LOS ORÁCULOS DE CHAVIN Y
PACHACÁMAC COMO
MECANISMOS DE MANIPULACIÓN MEDIANTE
DROGAS
PARA CONSEGUIR Y MANTENER EL
PODER ABSOLUTO
«Templo
Nuevo” con su «Portal de las falcónidas» y
la plaza hundida cuadrada
No obstante, Marco Curatola
Petrocchi, en su ensayo, en su ensayo,
«Adivinación, oráculos y civilización andina» (2001), trata de
explicar el extraordinario desarrollo del fenómeno oracular en el Perú antiguo.
Con sus predicciones,
indicaciones y el descifrado de signos, hechos y situaciones de difícil
inteligencia, los oráculos aportaron conocimiento, racionalización de la
realidad y fueron una de las instituciones andinas «eje», desde que surgieron
desde la aparición de la cerámica y el avance del Periodo Formativo (II milenio
a. C.).
Una hipótesis etnohistórica dice
que los “templos” de Caral, Kotosh, Huaricoto, La Galgada, Pampa de las
Llamas-Moxeke y Taukachi-Konkán, fueron recintos religiosos restringidos, donde
pocos humanos creían percibir manifestaciones de dioses a través del fuego. De
lo que no hay duda, es de que al final de nuestra prehistoria los oráculos
representaron un formidable mecanismo de legitimación del poder, dictado de
normas sociales (si lo ha dicho el oráculo, así es) acopio de información, de
comunicación y de negociación, afianzaba de modo determinante que los grupos en
el poder controlaran, por las buenas, inmensos territorios bloqueando el
independentismo político de distintos grupos sociales de linajes.
EL ORÁCULO DE CHAVIN DE HUÁNTAR
El arqueólogo John
Rick actual investigador principal de complejo arqueológico Chavín de
Huántar por la Universidad de Stanford desde 1994, ha planteado que los varios medios usados en
sus “templos”– paisaje, arquitectura, decoración, luz, sonido, drogas
alucinógenas– prueban que la Cultura
Chavín desarrolló y aplicó una política general de manipulación individual y
colectiva con fines de poder y
dominación planificada y ejecutada por su élite sacerdotal.
Según esta percepción, sus
esculturas líticas fueron herramientas para tal manipulación; sus templos
fueron sitios de exploración psicológica y
experimentación para comprobar las reacciones de las personas ante
diferentes estímulos. Desde esta óptica, Rick y otros autores ven a Chavín como
un lugar construido para impresionar y manipular a las personas hasta
integrarlas a una religión que consolidaba la autoridad y el poder de los
miembros del culto.
Extensión de la influencia o dominio de la teocracia
Chavín
Durante su apogeo (Alfonso Klauer)
El ORIGEN
Sobre el origen de esta cultura primordial,
Rick y su equipo también han hecho un aporte importante: En 2003, en el sector
de «La
Banda»
de Chavín, hallaron un depósito compuesto por puntas de cuarzo y sílex,
huesos de venado y otros instrumentos de piedra pulida, fechadas mediante radiocarbono
y luminiscencia
ópticamente estimulada - OSL con
una antigüedad de entre los años 4 850 y 4600 antes del presente (a.d.p.) En
otra excavación desenterraron un fogón cuadrangular de piedra con un ducto
de ventilación y herramientas de piedra lascada. Estos vestigios son
del pase del sub periodo pre cerámico Arcaico Temprano al Arcaico Tardío, cuando
el sitio era solo una pequeña aldea de precoces sedentarios. Así mismo, en
un segundo hallazgo pre cerámico, al excavar en un costado de la actual iglesia
del pueblo de Chavín de Huántar, recuperaron un conjunto de sencillos fogones
de piedra que conservaban carbón y herramientas líticas, cuya antigüedad
fluctúa entre los años 4 450 y 4 150 a.d.p.
El tercer hallazgo fue el más
notable: en la zona del rio Wacheqsa encontraron vestigios cerámicos de
la fase “Kotosh–Kotosh”, de la cultura Kotosh, que indican, sin lugar a dudas,
una ocupación más antigua al año 3 200 a.d.p., considerado como el inicio de la
Cultura Chavín. Además, confirmaron que el material que la
arqueóloga Rosa Fung había recobrado de la misma zona y que estaba
almacenado sin ser estudiado en el Museo de Arqueología de San Marcos,
correspondía a esa misma etapa cerámica del lugar.
Este resultado confirmó
entonces que los pobladores originarios que desarrollaron la Cultura Chavín
procedieron de la Amazonía (Hipótesis de Julio C. Tello), en concreto de la
Cultura Kotosh surgida en el año 4 000 a.d.p. en Huánuco, cerca del rio
Huallaga.
Plaza circular hundida que lleva al «Templo Viejo” por las
escalinatas, ruta hacia la Galería del LANZON que
representaba al dios supremo
Rick y su equipo creen también – sin
saber aún si fue como continuación de la ocupación Kotosh–Kotosh ni por qué-, que
la primera construcción del «Templo
Viejo» y sus instalaciones conexas empezó lentamente, aproximadamente, el
año 3 200 a.d.p. A medida del crecimiento del poderío y prestigio de las divinidades
que allí se adoraban, sus acabados, remodelaciones y la edificación de nuevas
instalaciones con notables innovaciones, se prolongaron por unos 400 años y
durante los siguientes 300 los chavinenses hicieron refacciones y algunas
ampliaciones menores.
No obstante, aun con los nuevos fechados,
hay un notable lapso de 900 años, entre el
4 200 y 3 300 a.d.p., de contenido difuso, entre el Arcaico Tardío
precerámico y el inicio del desarrollo de la Cultura Chavín, cuando la cerámica
ya había surgido en la costa norcentral.
LA MÁS ANTIGUA GALERIA CHAVÍN
En 2022, Rick informó que su
equipo había descubierto una galería subterránea y cuencos de piedra del inicio
de Chavín, de más de 3 000 años de antigüedad, en el Edificio C., gracias a un
robot equipado con cámara de video que desplazaron por un ducto de solo 45 Cms.
de diámetro mostraron el recinto y objetos de piedra en el centro. El primer vestigio
es un cuenco escultórico ceremonial de piedra que en su parte superior
tiene tallada la cabeza de un cóndor y en los lados, sus alas, así como la cola
en parte opuesta a la cabeza. La otra vasija lítica es más sencilla. Las dos
tienen 30 Cms. de diámetro por 25 Cms. de altura. La vasija del cóndor pesa 17
kilos.
Los investigadores creen que
fueron ofrendas por la clausura de la galería, la cual ahora deviene como la
más antigua de esta innovación arquitectónica que, ahora se sabe, data de la
época pre cerámica o temprana de Chavín, coetánea con la fase final o de
disolución de la también pre cerámica Cultura Caral. El recinto hallado ha sido
nombrado como “Galería del Cóndor”.
En la recóndita Galería del Cóndor descubierta en
2022,
John Rick, explica a la prensa sus hallazgos en el «Templo Viejo»
El cuenco de piedra (pre cerámico) con figura del cóndor
La campaña de Rick también apunta
a confirmar que cada espacio arquitectónico del complejo fue realizado con el
fin específico de reafirmar el poder de su élite teocrática. Hubo recintos
específicos para sacrificios de humanos y animales, de aislamiento sensorial,
preparación ritual, escuela de novicios y ritos reservados para líderes políticos
y religiosos. También buscarán ampliar el conocimiento del uso de drogas
alucinógenas en ciertos rituales, para grupos pequeños en ambientes acondicionados
de experiencias controladas. “Si querían asustar, podían hacerlo. Si querían
imponer asombro, también. Chavín fue muy bien pensado, calculado al detalle”, declaró
Rick a la prensa.
Uno de los robots “arqueólogos” del equipo de Rick
LOS ALUCINÓGENOS COMO COMPONENTES DE LA RELIGIÓN.
El uso de drogas alucinógenas fue
común en las religiones del mundo prehistórico.
Los sacerdotes chavines ingerían
el jugo del cactus de San Pedro (Mezcalina)
e inhalaban polvo de semillas de la planta llamada comúnmente Vilca o Cebil,
de nombre científico Piptadenia
colubrina o Anadenanthera (bufotenina), por sus
propiedades alucinógenas, supuestamente facilitadoras del desligamiento
temporal del espíritu respecto al cuerpo del intermediario ante los dioses.
Estas plantas aparecen en talladas
de la Estela del portador del cactus, la
cual fue hallada en 1972 por Guillermo Lumbreras; una pieza de granito que aún permanece en su emplazamiento original, en
el lado noroeste de la Plaza Circular. En 2001, hallaron en esa misma plaza un
fragmento de otra estela que muestra una imagen espejo exacta de la estela del
portador del cactus. Se cree que existieron cuatro estelas con esta misma
representación: dos en el cuadrante noreste y dos en el cuadrante sureste,
todas mirando hacia la escalera que lleva a la galería donde estaba el «Lanzón»
de Chavín, ídolo del dios máximo de esa cultura. Hay cabezas clavas que
muestran claramente fugas de mucosidad de la nariz por efecto de los
alucinógenos.
Cultivo actual del San Pedro
En su obra, Excavaciones en la Galería de las Ofrendas –1993,
el extinto arqueólogo Guillermo
Lumbreras percibió que Chavín, no
fue producto de una sociedad local autónoma,
sino el resultado de un vasto proceso de integración territorial desde Lambayeque
y Cajamarca por el norte, hasta la meseta de Junín y los valles de Lima por el
sur. Muy benévolamente, Lumbreras añade que tal integración no fue forzada;
fue una cohesión cuyo sustrato fue el poder predictivo y la sabiduría de la
curia chavín.
Por todo lo anterior, un gran grupo de investigadores militaba junto a Julio C. Tello considerando a los chavines como los iniciadores de la “alta cultura andina”, creadores de “primera cultura pan andina”, pero con solo incipientes y hasta errados estudios de su cerámica, de su arte lítico, de sus monumentales templos, sus grandes esculturas y sus acueductos sin profundizar su conducta política, social y económica global.
Árboles de Vilca o Cebil.
Pero, otros investigadores, además de evaluar los
componentes grandilocuentes de la Cultura Chavín, la determinaron
también como el primer imperio suramericano de la Costa del Pacífico, con
todos los componentes de agresión por ambición y codicia, engaño, abuso, crimen
y exacción de recursos que tal condición conllevó.
Antes de avanzar sobre el tema de fondo de este artículo, veamos un punto
negativo: la vigencia de una conducta de la mayoría de investigadores del Perú
Antiguo, sobre todo de los autóctonos, de no ahondar o soslayar aspectos supuestamente
negativos de nuestro pasado prehistórico.
Eso ocurrió, por ejemplo, con la detección de la práctica de sacrificios humanos de los mochicas y su ritual de ingesta de
sangre para aplacar la supuesta ira de su dios castigador «Ai Apaec», El Degollador, presunto causante de los desastres climatológicos como
lluvias, inundaciones y sequías prolongadas que hoy sabemos constituyen el Fenómeno
“El Niño”.
Esos ritos brutales y feroces, que se aplicaba a prisioneros de guerra o
a víctimas propiciatorias (jóvenes púberes y niños), recién fue admitido a
regañadientes, cuando investigaciones financiadas por National Geographic, dieron con un yacimiento mochica de restos
fósiles de cientos de sacrificados, entre ellos, niños, en un tiempo compatible
con un mega Fenómeno El Niño que provocó una larga sequía de 30 años, allá por
el año 600 d.C. Esta hecatombe, de acuerdo con el análisis de testimonios de
hielo extraídos de glaciales andinos que demostraron su ocurrencia, llevó a los
mochicas a ofrecer a sus divinidades la sangre y la vida de sus jóvenes y niños
en un vano esfuerzo por terminar con el azote climatológico y la infertilidad
del suelo, lo que, finalmente, contribuyó a su disolución como cultura.
Conforme a la conducta descrita, con relación a Chavín de Huántar, son
pocos los autores, entre ellos el descubridor de la práctica, Guillermo Lumbreras,
que remarcan la antropofagia
o canibalismo de la gran curia chavinense, en lo más alto
de su apogeo imperial.
En su obra, “Un Formativo sin cerámica y cerámica
preformativa”. 2006”, fundamenta que la antropofagia fue una
práctica común desde antes de Chavín; da como ejemplo a la Cultura Sechín
(Casma), sobre la base de los macabros y enormes frisos líticos de Cerro
Sechín: “El muro con los granitos
grabados parece representar una enorme carnicería, en la que guerreros o
verdugos de Sechín deshacen cuerpos humanos, ya sea como parte de sacrificios o
de prácticas guerreras antropofágicas. La evidencia arqueológica indica que el canibalismo
(resalte nuestro), iniciado a fines del tercer milenio, se había
generalizado en esta época y estaba asociado
consistentemente a la vida de todas las poblaciones. Cieza de León (1553), de su viaje por el norte de Colombia, describe
escenas que coinciden mucho con la iconografía de Sechín, con una
antropofagia asociada a la guerra en la región del Cauca, envuelta en estas
prácticas de manera casi doméstica, en donde, al parecer, se consumía a los
vencidos al final de cada batalla en el campo y en casa”.
La precisión de la antropofagia chavinenses está en el documental de National Geographic, titulado “El Teatro del más allá”, estrenado el 2 de julio de 2015– 44 minutos, apuntando a mostrar cómo la
teocracia dominante durante el imperio Chavín, usaba a fondo el «Templo Viejo»
e instalaciones especiales para engañar y convencer a curacas y jefes de
ayllus vasallos y a quien los altos sacerdotes creían conveniente, de que el
lugar era un centro de comunicación directa con los dioses y que ellos y solo
ellos –la curia chavinense– eran sus únicos representantes.
En el tramo del minuto 33.50 y el 35.39 del documental de Nat Geo, Lumbreras confirma
directamente que durante su excavación en el «Templo Viejo», a nombre de la
Universidad Mayor de San Marcos de Lima, específicamente en la “Galería de
Ofrendas”, halló un cúmulo de huesos y otros materiales. El análisis forense
demostró que una parte de los restos óseos son de animales y otra parte
considerable, de humanos. El antropólogo físico, José Baraybar, tras
analizar los restos humanos, confirmó que eran humanos y que porciones de los
huesos habían sido cocinados, otros asados y rotos por masticación. Lumbreras
narra en pantalla que cuando Baraybar comunicó sus hallazgos, ambos sonrieron y
estuvieron de acuerdo en que los chavines hicieron sacrificios humanos y,
además, realizaron Banquetes caníbales, como parte de su política de
fidelización de los jerarcas visitantes.
Entonces, el mecanismo religioso de dominación de los dirigentes de
pueblos sometidos incluía el consumo de drogas y la entrega de personas,
jóvenes y prisioneros de guerra, para sacrificios; así como opíparos banquetes
de culto y adhesión sin condiciones con potajes hechos con los restos de los
sacrificados. Hay abundante literatura acerca de la primera visión sobre qué
buenos muchachos fueron los chavines. Pero, por el contrario, la segunda visión
tiene pocos autores.
El intimidante LANZÓN Chavín
El mecanismo de consulta al oráculo o a la palabra de la deidad chavín ocurría
en la noche. Para empezar el aspirante a dialogar con la divinidad consumía drogas
disueltas en la chicha, en dosis controladas. En estado de conciencia alterada
le hacían seguir a pie un recorrido por los siniestros, lóbregos y aterradores
pasillos del templo. Intensificaban sus visiones, angustias y miedos, mediante el
impacto de sonidos provocados por trompetas de conchas y agua subterránea
corriente. La puesta en escena final era
su comparecencia ante el famoso todopoderoso personificado en el gran «Lanzón», el enorme monolito de piedra de 4 metros de
altura que tenía la figura del poderoso dios antropo-zoomorfo tallado en su
superficie, del cual el discípulo creía escuchar el vaticinio crucial sobre el
clima, las siembras y todas sus preocupaciones, así como instrucciones precisas sobre qué hacer en su
pueblo para la vida sea mejor y respecto a las ofrendas que debía entregar al
templo.
Sin duda, tales directivas de la deidad no eran más que parlamentos de
los sacerdotes chavines, también drogados, pronunciados como órdenes desde
cubículos adecuados, procedimiento ancestral que usaron todos los llamados oráculos
de la antigüedad para engatusar, embaucar y manipular a los creyentes, desde el
poder.
LOS MENSAJES
La principal preocupación de los
peregrinos, en particular de curacas, jefes de ayllus y de etnias era que el
dios chavín, cuatro meses antes del inicio de la temporada de preparación de
tierras y siembras en los Andes, les avisara si iba a llover adecuadamente, en
exceso o si venía un diluvio o la sequía, si el ganado pariría y si se lograría
abundante pesca en el litoral. Los jerarcas acudían también para saber
novedades específicas sobre sus comarcas, así como para hacer pedidos de gracias
personales o colectivas. Para eso iban en largas caravanas de camélidos
portando productos alimenticios, tejidos valiosos, cerámica fina, piezas de
orfebrería de oro, plata y cobre y otros bienes exóticos de sus zonas, enemigos
prisioneros y jóvenes elegidos para ser sacrificados al dios como ofrendas a
cambio de su favor. Con las respuestas, los gobernantes regionales y locales
podían decidir con alguna certeza el inicio, postergación o cancelación de las
siembras, así como disponer el aumento de sus reservas a distribuir en caso de peligro.
Concha Spondylus o Mullu, especie marina tenida por
sagrada en la prehistoria
El antropólogo Alfonso Klauer, en
su obra “El Mundo Pre – Inka: Los abismos del
cóndor” (2006), afirma que
los shamanes chavín sabían más o menos cómo se desarrollaría el clima por las siguientes
condiciones de la evolución del mullu o caracol Spondylus en el fondo marino frente a costa del actual Ecuador:
i) Si la especie adelantaba su reproducción a agosto y setiembre y ii) si antes
de que las aguas del Pacífico Sur empezaran a calentarse por encima de lo
normal, las conchas Spondylus
adquirían un color rojizo cada vez más
intenso. Estas dos señales advertían a los pescadores norteños que se
avecinaban problemas climatológicos que destrozarían la vida diaria y, en el
mayor secreto, lo transmitían a sus curacas y estos, a su vez, también en
secreto hacia llegar muestras de los Spondylus a los shamanes de Chavín.
En cambio, la ausencia de los indicadores eran buenas noticias. Esta red
informativa logró mantener ese conocimiento reservado solo a la curia durante
mucho tiempo. Lo único que pudo trascender a los demás fue que el mullu
era portador de mensajes divinos, más no el contenido y menos aún el modo de
“leerlos”, por lo que el tal molusco fue objeto de inestimable valor en forma
de abalorios y como elemento sagrado del culto general a la fertilidad.
No obstante, la observación del
Mullu estaba lejos de determinar la intensidad y duración de las sequías o de
las lluvias. No daba para tanto. Por eso, es claro que el gran impacto positivo
de las predicciones de buen clima era muy beneficioso para el prestigio y poder
de los chavines, pues las consecuencias de lluvias intensas y prolongadas de
hasta media intensidad se podían enfrentar con el stock común de víveres y la
organización de más abastecimiento, el uso de refugios seguros y otras medidas
de prevención en cada región o comarca.
Pero, a los adivinos las graves
consecuencias de un mega El Niño con una sequía de tres décadas cuya duración
no pudieron calcular y menos conjurar con el favor de su dios, les estalló en
la cara. Su prestigio empezó a derrumbarse en la centuria de los 500 a.C., porque
los jefes vasallos dedujeron que su capacidad de adivinación tenía un límite o
que su dios les había maldecido quietándoles su apoyo. Las peregrinaciones
fueron imposibles y con eso la subsistencia se debilitó, con el añadido de que
los curacazgos de la periferia chavinista empezaron a sublevarse y a desligarse
de la teocracia. Fue entonces que un potente terremoto, cuyo fechado preciso y sus
consecuencias político-sociales John Rick y su equipo tratan de dilucidar, afectó
y casi sepultó una gran parte del «Templo Nuevo» y las demás estructuras. Rick
y su gente están seguros de que eso disminuyó tremendamente la actividad en
Chavín de Huántar, pero quieren precisar la fecha aproximadamente de su
abandono final.
EL ORÁCULO DE PACHACÁMAC
La arqueología ha determinado
que, como pequeño sitio o asentamiento humano costero-pesquero, Pachacámac
(nadie sabe con cuál nombre) existió desde antes del surgimiento de la Cultura
Lima, sin característica alguna de santuario u oráculo. Tampoco hay algún
indicio de que tal sitio de pescadores y agricultores sedentarios devenga de la
Cultura Manchay, la antecesora de la Cultura Lima, pero separadas
cronológicamente por varias centurias.
La Manchay tuvo como centro el valle bajo de Lurín, durante el Formativo Medio y Final, teniendo como dominadora o influencia principal a la teocracia Chavín. La identificaron recién el 2009 los arqueólogos Richard Burger y Lucy Salazar, como resultado de sus investigaciones, en los vestigios de edificios públicos de Mina Perdida, Cardal y Manchay Bajo, zona baja del valle de Lurín. Ellos creen que, constituida por ayllus y curacazgos autónomos, la Sociedad Manchay habitó la costa central, desde el valle de Huaura, en el norte, al de Lurín, en el sur, Aprox. entre el 3 800 a 2 200 a.d.p. y estuvo bajo el dominio de la teocracia Chavín. Otros sitios manchay, de menor importancia en Lurín, son: Candela, Buena Vista, Manchay Bajo, Pampa Cabrera y Parka. Se hallan a relativa corta distancia unos de otros. Sin embargo, nadie sabe aún el origen de los manchay, ni de los pachacamenses originarios.
Durante la Cultura Lima, la
cronología aproximada que encuadra a Pachacámac es la siguiente: Tras la
desaparición de la Cultura Chavín, aproximadamente el año 400 a.C. y el inicio del periodo histórico Intermedio
Temprano o de los Desarrollos Regionales el año 200 a.C., surgió la
Cultura Lima el año 100d.C., en cuyo desarrollo, más o menos el año 300 d.C.,
según fechados relativos de cerámica hallada en él, comenzaron a construir la primera
versión de su edificio ceremonial en el asentamiento Pachacámac. Aplicaron su
diseño propio de plataforma rectangular, sobre muros de piedra y barro
con escalinatas de acceso y recintos en la parte superior, hechos con los
“adobitos” o adobes pequeños hechos a mano, sin medida estándar y secados al
sol. Este edificio fue reconstruido cinco veces y los arqueólogos lo nombraron como
«Templo
Viejo».
Sin embargo, si bien la
arqueología plantea su fechado cerámico referencial, solo se puede deducir que fue
para uso administrativo y ceremonial cívico y de culto, sin que haya sido
encontrado algún indicador sobre a cuál dios estaba dedicado y si ya cumplía funciones
de oráculo. Cuando los imperialistas wari ocuparon la ciudad, el «Templo
Viejo»
lima estaba abandonado.
Los waris reanudaron el culto que
había existido en el «Templo Viejo», para contentar los ychma y sabedores
de que había ganado prestigio en el valle de Lurín y en los demás de la extinta
Cultura Lima, estrechamente vinculado con la adoración al dios Pariacaca, que
moraba en el majestuoso nevado del mismo nombre en la Cordillera Central, gran
Apu protector de los pueblos del Chillón, Rímac, Lurín, Mala, Chilca y Cañete,
con una amplia panoplia de divinidades secundarias. Se debe tener en cuenta
que, la cumbre del Pariacaca y la ciudad de Pachacámac, están ubicados en un
mismo eje geográfico transversal y son la materialización casi perfecta de la
ancestral concepción andina de la dualidad de todo lo que existe”; arriba y
abajo, hielo y agua.
Pero los waris, para el reinicio del
culto a Pachacámac (no se sabe si ese era su nombre en ese tiempo) construyeron
un nuevo y más monumental adoratorio, el «Templo Pintado»
y, lógicamente como nuevo poder, agregaron a la deidad atributos sobrenaturales
antropo y zoomorfos de su propio «dios de los báculos» y
por supuesto, tal vez su capacidad de emitir vaticinios sobre el clima, la
siembra, la cosecha, la crianza, la pesca y los terremotos.
Restos del «Templo Pintado» wari, santuario del dios Pachacámac y su oráculo
Es posible que con su reconocía manía de ordenarlo todo, los waris hayan promovido o promocionado el culto en todo su vasto imperio. Habrían establecido entonces los calendarios de las festividades de veneración a la deidad, de las peregrinaciones al santuario, el rango necesario de los peregrinos, la calidad y cantidad de ofrendas que debían entregar para ser considerados como aspirantes a preguntar al dios sobre sus preocupaciones y las de sus pueblos, sí como los ritos de sacrificios humanos y de entrega de ofrendas.
Sin duda, a los jerarcas waris,
no se les escapó la estandarización del ritual de consulta al dios, de tal modo
que todo el mecanismo religioso funcionó durante el imperio, persistió durante
la subsiguiente Cultura Ychma, seguramente con algunas variantes y prosiguió
también durante el Tahuantinsuyo y durante la ocupación española, hasta la
“extirpación de idolatrías”.
NUCLEO SAGRADO DEL SITIO PACHACÁMAC
Está circundado por la primera
muralla, la de menor extensión perimetral. Tiene casi 1 520 m. con muros de
hasta 2 m. de altura. Encierra al originario «Templo Viejo» de los limas, al
«Templo Pintado», de los waris con un extenso cementerio que yace a sus pies y
al «Templo del Sol», del Tahuantinsuyo. Esto quiere decir que los ychmas
mantuvieron al edificio wari como sede del culto al dios y se concentraron en
la ocupación y expansión urbana del sitio como su capital.
ÁREAS DE SERVICIOS
La segunda muralla también
envuelve la zona sagrada en forma de “L” e incluye a la «Plaza de los
Peregrinos», la Sala Central, a quince edificios ychmas con rampas y las
principales vías de circulación, como las calles este-oeste y norte-sur, además
de otras edificaciones menores. El equipo de investigación del Museo de sitio
de Pachacamac, verificó en 2013 que el gran portal de la segunda muralla estaba
adornado con murales similares a los del «Templo Pintado» wari.
El segundo muro tuvo en algunas
partes más de 3,5 m. de altura y un espesor de 3 m. Fue el límite con el mayor
número de edificios. En el exterior estaban las áreas de producción,13 restos
de unidades domésticas y vestigios del alojamiento temporal de peregrinos.
De la tercera muralla aún existe
un acceso de piedra labrada y adobe, llamado Portada de la Costa, en el eje de
la calle norte-sur. En el área interna
hay testimonios de talleres, campamentos y cementerios del final del
Tahuantinsuyo.
Pachacámac fue tan importante para
los incas que, en su vano intento de salvarse, el inca en rehén Atahualipa,
dio la orden para que los encargados del santuario entregaran objetos de oro y
plata a Hernando Pizarro y su tropa. Su prestigio duró bien entrado el
virreinato a pesar de la imposición del cristianismo católico con alto grato de
violencia destructiva de vidas y bienes, sobre todo mediante la política de
“extirpación de idolatrías”. La
sacralidad del sitio persistió sobre todo en pueblos aledaños de la costa y
andinos, de las provincias de Huarochirí y Yauyos, donde, a fines del siglo
XVI, el extirpador de idolatrías, el cura Francisco de Ávila recopiló un
gran número de mitos vinculados.
EL CULTO A PACHACÁMAC
En su artículo, Un espacio
sagrado milenario, inserto en el magnífico compendio del Banco de
Crédito del Perú sobre Pachacámac sitio y templo, Denise Pozzi-Escot, considera
que una de las más poderosas razones del culto al dios Pachacámac fue el gran
temor de la población a los sismos repetitivos y su fe ciega de que solo
Pachacámac o como lo llamaran en ese tiempo podía evitar un gran terremoto en
gesto misericordioso, ante sus ruegos y ofrendas. Por eso es que los ocupantes
españoles lo registraron también como el “Señor de los temblores”.
En su amplio informe sobre Los oráculos de los confines del mundo: Pachacamac, Titicaca y el Inca Tupa Yupanqui, contenido también en el libro del BCP sobre Pachacámac, Marco Curatola Petrocchi, describe así el procedimiento de una consulta al dios, según registros de los cronistas invasores españoles. Hallarán varias similitudes con el del oráculo de Chavín de Huántar.
LLEGADA Y ACCESO DE LOS
PEREGRINOS
Pedro Cieza de León, quien
habría visitado Pachacamac acompañando del Pacificador, Pedro de La
Gasca, reunió material para su monumental Crónica del Perú. En la
“Primera Parte” (Sevilla 1553) anota que las diferentes puertas y las paredes
del Templo de Pachacamac («Templo Pintado» wari) tenían figuras pintadas de
animales feroces. Según testimonios
orales el dios Pachacamac contestaba a las preguntas de sus fieles durante las
fiestas más importantes del año, con multitudinarias ceremonias, animadas por
música de potentes instrumentos de viento y percusión durante las que se
realizaban sacrificios de varones, mujeres y animales.
Los concurrentes eran curacas, jefes
ayllus o de etnias, quienes se alojaban en aposentos especiales y entregaban
ricas ofrendas. Estos jerarcas tenían fe total en la palabra del dios y
respetaban a sus sacerdotes. Aspiraban a ser sepultados alrededor del templo
del dios, privilegio que solo lograban los de mayor rango.
El jesuita Josef de Acosta, en Historia natural y moral de las Indias (1590), sobre tradiciones religiosas de México y Perú, ratifica la identificación de Pachacamac con el dios Viracocha en el incanato. Otros, han interpretado esta decisión como una gran medida de política unificadora de Pachacútec, de ordenar la fusión de dos poderosas deidades: Viracocha, creador originario de las zonas altoandinas y Pachacamac, poderoso dios creador y oráculo venerado en la costa central. Así también, el inca buscó legitimar sus conquistas dotándolas de una base religiosa común con un dios supremo más poderoso que las otras deidades locales y del propio Sol.
RITUAL DE UNA AUDIENCIA ANTE
PACHACÁMC
En su obra ya mencionada, el jesuita
Josef Acosta afirma que, durante el Tahuantinsuyo, Pachacámac era
nombrado también como “Pachayachachic” y tenía un grandioso templo, el cual,
junto con el Coricancha, el gran templo del Sol del Cusco, estaba dotado de un
inmenso tesoro en objetos de oro y plata que había sido saqueado por las
huestes de Pizarro.
Sobre la función de oráculo del
lugar, Acosta conoció que allí “el demonio hablaba” y “daba respuestas” y que,
en algunas ocasiones, se manifestaba como una serpiente “muy pintada”. El rito
de consulta a la divinidad era el siguiente: siempre de noche, los sacerdotes
entraban en el aposento del dios caminando hacia atrás, de espaldas, con la
cabeza y el torso inclinados hacia adelante. En esa posición preguntaban. El
dios respondía con una especie de “silbo” o “chillido” estremecedor y
horripilante.
Similar versión consta en la Crónica
Moralizada de la Orden de San Agustín en el Perú (1638), del cura
Antonio de la Calancha, seguidor de Acosta, quien reunió toda la
información acopiada por su orden sobre su catequesis en Pachacámac, en la
segunda mitad del siglo XVI. De la Calancha agrega algunos detalles: los
oficiantes de Pachacamac entraban a la cámara oracular de espaldas muy
encorvados hacia el suelo. Preguntaban sobre el futuro o hacían pedidos. La
deidad silbaba sus respuestas que resultaban confusas, pero, siempre en tono
aciago y amenazante.
Ambas descripciones complementan
el relato de Hernando Pizarro, el primer español saqueador del lugar,
sobre el ritual de consulta al dios. En su Carta a los Oidores de la
Audiencia de Santo Domingo (23 de noviembre de 1533), la más temprana
relación conocida sobre la invasión al Tahuantinsuyo, reportó que, después de
un año de espera en el sitio, los aspirantes a consultar a Pachacámac pasaban a
un patio donde ayunaban unos veinte días; luego, generalmente solo curacas,
jefes de etnias y de ayllus, iban al patio más alto, donde estaba el gran
sacerdote sentado y con la cabeza tapada con una manta, para presentarle
directamente sus solicitudes. Hechos sus pedidos, otros sacerdotes o pajes,
únicos autorizados, entraban al aposento del dios para “hablar” con él y
conocer sus respuestas y si la divinidad estaba contenta o enojada y cuáles
tributos exigía para él y su templo.
Según el relato del compañero de
Pizarro, el notario Miguel de Estete (1534), estos pajes llamados
«yañcas», como también consta en el Manuscrito de Huarochirí, debían de ser
puros mediante abstinencia prolongada de comida y sexo.
Estas descripciones son importantes porque indican que las divinidades andinas se comunicaban con los humanos mediante un lenguaje especial de sonidos solo entendido por unos cuantos iniciados, aunque como en todos los oráculos del mundo, esta conexión solo era una herramienta de engaño y manipulación de la conciencia individual y colectiva través de la religión y de los líderes con la finalidad de conservar poder y riqueza material.
OTRA VEZ, LAS DROGAS ALUCINÓGENAS
Además, y tal como ocurrió
también en el oráculo del templo de Chavín de Huántar, 2 mil años antes, todo
el andamiaje o entarimado del culto a un dios castigador, sediento de sangre a
cambio de supuestos anticipos sobre la vida cotidiana, las siembras, cosechas,
la crianza y la pesca, tenía en Pachacámac el sustrato intensivo del uso de
alcaloides y alucinógenos como una de sus bases.
En particular en el área del
«Templo Pintado» y del «Templo del Sol», han sido hallados materiales e
instrumentos para la elaboración e ingestión de sustancias psicotrópicas:
pequeños morteros de madera ictiomorfos y avimorfos y tabletas para la
inhalación de polvos alucinógenos. También fueron recuperadas flautas de hueso,
trompetas y silbatos.
Un pequeño silbato de hueso de
unos ocho centímetros de largo fue hallado en las gradas entre el «Templo
Pintado» y el «Templo Viejo», cerca de donde habría estado la cámara oracular,
sin que se pueda negar o confirmar que a lo mejor fue empleado para producir el
“silbido” o “chillido” con el que, según Acosta, solía manifestarse el dios
Pachacamac.
Restos de
tejido wari con representaciones
de la hoja, la
flor y fruto de la Vilca o Cebil
Peter Eeckhout ha reportado evidencia del uso como ofrenda en Pachacamac, durante las etapas ychma e inca, de semillas de Nectandra sp., planta de la familia de las Lauraceae propia de la Alta Amazonía a la que los españoles conocían como espingo y los naturales como Ishpingo. Sus semillas contienen alcaloides psicotrópicos y neuroestimulantes.
El hallazgo de Eeckhout comprueba
lo escrito por el jesuita José de Arriaga en su Manual de
extirpación de la idolatría, de 1621: que la semilla de Ishpingo era
una típica ofrenda a las huacas; que los shamanes de Pachacamac la tostaban y
molían hasta convertirlas en polvo, el cual diluían en chicha de jora para
obtener una bebida especial, “fuerte y espesa”, llamada Yale, que
ingerían antes de sus intervenciones sagradas. Derramaban una parte de la
bebida en el piso de las huacas y el resto lo bebían para entrar súbitamente en
un estado de furor místico, un estado mental alterado que se conocía como «utiraray»
entre los oficiantes de Pachacamac al ponerse en comunicación con sus dioses
para “oír” sus respuestas.
Eeckouth está seguro también de
que la semilla del Ishpingo fue usada para atenuar el hedor producido por la
descomposición de los cadáveres durante las fases de su embalsamado y enfardelado
y los rituales de entierro. El cura de Arriaga escribió que dichas semillas
tienen un olor penetrante, desagradable y persistente. Estas características
quizá expliquen la extrema hediondez que percibió Hernando Pizarro cuando
entró al aposento del dios Pachacámac.
Árbol amazónico
Ishpingo
Curatela Petrocchi, cree, además, que los shamanes de Pachacámac debieron emplear también otros alucinógenas, como la Anadenanthera colubrina, planta llamada Vilca, cuyas semillas contienen alcaloides sicoactivos, pues su consumo, en polvo, en los santuarios andinos está documentado desde fines del Horizonte Temprano (siglos X-IV a.C.), en particular en el templo de Chavín de Huántar (Ancash), en Pacopampa, Kuntur Wasi (Cajamarca) y en Campanayuq Rumi (Ayacucho), a pesar del predominio del cactus San Pedro (Mezcalina) en esos lugares. Su uso siguió durante el Horizonte Medio (siglos VIII-X d.C.).
Hay registros de dibujos de sus
inflorescencias, hojas y semillas en textiles, piezas de cerámica, esculturas
líticas y tabletas para uso ceremonial, desde Conchopata, en Ayacucho, Ciudad
Tiawanaku, en la Meseta del Collao, hasta San Pedro de Atacama, en
Chile. Patricia Knobloch sospecha que los shamanes tiawanaku consumían
vilca aspirando su polvo, mientras que los waris la mezclaban con chicha.
En el Ethnologisches Museumde
Berlin–Dalhem hay un tapiz wari extraído de Pachacamac, el cual, a pesar de
su deterioro, muestra filas de motivos de figuras aladas de perfil con báculos en
una de sus manos y en el pecho llevan el ícono de la flor, las hojas y los
frutos de la Vilca, lo que indica que era usada en Pachacámac desde la época
wari. El uso de Ishpingo, de la Vilca y quizá de otras drogas, explicaría la
visión de los shamanes, del dios Pachacámac en forma de animales feroces al
momento de consultarle.
Entonces, es altamente probable
que las figuras de “serpientes de dos cabezas del arco iris” y de felinos, del
ídolo de madera hallado por Alberto Giesecke en el «Templo Pintado»,
sean reproducciones de la serpiente y el felino, sobre las cuales escribió Pedro
de la Gasca, o de la “culebra muy pintada”, descrita por el cura Joseph
de Acosta, como apariencia de Pachacamac.
Los alucinógenos producen también
paracusia o alucinaciones acústicas tipo silbidos y pitidos, similares a los
que el cura de Acosta alega que oían los “pajes” cuando consultaban al dios.
FIN

























