños del Rímac, Chillón y Chancay.

Sobre la base de sus estudios y el establecimiento de similitudes cerámicas y de ideología religiosa, pues toda la costa central estaba por entonces bajo la influencia de la dominante teocracia Chavín, Burger y Salazar, plantearon en el año 2009 el reconocimiento de la existencia de la «Cultura Manchay», antecesora de la «Cultura Lima», tributaria de los chavines. Otro famoso sitio de la Cultura Manchay, pero en la margen derecha del valle del Rímac, fue el centro ceremonial monumental Garagay, cuyos vestigios están casi abandonados, cerca del Aeropuerto Jorge Chávez, “aquisito nomás”.

Cuando Chavín se disolvió, también terminaron sus sociedades vasallas, pero los pueblos se reorganizaron porque la vida tenía que seguir y entonces, emergió la «Cultura Lima» en el periodo Intermedio Temprano o de los Desarrollos Regionales, que abarcó del año 200 a.C. al 600 d.C.

La nueva sociedad se desplegó, probablemente, desde el valle del Rímac hacia los contiguos valles de Lurín, hacia el sur, Chillón y Chancay hacia el norte, por la fácil comunicación terrestre entre sí a través de pasos ubicados en las zonas medias y altas de esos valles, sobre todo durante la vaciante de los ríos.

Investigación

Pachacámac fue excavado por primera vez por el alemán Max Uhle  en 1897. En los templos del Sol y de la Luna, recuperó vestigios cerámicos, textiles y otros artefactos, con iconografía que, en 1903, equivocadamente, atribuyó a la que entonces era la pasión de los arqueólogos: la «Cultura Tiahuanaco».

Este criterio inexacto distorsionó nuestra prehistoria durante mucho tiempo, pues, en realidad, esos íconos correspondían al Imperio Wari, por entonces desconocido.

Treinta y cinco años después, en 1938, el estadounidense Albert Giesecke, por encargo del Museo Nacional reconstruyó el núcleo del lugar. Recuperó tejido y utensilios bien conservados en el Templo del Sol. Julio C. Tello, como director de Museo Antropológico del Magdalena de Lima, en 1939, desenterró una plaza rectangular al este del Templo del Sol, que habría servido para acoger a peregrinos. Tello también ubicó un sistema de cisternas y acueductos que recogía agua del subsuelo. 

En 1941, William Duncan Strong y William Corbett, por cuenta del Institute of Andean Research y con más excavaciones estratigráficas registraron dos ocupaciones principales de Pachacámac:

i)     La más reciente, del Intermedio Tardío, definida por cerámica inca y,

ii)   La más antigua, caracterizada por cerámica del Intermedio Temprano a la cual llamaron «Pachacamac Interlocking» la que, en realidad, es alfarería de la Cultura Lima.

Los arqueólogos establecieron además que, durante su colapso, los limas enterraron y sellaron su edificio Pachacámac.

Siendo director del Museo de Sitio de Pachacámac, en 1962, Arturo Jiménez Borja desenterró más vestigios, un camino en zig zag hacia el «Templo del Sol», el «Palacio de Tauri Chumpi», vivienda del gobernador inca del lugar a la llegada de los invasores españoles y otras viviendas del período Inca.

En 1999, el arqueólogo Peter Eeckhout, de la Universidad de Bruselas, investigó los vestigios de la Cultura Ychsma en Pachacámac, es decir los edificios de plataformas escalonadas con rampas construidos entre los años 1 100 a1 450 d.C.

En 2003, el arqueólogo Izumi Shimada excavó la Plaza de los Peregrinos y demostró definitivamente su función de culto con la recuperación de ídolos, telas y ceramios. En 2012, una misión científica italiana comenzó a estudiar el antiguo sistema hidráulico de las ciudades.

En resumen, como resultado de su investigación larga y dispersa, se tiene que, como sitio, asentamiento o aldea, Pachacamac habría sido instalado por gente de la Cultura Lima, en algún momento de la centuria de los 300 d.C. y en ese trance empezaron a construir un edificio ceremonial primitivo, de administración y culto, quizá de modo simultáneo con edificaciones similares en Cerro Culebras, Maranga y Pucllana, en la zona baja de los valles del Rímac y el Chillón.

Así, el ahora llamado «Templo Viejo», fue construido en Pachacámac con adobe y era abastecido de agua por un túnel ahora sin uso.

Los sucesivos dominios de los wari e incas construyeron sus propios edificios ceremoniales según sus diseños arquitectónicos propios y aumentaron la extensión del asentamiento a unas 500 hectáreas. En total, el sitio tiene cuatro edificios tipo ceremonial, catorce construcciones de plataformas con rampa, veintiún edificaciones y varias plazas.

Además, contiene vestigios de otros edificios que datan del Intermedio Temprano (siglo III) hasta el Horizonte Tardío (siglo XV)

Los edificios del periodo Inca (1 450-1 532) son los mejor conservados.

El original «Templo Viejo» de la Cultura Lima

El «Templo viejo» es el más antiguo vestigio arquitectónico ceremonial de Pachacámac. Fue construido por la «Cultura Lima». Solo quedan restos de sus muros de contención, asentado sobre un promontorio rocoso. Fue hecho con «adobitos” – pequeños ladrillos de barro crudo secados al sol–, principal material constructivo que define la arquitectura Lima, ampliamente difundido en el Valle del Rímac, en el siglo III a.C.

A su llegada, los waris hallaron al «Templo Viejo», abandonado.



El  «Templo Viejo» y sus edificios sucesores

Tradición chavinista u origen wari

En su trabajo Pachacámac: el ídolo, segundo inserto en la obra ya citada publicada por el BCP, Guillermo Lumbreras planteó con claridad que la veneración al «dios Pachacámac» habría nacido localmente en Lurín, como ideología zonal, durante la «Cultura Manchay» y el dominio de Chavín, en el Formativo. Ocurrió que los limas mantuvieron su culto, los waris lo prestigiaron y expandieron en todo su dominio, imponiendo nuevos elementos iconográficos y rituales.

El arqueólogo estadounidense John Rowe, planteó, en cambio, que el sitio pudo haber surgido como un asentamiento que mantuvo vínculos con los waris y tomó importancia como oráculo durante la fase 2 de ese imperio, con la representación de la deidad “El grifo de Pachacámac”, de características ornitomorfas.

La arqueóloga Dorothy Menzel cree que ese tal grifo procede de Conchopata, tiene cuerpo y cabeza de águila, un báculo de bandas segmentadas a modo de barra sobre la espalda, curvada al final de la cola formando un motivo llamado “cola emplumada”. Sus pies y manos son antropomorfas, pero sin garras. Sería una mezcla iconográfica wari–tiahuanaco.

Prehistoria religiosa

Sin embargo, Lumbreras insistió en que el culto a la divinidad Pachacámac surgió en el Formativo Medio, entre los siglos X y IX a.C., durante el apogeo de la teocracia Chavín, uno de cuyos dioses principales era presentado con cuerpo humano y feroces colmillos y garras, como se ve en el Obelisco Tello y en «El Lanzón».

Otro dios Chavín fue el muy conocido “dios de las varas”, “dios de los báculos”, o “dios de los bastones”, cuya imagen está en la Estela Raimondi, en los tejidos de Karwa y Ocucaje (Ica), en Pukará, en la Puerta del Sol, en el altiplano y cuya importancia en el Horizonte Medio (fase 2, siglos IX al XI d.C.) fue muy grande en todo el Perú, bajo el dominio del imperio Wari.

Lumbreras explicó que mientras los chavines dominaron, todos los centros cívicos monumentales administrativos y de culto de la costa central, desde Supe a Lurín, además de venerar a los mismos dioses de formas humanas y atributos de feroces animales, estaban obligados a dar a la alta jerarquía chavín información precisa del clima y de todos sus entornos ambientales, sobre todo del marino

Esa data servía a los Chavín para elaborar sus predicciones, supuestamente recibidas de los dioses, sobre la suerte próxima de la agricultura, la ganadería y la pesca, en función de sequias o lluvias intensas con sus secuelas de derrumbe de laderas, aluviones, desbordes de caudales e inundaciones, hambre, enfermedades y muerte. 

De esa percepión, Lumbreras deduce que casi mil años después, los limas también organizaron una red de centros ceremoniales tipo los santuarios–oráculos antiguos, con sedes en edificios con un nuevo patrón arquitectónico y constructivo: plataformas escalonadas de «adobitos» que levantaron en Pachacámac (Lurín) Cerro Culebras (Chillón), Maranga y Pucllana (Rímac)

Este desarrollo regional habría generado el santuario de Pachacámac y la continuación de la veneración a los dioses del chavinismo, con los cuales sus shamanes lima, decían que seguían manteniendo una privilegiada conexión para predecir el futuro. Con los waris, este culto se articuló con los ritos antiguos preservados en el Cusco y el Altiplano.

Con estos dos componentes de la veneración al «dios Pachacámac» – las ideologías religiosas chavín y wari–, Lumbreras lanzó sus tesis de que en el oráculo-santuario Pachacámac se fundieron las tradiciones  arquitectónicas, constructivas y religiosas de la Cultura Lima con las de los waris generando una ciudadela bien definida para la adoración del «dios Pachacámac».

El dios Pachacámac

El dios Pachacámac fue una deidad máxima, total, es decir, la cúspide de la cosmovisión andina de su tiempo, un dios creador omnipotente, omnipresente y omnisciente. Gozó de alto prestigio aún durante el incanato, pues los cronistas detectaron que, comúnmente, era considerado como una reedición del dios Wiracocha.

En la traducción del antiguo canto incaico Yayallay, del cronista invasor Blas Valera, un joven de la nobleza cusqueña, alumno del yachahuasi pide muchos hijos de su sangre real a tres dioses:  Illapa, Inti y Pachacámac, afirmando que este último no tiene principio ni fin. Su nombre quechua puede traducirse como "El que crea el mundo" o como "El que sustenta el universo".

Otra interpretación, sustentada en parte en el anónimo “El manuscrito de Huarochirí”, presenta a Pachacámac como una deidad de la noche, de la oscuridad, pues su hermano, Wichama, era el dios del día.

El cronista español invasor, Francisco de Ávila, afirma también que los ritos a Pachacámac se realizaban durante la noche, con luna llena y que, por lo menos, durante el Tahuantinsuyo, cada año le ofrecían un Cápac Hucha, o sacrificios humanos, teniendo como ofrendas víctimas propiciatorias traídas de todas las provincias del Tahuantinsuyo, mujeres y hombres. A su llegada al santuario los enterraban vivos mientras el sacerdote decía algo como: “¡Helos aquí! ¡Te los ofrezco, padre!”. También le ofrendaban llamas, bebida y comida, oro y plata.

El ídolo tallado en madera


Sobre el ídolo del «dios Pachacámac», Lumbreras cuenta que, en 1938, Alberto Giesecke, fue encargado de remozar el aposento de la divinidad, ubicado en el
«Templo Pintado» o el edificio wari, para mostrarlo a los asistentes al XXVII Congreso Internacional de Americanistas, que se realizó en Lima.

Durante el aseo, al pie de la plataforma donde está el recinto que albergaba al dios Pachacámac, Giesecke y su equipo recuperaron un tronco tallado con una imagen principal bifronte y otros motivos complementarios que eran claramente símbolos sagrados de origen andino. Giesecke y toda la comunidad arqueológica asumieron que el madero era una imagen tipo ídolo del dios, el cual devino en su única representación. También hallaron una puerta adornada con conchas del tipo Spondylus prínceps.

El ídolo tiene una historia entre los invasores españoles: En 1533, Hernando Pizarro presentó un informe ante las autoridades de Santo Domingo, sobre su incursión en Pachacámac para robar oro y plata como parte del rescate del secuestrado inca Atahualpa.

Desafiando el poder del dios y para desacreditarlo públicamente ante todos los curacas del territorio, abrió la puerta adornada con conchas marinas del recinto prohibido donde “habitaba” Pachacámac. Pizarro narró que al entrar se dio con una habitación oscura y fétida en la que estaba apostado un tronco esculpido, ante el cual los últimos peregrinos habían colocado algunas ofrendas de oro y plata. Derribó el ídolo y ordenó a sus hombres que lo sacaran del recinto a la vista de los locales, a quienes les dijo que en esa forma los engañaban con un pedazo de madera inútil. Seguidamente, los invasores incendiaron el ídolo, sin que sus fieles hicieran algo por recuperarlo.

Si Pizarro dijo la verdad, el ídolo recuperado por Gieseke sería solo una réplica del original, lo cual tampoco podría confirmarse, pues no existe ningún vestigio primigenio para comparar, aunque los cronistas invasores anotaron que en otros lugares del santuario había más de estos troncos tallados.  

Lumbreras describe así el tronco de Gieseke: “En su extremo superior tiene la imagen de un personaje de rasgos plenamente humanos, que se desdobla en dos, con un frente asociado a frutos de maíz y el otro a animales marinos y cabezas de serpientes, es decir a las esferas de la agricultura y el mar: se asume que uno es un personaje masculino y el otro femenino (…)  El ídolo de Pachacamac es de 2.34 m. de largo y 27 cm. de diámetro. Debajo del dios bifronte, que tiene 58 cm. de alto, está “el resto del mundo”, grabado en seis escenarios, estando el inicial cubierto por tres personajes: el primero tiene a un hombre de pie, de cuerpo entero, con su pectoral trapezoidal, que sostiene una lanza con plumas en la mano izquierda, y algo que parece una vara (?) en la derecha, con dos serpientes que brotan de su cintura. Tiene a sus pies una cabeza-trofeo emplumada. Al frente de él hay una serpiente enroscada, seguida por un felino manchado, aunque no tiene colmillos (…) Esta imagen ha sido reproducida por la revista Guara de la Universidad J.F. Sánchez Carrión y tiene la particularidad de estar muy emparentada con la manera como son presentados estos personajes en las esculturas de Tiahuanaco, incluida la posición de los brazos sobre el pecho, recordando mucho a la estela Bennett y al monolito Ponce. Cerca de Ciudad Wari se encontró un monolito que tiene también esos rasgos, pero está muy deteriorado, ahora en el Museo Regional de Ayacucho”.

Lumbreras apreció que estas tallas remiten al estilo wari en sus fases tardías, vinculadas a figuras populares moche y a rasgos estilísticos limeños del Horizonte Medio y percibió también que tal iconografía contiene un gran componente marítimo y es parecida a los dibujos que se aprecian en el tótem, también de madera encontrado en Playa Grande (Santa Rosa–Chillón), en la cerámica del Cerro Trinidad (Chancay) y en la de Cerro Culebras (Chillón), así como en la cerámica de  los estratos antiguos de Pachacámac, correspondientes a la Cultura Lima de innegable e intensa vinculación con el mar.

Lumbreras advirtió también que, según la revista Guara, Rommel Ángeles identificó un ídolo de madera idéntico al recuperado en Pachacámac, el cual había sido hallado en 1934 por Louis Langlois, en el Cerro La Horca, en la parte baja del valle del Río Fortaleza (Paramonga), en Ancash.

Lumbreras creyó hallar en el ídolo de Giesecke rasgos, solo rasgos, de un estilo iconográfico de la fase 2 de Wari, durante la cual ya ocupaba el territorio de la Cultura Lima respaldando al culto a Pachacámac.



Esta prehistoria religiosa de Lumbreras cubre varios horizontes y la resumió señalando que, con la difusión del culto a Pachacámac impulsada por los wari hacia la mayor parte del mundo andino del Horizonte Medio, se cerró una especie de círculo religioso entre los siglos IV y IX de nuestra era, con el retorno de la veneración a una divinidad de forma humana, con atributos de felino, halcón, serpiente y otros agregados, la cual resulta ser el viejo Wiracocha, «dios de los báculos», «dios de los bastones» o «dios de las varas».

Después del hundimiento Chavín, tras mantener perfil regional bajo, el antiguo dios retornó triunfante, de nuevo con dimensión panandina. Su restauración comenzó en los valles de Lima y, a partir del siglo IX, durante el apogeo del imperio Wari, llegó hasta Piura y Amazonas por el norte, y Cusco y Moquegua por el sur.   

Dominio del Imperio Wari

Aledaños al «Viejo Templo», original de Pachacámac, están el «Templo Pintado» wari, los edificios Ychsmas con rampas, el «Templo del Sol», de los incas, el «Templo de la Luna» o Acllahuasi, la Plaza de los peregrinos y el Edificio de Tauri Chumpi, la residencia del último curaca local de la época inca.

En Pachacámac los vestigios del dominio wari, se concentran desde el 600 al 1 100 d.C., periodo del apogeo del oráculo del sitio en el Horizonte Medio

Tras anexarse los valles de Lima y mantener en vigencia la cerámica Nievería de los limas juntos con sus propios estilos alfareros, los imperialistas convirtieron a Pachacámac en un centro de mayor rango, cuya esfera de poder ideológico–religioso, cubrió la costa y la sierra hoy peruanas, desde Moquegua hasta Piura. Pachacámac mantuvo esa prestancia hasta el incanato.


Colección cerámica del Museo de sitio de Pachacámac


El lugar alcanzó la condición de una especie de Meca de todo el territorio wari, pues concentraba a gran cantidad de peregrinos de toda condición social y económica.

Al dominio wari corresponde un extenso cementerio, excavado por Max Uhle en 1896, así como también un valioso conjunto cerámico hallado en la zona.

La gran avenida

Luego de las murallas por donde se ingresa al santuario, de norte a sur, hay una larga avenida, muy recta, de más de 300 m. de largo y unos 4 m. de ancho, delimitada por murallas altas.


La gran avenida de entrada

Antes de llegar al incaico «Templo del Sol», hay un espacio también amurallado, de planta hexagonal irregular, donde está un edificio compuesto por tres plataformas. El acceso es una “calle” central similar a las de las ciudades wari, Azángaro, en Huanta, Viracochapampa, en Huamachuco, Pikillaqta y Huaro, en el Cusco, Cerro Baúl y Cerro Mejía, en Moquegua. 

A los lados del acceso, hay grandes recintos cuadrangulares a modo de “canchas”, de 30 a 50 m. de lado, según el típico modelo wari de organización del espacio urbano, «grupo–patio».

De ese modo se llega al «Templo Pintado» construido por los  waris, un edificio también de plataformas escalonadas de unos 100 m. de largo por unos 50 m. de ancho, de planta rectangular. Su base es de piedra y sus paredes de adobe enlucidos con barro. Largas rampas llevan a su cima en donde hay dos patios grandes.

En tres de sus lados hay nueve terrazas escalonadas, de casi un metro de altura. Tenía sus paredes pintadas de rojo y figuras multicolores que representaban personas, peces, animales marinos y plantas en colores rosado, amarillo y azul verdoso. Esa iconografía descubierta en 1930, está actualmente degradada y en algunos casos ha desaparecido.

Denise Pozzi-Escot y su equipo, hallaron vajilla de cerámica de uso doméstico procedente de Ciudad Wari, correspondiente al Horizonte Medio, fase 2, como testimonio de habitantes wari en Pachacámac.

Cerámica

En su artículo de la publicación del BCP, Lumbreras, explica que el estilo de la cerámica wari recuperada en Pachacámac es idéntico al de la cerámica que los huaqueros robaron del sitio y la vendieron a Gretzer y Baessler, la cual ahora está en el Museo Etnológico de Berlín.




Sacrificios humanos

Finalmente, Lumbreras dice que la alfarería wari ofrece pistas acerca de que en Pachacámac se realizaban sacrificios humanos. Un vaso cerámico muestra brazos y manos, piernas y pies seccionados, asociados a cabezas de venados, como secuencia organizada en una banda zigzagueante, que tiene en la base central un rostro feroz, con colmillos y rasgos similares a los de la divinidad de la Puerta del Sol, de Tiahuanaco.

Gran parte de la cerámica estudiada por Lumbreras procede del cementerio que Uhle excavó al pie de la plataforma del «Templo Pintado» y que, equivocadamente, atribuyó a Tiahuanaco. Lumbreras determinó que algunas piezas, si bien son del estilo wari, difieren en algunos detalles. Así mismo, la cerámica wari encontrada en la sala central de los peregrinos es de un estilo neto de la fase Wari 2.

El dominio Ychma

Hacia 1 100 d.C., tiempo de la debacle del Imperio Wari que marcó el inicio del nuevo periodo Intermedio Tardío, como una reorganización de la población de la zona, surgió en el valle del Rímac, la Cultura Ychma cuyos representantes tomaron posesión de Pachacámac.

Los Ychma construyeron en el valle de Lurín edificios residenciales y administrativos con el diseño de plataformas escalonadas conectadas por rampas, entre otros lugares en Tijerales, Quebrada Golondrina, Pacae Redondo y Panquilma.

Edificios con rampas, Ychsma.

Forman un conjunto de 16 edificios de plataformas superpuestas conectadas con rampas que datan de entre 1 100 y 1 450 d.C. La base de cada uno está hecha de piedras canteadas y el resto es de adobe; sus paredes estaban enlucidas. La mayor parte de estas construcciones está en ruinas. 

Han sido estudiados dos; el edificio «Jiménez Borja», el cual da una clara idea de cómo era la planta de este tipo de construcción con rampa: un gran patio delantero, luego el volumen principal al que se accede por medio de rampas. La cúspide tiene forma de herraje que se abre a una serie de pequeños ambientes. Detrás de la mole principal existen grandes depósitos para alimentos. El edificio con rampa II, fue estudiado por Ponciano Paredes con la supervisión de Jiménez Borja.

El dominio inca

Después, en 1470, llegó a Pachacámac el dominio de los Incas quienes, en son de su nueva supremacía, construyeron el «Templo del Sol» y el «Acllawasi», entre otros edificios. A la importancia religiosa de Pachacámac se sumó su funcionamiento como uno de los principales centros administrativos de la costa durante el Imperio del Tahuantinsuyo.

El Sol se despide en el horizonte, visto desde la cúspide 
de su templo en Pachacámac

En la segunda parte de su obra, titulada «El señorío de los incas» (1553), el cronista español invasor Pedro Cieza de León, cuenta que el príncipe Cayu Tupa, descendiente directo del inca Huayna Cápac y otros nobles cusqueños, le narraron que fue Tupa Inca Yupanqui quien se apoderó de la costa central para ampliar el imperio creado por su padre, el Inca Pachacuti.  El monarca Tupa Yupanqui iba a imponer a los ychamas el culto al Sol y suprimir el de Pachacamac. Pero, para complacerlos dispuso que siguiera la veneración a Pachacámac y que, a la vez, se edificara también un mejor y más grande templo de adoración al Sol. Cieza escribió que muchos nativos le contaron que el Inca llegó a hablar con la representación de Pachacamac.

Templo del Sol, es el edificio más imponente y mejor conservado, erigido por los incas. Está también sobre un promontorio rocoso, a unos 40 m. desde el nivel del suelo. Domina todo el conjunto.

Se calcula que fue construido alrededor de 1450 d.C. como santuario del dios Sol, la divinidad oficial del Tahuantinsuyo. Consiste en cinco plataformas superpuestas con bases de piedra canteada; el resto es de grandes adobes, unidos con argamasa de barro. Estaban enlucidas con capas de tierra fina y pintadas de escarlata o bermellón intenso.

Templo de la Luna o Acllahuasi, es del incanato y también data del 1450 d.C. Fue un Acllahuasi o casa de las acllas, una residencia de mujeres escogidas. Se sitúa en la parte baja del área. Tiene graderías, patios, sitios ceremoniales, reservorios de agua, depósitos e innumerables habitaciones. Este edificio muestra claramente el estilo arquitectónico inca por sus hornacinas, puertas trapezoidales de doble jamba y las piedras de sus muros. Las hornacinas sobrepasan los 2 m de alto y posiblemente sirvieron como nichos de ídolos traídos de diversas provincias.

Plaza de los peregrinos, de la época inca, es un gran espacio rectangular nivelado, al frente del lado oeste del «Templo del Sol». Contaba con murallas e incluía un asiento o trono (ushnu). Se observa también los fundamentos de una doble hilera de columnas, que recorren por el centro y los lados de la cancha. Hay una tercera hilera de columnas en dirección al «Templo del Sol».

Edificio de Tauri Chumpi, fue la residencia del último curaca local de la época inca. Está también sobre un promontorio rocoso, hacia el norte. Tauri Chumpi o Taurichumbi, fue quien recibió a Hernando Pizarro y a sus soldados. El sitio tiene altos muros, depósitos, corrales y habitaciones.

Tras la invasión española en 1533, comenzó el abandono paulatino del santuario y su enterramiento por la arena del desierto, situación que recién está en proceso de recuperación.

 

 

 

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