PACHACÁMAC MÁGICO,
ORÁCULO Y SANTUARIO
Fui a Pachacámac intencionalmente, hace unos
años, al mediodía, para determinar si estando el gran Sol en el zenit, pudiese
experimentar o percibir alguna sensación personalísima, si no mágica, tal vez
extraña pero positiva, algo como lo que ahora nombran como “buena vibra”.
Y, ocurrió. Desde lo más alto que se puede
llegar en el edificio inca, abrí los brazos, cerrando los ojos e inspiré
profundamente frente al Océano Pacífico. Al abrir los ojos y bajar los brazos,
una inmensa paz estaba conmigo. No sentía el calor ni el viento y la vastedad
de horizonte aparecía como un inmenso mural con una invitación a no ser más
cuerpo, solo espíritu capaz de volar hacia la inmensidad del universo.
En su trabajo Los waris en Pachacámac, inserto en la excelente producción impresa del Banco de Crédito del Perú, Pachacámac, el oráculo en el horizonte marino del sol poniente, el extinto arqueólogo Luis Guillermo Lumbreras, escribió que el sitio fue una segunda capital del gran imperio Wari, después de Ciudad Wari, en Huamanga. Eso lo supe después de mi visita, cuando me dio por saber con más detalles sobre lo que fue Pachacámac, como sitio y como divinidad.
Nadie sabe el
origen exacto del asentamiento. Pero en la ciudadela los arqueólogos encontraron vestigios
de una antiquísima ocupación del final del periodo Formativo, cuando la
horda andariega, cazadora, recolectora y pescadora estaba pasando al
sedentarismo, descubría la agricultura y ensayaba conjunto de covachas de cañas
y ramas para guarecerse.
En la pampa, frente a Pachacámac,
recuperaron un cementerio de individuos que probablemente fueron pescadores y
agricultores en las lomas aledañas.
Nadie sabe también cuándo, cómo y
por qué, presuntamente durante la vigencia de la «Cultura Lima», el lugar se
convirtió en el asentamiento de un antiguo oráculo y centro del
culto a un dios reputado como poderosísimo, creador del universo, cuyo nombre
original también es un misterio.
La Sociedad Manchay, antecesora recién identificada
Pero,
avanzando hacia la sociedad compleja u organizada, de lo que los arqueólogos
llaman Formativo u Horizonte Temprano (1 800 al 200 a.C.),
los arqueólogos Richard Burger y Lucy Salazar estudiaron desde 1990 los antiquísimos
asentamientos Mina Perdida, Cardal y Manchay Bajo del valle de
Lurín, cuyos pobladores fueron capaces de construir enormes edificios de
barro y piedra para usarlos como centros cívicos ceremoniales monumentales.
Como
antes en la costa central norte, sus arquitectos e ingenieros civiles habían
logrado diseñar y levantar grandes plataformas superpuestas y escalonadas,
rectangulares o cuadradas con el clásico diseño de planta en «U», presente
también en los valles norteños del Rímac, Chillón y Chancay.
Sobre
la base de sus estudios y el establecimiento de similitudes cerámicas y de
ideología religiosa, pues toda la costa central estaba por entonces bajo la
influencia de la dominante teocracia Chavín, Burger y Salazar,
plantearon en el año 2009 el reconocimiento de la existencia de la «Cultura
Manchay», antecesora de la «Cultura Lima», tributaria de los chavines.
Otro famoso sitio de la Cultura Manchay, pero en la margen derecha del valle
del Rímac, fue el centro ceremonial monumental Garagay, cuyos vestigios
están casi abandonados, cerca del Aeropuerto Jorge Chávez, “aquisito nomás”.
Cuando Chavín se disolvió, también terminaron sus
sociedades vasallas, pero los pueblos se reorganizaron porque la vida tenía que
seguir y entonces, emergió la «Cultura Lima» en el periodo Intermedio
Temprano o de los Desarrollos Regionales, que abarcó del año 200 a.C. al
600 d.C.
La nueva sociedad se desplegó, probablemente, desde el valle del Rímac hacia los contiguos valles de Lurín, hacia el sur, Chillón y Chancay hacia el norte, por la fácil comunicación terrestre entre sí a través de pasos ubicados en las zonas medias y altas de esos valles, sobre todo durante la vaciante de los ríos.
Investigación
Pachacámac fue excavado por primera vez por el
alemán Max Uhle en 1897. En los templos
del Sol y de la Luna, recuperó vestigios cerámicos, textiles y otros
artefactos, con iconografía que, en 1903, equivocadamente, atribuyó a la que
entonces era la pasión de los arqueólogos: la «Cultura
Tiahuanaco».
Este
criterio inexacto distorsionó nuestra prehistoria durante mucho tiempo, pues,
en realidad, esos íconos correspondían al Imperio Wari, por entonces
desconocido.
Treinta
y cinco años después, en 1938, el estadounidense Albert Giesecke, por encargo del Museo
Nacional reconstruyó el núcleo del lugar. Recuperó tejido y utensilios bien
conservados en el Templo del Sol. Julio C. Tello, como director de Museo
Antropológico del Magdalena de Lima, en 1939, desenterró una plaza rectangular
al este del Templo del Sol, que habría servido para acoger a peregrinos. Tello
también ubicó un sistema de cisternas y acueductos que recogía agua del subsuelo.
En
1941, William Duncan Strong y William
Corbett, por cuenta del Institute of Andean Research y con más
excavaciones estratigráficas registraron dos ocupaciones principales de Pachacámac:
i)
La
más reciente, del Intermedio Tardío, definida por cerámica inca y,
ii)
La
más antigua, caracterizada por cerámica del Intermedio Temprano a la
cual llamaron «Pachacamac Interlocking» la que, en realidad, es
alfarería de la Cultura Lima.
Los arqueólogos
establecieron además que, durante su colapso, los limas enterraron y sellaron su
edificio Pachacámac.
Siendo
director del Museo de Sitio de Pachacámac, en 1962, Arturo Jiménez Borja
desenterró más vestigios, un camino en zig zag hacia el «Templo
del Sol», el «Palacio
de Tauri Chumpi», vivienda del gobernador inca
del lugar a la llegada de los invasores españoles y otras viviendas del período
Inca.
En
1999, el arqueólogo Peter Eeckhout, de la Universidad de Bruselas,
investigó los vestigios de la Cultura Ychsma en Pachacámac, es decir los
edificios de plataformas escalonadas con rampas construidos entre los años 1 100
a1 450 d.C.
En 2003, el arqueólogo Izumi Shimada excavó la Plaza de los Peregrinos y demostró definitivamente su función de culto con la recuperación de ídolos, telas y ceramios. En 2012, una misión científica italiana comenzó a estudiar el antiguo sistema hidráulico de las ciudades.
En resumen, como resultado de su investigación
larga y dispersa, se tiene que, como sitio, asentamiento o aldea, Pachacamac
habría sido instalado por gente de la Cultura Lima, en algún momento de la
centuria de los 300 d.C. y en ese trance empezaron a construir un edificio ceremonial
primitivo, de administración y culto, quizá de modo simultáneo con edificaciones
similares en Cerro Culebras, Maranga y Pucllana, en la zona baja de los
valles del Rímac y el Chillón.
Así, el ahora
llamado «Templo Viejo», fue construido en Pachacámac con adobe y era
abastecido de agua por un túnel ahora sin uso.
Los sucesivos
dominios de los wari e incas construyeron sus propios edificios ceremoniales
según sus diseños arquitectónicos propios y aumentaron la extensión del
asentamiento a unas 500 hectáreas. En total, el sitio tiene
cuatro edificios tipo ceremonial, catorce construcciones de plataformas con
rampa, veintiún edificaciones y varias plazas.
Además, contiene
vestigios de otros edificios que datan del Intermedio Temprano (siglo III)
hasta el Horizonte Tardío (siglo XV)
Los edificios del periodo Inca (1 450-1 532) son los mejor conservados.
El
original «Templo Viejo» de la Cultura Lima
El «Templo
viejo» es el más antiguo vestigio arquitectónico ceremonial de Pachacámac. Fue construido
por la «Cultura Lima». Solo quedan restos de sus muros de contención, asentado
sobre un promontorio rocoso. Fue hecho con «adobitos” – pequeños ladrillos de
barro crudo secados al sol–, principal material constructivo que define la arquitectura
Lima, ampliamente difundido en el Valle del Rímac, en el siglo III a.C.
A su llegada, los waris hallaron al «Templo Viejo», abandonado.
El «Templo Viejo» y sus edificios sucesores
Tradición chavinista u origen wari
En su trabajo Pachacámac: el ídolo, segundo
inserto en la obra ya citada publicada por el BCP, Guillermo Lumbreras
planteó con claridad que la veneración al «dios Pachacámac» habría nacido localmente en
Lurín, como ideología zonal, durante la «Cultura Manchay» y el dominio de Chavín, en el Formativo.
Ocurrió que los limas mantuvieron su culto, los waris lo
prestigiaron y expandieron en todo su dominio, imponiendo nuevos elementos
iconográficos y rituales.
El arqueólogo
estadounidense John Rowe, planteó, en
cambio, que el sitio pudo haber surgido como un asentamiento que mantuvo
vínculos con los waris y tomó importancia como oráculo durante la fase 2 de ese
imperio, con la representación de la deidad “El grifo de Pachacámac”, de características ornitomorfas.
La arqueóloga Dorothy Menzel cree que ese tal grifo procede de Conchopata, tiene cuerpo y cabeza de águila, un báculo de bandas segmentadas a modo de barra sobre la espalda, curvada al final de la cola formando un motivo llamado “cola emplumada”. Sus pies y manos son antropomorfas, pero sin garras. Sería una mezcla iconográfica wari–tiahuanaco.
Prehistoria religiosa
Sin embargo, Lumbreras insistió en que el culto
a la divinidad Pachacámac surgió en el Formativo Medio, entre los siglos
X y IX a.C., durante el apogeo de la teocracia Chavín, uno de cuyos dioses
principales era presentado con cuerpo humano y feroces colmillos y garras, como
se ve en el Obelisco Tello y en «El Lanzón».
Otro dios Chavín fue el muy conocido “dios de
las varas”, “dios de los báculos”, o “dios de los bastones”, cuya imagen está
en la Estela Raimondi, en los tejidos de Karwa y Ocucaje (Ica), en Pukará, en
la Puerta del Sol, en el altiplano y cuya importancia en el Horizonte Medio
(fase 2, siglos IX al XI d.C.) fue muy grande en todo el Perú, bajo el dominio
del imperio Wari.
Lumbreras explicó que mientras los chavines
dominaron, todos los centros cívicos monumentales administrativos y de culto de
la costa central, desde Supe a Lurín, además de venerar a los mismos dioses de
formas humanas y atributos de feroces animales, estaban obligados a dar a la
alta jerarquía chavín información precisa del clima y de todos sus entornos ambientales,
sobre todo del marino
Esa data servía a los Chavín para elaborar sus
predicciones, supuestamente recibidas de los dioses, sobre la suerte próxima de
la agricultura, la ganadería y la pesca, en función de sequias o lluvias
intensas con sus secuelas de derrumbe de laderas, aluviones, desbordes de
caudales e inundaciones, hambre, enfermedades y muerte.
De esa percepión, Lumbreras deduce que casi mil
años después, los limas también organizaron una red de centros ceremoniales
tipo los santuarios–oráculos antiguos, con sedes en edificios con un nuevo
patrón arquitectónico y constructivo: plataformas escalonadas de «adobitos» que levantaron en Pachacámac
(Lurín) Cerro Culebras (Chillón), Maranga y Pucllana (Rímac)
Este desarrollo regional habría generado el
santuario de Pachacámac y la continuación de la veneración a los dioses del
chavinismo, con los cuales sus shamanes lima, decían que seguían manteniendo una
privilegiada conexión para predecir el futuro. Con los waris, este culto se
articuló con los ritos antiguos preservados en el Cusco y el Altiplano.
Con estos dos componentes de la veneración al «dios Pachacámac» – las ideologías religiosas chavín y wari–, Lumbreras lanzó sus tesis de que en el oráculo-santuario Pachacámac se fundieron las tradiciones arquitectónicas, constructivas y religiosas de la Cultura Lima con las de los waris generando una ciudadela bien definida para la adoración del «dios Pachacámac».
El dios
Pachacámac
El dios Pachacámac fue una
deidad máxima, total, es decir, la cúspide de la cosmovisión andina de su
tiempo, un dios creador omnipotente, omnipresente y omnisciente. Gozó de
alto prestigio aún durante el incanato, pues los cronistas detectaron que,
comúnmente, era considerado como una reedición del dios Wiracocha.
En la traducción del antiguo canto incaico Yayallay, del cronista invasor Blas
Valera, un joven de la nobleza cusqueña, alumno del yachahuasi pide muchos
hijos de su sangre real a tres dioses: Illapa,
Inti y Pachacámac, afirmando que este último no tiene principio ni fin. Su
nombre quechua puede
traducirse como "El que crea el mundo" o como "El que
sustenta el universo".
Otra interpretación, sustentada en parte en el
anónimo “El manuscrito de Huarochirí”, presenta a Pachacámac como una
deidad de la noche, de la oscuridad, pues su hermano, Wichama, era el
dios del día.
El cronista español invasor, Francisco de Ávila, afirma también que los ritos a Pachacámac se realizaban durante la noche, con luna llena y que, por lo menos, durante el Tahuantinsuyo, cada año le ofrecían un Cápac Hucha, o sacrificios humanos, teniendo como ofrendas víctimas propiciatorias traídas de todas las provincias del Tahuantinsuyo, mujeres y hombres. A su llegada al santuario los enterraban vivos mientras el sacerdote decía algo como: “¡Helos aquí! ¡Te los ofrezco, padre!”. También le ofrendaban llamas, bebida y comida, oro y plata.
El ídolo tallado en madera
Durante el aseo, al pie de la plataforma donde
está el recinto que albergaba al dios Pachacámac, Giesecke y su equipo
recuperaron un tronco tallado con una imagen principal bifronte y otros motivos
complementarios que eran claramente símbolos sagrados de origen andino. Giesecke
y toda la comunidad arqueológica asumieron que el madero era una imagen tipo
ídolo del dios, el cual devino en su única representación. También hallaron una puerta
adornada con conchas del tipo Spondylus prínceps.
El ídolo tiene una historia
entre los invasores españoles: En 1533,
Hernando Pizarro presentó un informe ante las
autoridades de Santo Domingo, sobre su incursión en Pachacámac para robar oro y
plata como parte del rescate del secuestrado inca Atahualpa.
Desafiando el poder del dios y
para desacreditarlo públicamente ante todos los curacas del territorio, abrió
la puerta adornada con conchas marinas del recinto prohibido donde “habitaba”
Pachacámac. Pizarro narró que al entrar se dio con una habitación oscura y
fétida en la que estaba apostado un tronco esculpido, ante el cual los últimos
peregrinos habían colocado algunas ofrendas de oro y plata. Derribó el ídolo y
ordenó a sus hombres que lo sacaran del recinto a la vista de los locales, a
quienes les dijo que en esa forma los engañaban con un pedazo de madera inútil.
Seguidamente, los invasores incendiaron el ídolo, sin que sus fieles hicieran
algo por recuperarlo.
Si Pizarro dijo la verdad, el ídolo recuperado por
Gieseke sería solo una réplica del original, lo cual tampoco podría
confirmarse, pues no existe ningún vestigio primigenio para comparar, aunque
los cronistas invasores anotaron que en otros lugares del santuario había más
de estos troncos tallados.
Lumbreras describe así el tronco de Gieseke: “En
su extremo superior tiene la imagen de un personaje de rasgos plenamente
humanos, que se desdobla en dos, con un frente asociado a frutos de maíz y el
otro a animales marinos y cabezas de serpientes, es decir a las esferas de la
agricultura y el mar: se asume que uno es un personaje masculino y el otro
femenino (…) El ídolo de Pachacamac es
de 2.34 m. de largo y 27 cm. de diámetro. Debajo del dios bifronte, que tiene
58 cm. de alto, está “el resto del mundo”, grabado en seis escenarios, estando
el inicial cubierto por tres personajes: el primero tiene a un hombre de pie,
de cuerpo entero, con su pectoral trapezoidal, que sostiene una lanza con
plumas en la mano izquierda, y algo que parece una vara (?) en la derecha, con
dos serpientes que brotan de su cintura. Tiene a sus pies una cabeza-trofeo
emplumada. Al frente de él hay una serpiente enroscada,
seguida por un felino manchado, aunque no tiene colmillos (…) Esta imagen ha
sido reproducida por la revista Guara de la Universidad J.F. Sánchez Carrión y
tiene la particularidad de estar muy emparentada con la manera como son
presentados estos personajes en las esculturas de Tiahuanaco, incluida la
posición de los brazos sobre el pecho, recordando mucho a la estela Bennett y
al monolito Ponce. Cerca de Ciudad Wari se encontró un monolito que tiene
también esos rasgos, pero está muy deteriorado, ahora en el Museo Regional de
Ayacucho”.
Lumbreras apreció que estas tallas remiten al
estilo wari en sus fases tardías, vinculadas a figuras populares moche y a rasgos
estilísticos limeños del Horizonte Medio y percibió
también que tal iconografía contiene un gran componente marítimo y es parecida
a los dibujos que se aprecian en el tótem, también de madera encontrado en Playa
Grande (Santa Rosa–Chillón), en la cerámica del Cerro Trinidad (Chancay)
y en la de Cerro Culebras (Chillón), así como en la cerámica de los estratos antiguos de Pachacámac,
correspondientes a la Cultura Lima de innegable e intensa vinculación con el
mar.
Lumbreras advirtió también que,
según la revista Guara, Rommel Ángeles identificó un ídolo
de madera idéntico al recuperado en Pachacámac, el cual había sido hallado en
1934 por Louis Langlois, en el Cerro La Horca, en la parte baja
del valle del Río Fortaleza (Paramonga), en Ancash.
Lumbreras creyó hallar en el ídolo de Giesecke
rasgos, solo rasgos, de un estilo iconográfico de la fase 2 de Wari,
durante la cual ya ocupaba el territorio de la Cultura Lima respaldando al
culto a Pachacámac.
Esta prehistoria religiosa de
Lumbreras cubre varios horizontes y la resumió señalando que, con la difusión
del culto a Pachacámac impulsada por los wari hacia la mayor parte del mundo
andino del Horizonte Medio, se cerró una especie de círculo religioso
entre los siglos IV y IX de nuestra era, con el retorno de la veneración a una
divinidad de forma humana, con atributos de felino, halcón, serpiente y otros
agregados, la cual resulta ser el viejo Wiracocha, «dios de los báculos», «dios de los bastones» o «dios de las varas».
Después del hundimiento Chavín, tras mantener perfil regional bajo, el antiguo dios retornó triunfante, de nuevo con dimensión panandina. Su restauración comenzó en los valles de Lima y, a partir del siglo IX, durante el apogeo del imperio Wari, llegó hasta Piura y Amazonas por el norte, y Cusco y Moquegua por el sur.
Dominio
del Imperio Wari
Aledaños al
«Viejo Templo», original de Pachacámac, están el «Templo Pintado» wari, los
edificios Ychsmas con rampas, el «Templo del Sol», de los incas, el «Templo de la Luna»
o Acllahuasi, la Plaza de los peregrinos y el Edificio de Tauri
Chumpi, la residencia del último curaca local de la época inca.
En Pachacámac
los vestigios del dominio wari, se concentran desde el 600 al 1 100 d.C., periodo
del apogeo del oráculo del sitio en el Horizonte Medio
Tras anexarse
los valles de Lima y mantener en vigencia la cerámica Nievería de los
limas juntos con sus propios estilos alfareros, los imperialistas convirtieron
a Pachacámac en un centro de mayor rango, cuya esfera de poder
ideológico–religioso, cubrió la costa y la sierra hoy peruanas, desde Moquegua
hasta Piura. Pachacámac mantuvo esa prestancia hasta el incanato.
El lugar alcanzó
la condición de una especie de Meca de todo el territorio wari, pues
concentraba a gran cantidad de peregrinos de toda condición social y económica.
Al dominio wari corresponde un extenso cementerio, excavado por Max Uhle en 1896, así como también un valioso conjunto cerámico hallado en la zona.
La gran avenida
Luego de las murallas
por donde se ingresa al santuario, de norte a sur, hay una larga avenida, muy
recta, de más de 300 m. de largo y unos 4 m. de ancho, delimitada por murallas
altas.
Antes de llegar
al incaico «Templo del Sol», hay un espacio también amurallado, de planta
hexagonal irregular, donde está un edificio compuesto por tres plataformas. El
acceso es una “calle” central similar a las de las ciudades wari, Azángaro,
en Huanta, Viracochapampa, en Huamachuco, Pikillaqta y Huaro, en
el Cusco, Cerro Baúl y Cerro Mejía, en Moquegua.
A los lados del
acceso, hay grandes recintos cuadrangulares a modo de “canchas”, de 30 a 50 m.
de lado, según el típico modelo wari de organización del espacio urbano, «grupo–patio».
De
ese modo se llega al «Templo Pintado» construido
por los waris, un edificio también
de plataformas escalonadas de unos 100 m. de largo por unos 50 m. de ancho, de
planta rectangular. Su base es de piedra y sus paredes de adobe enlucidos con
barro. Largas rampas llevan a su cima en donde hay dos patios grandes.
En tres de sus lados hay nueve
terrazas escalonadas, de casi un metro de altura. Tenía sus paredes pintadas de
rojo y figuras multicolores que representaban personas, peces, animales marinos
y plantas en colores rosado, amarillo y azul verdoso. Esa iconografía
descubierta en 1930, está actualmente degradada y en algunos casos ha
desaparecido.
Denise Pozzi-Escot y su equipo, hallaron vajilla de cerámica de uso doméstico procedente de Ciudad Wari, correspondiente al Horizonte Medio, fase 2, como testimonio de habitantes wari en Pachacámac.
Cerámica
En su artículo de la publicación del BCP, Lumbreras, explica que el estilo de la cerámica wari recuperada en Pachacámac es idéntico al de la cerámica que los huaqueros robaron del sitio y la vendieron a Gretzer y Baessler, la cual ahora está en el Museo Etnológico de Berlín.
Sacrificios humanos
Finalmente, Lumbreras dice que la alfarería
wari ofrece pistas acerca de que en Pachacámac se realizaban sacrificios
humanos. Un vaso cerámico muestra brazos y manos, piernas y pies seccionados, asociados
a cabezas de venados, como secuencia organizada en una banda zigzagueante, que
tiene en la base central un rostro feroz, con colmillos y rasgos similares a
los de la divinidad de la Puerta del Sol, de Tiahuanaco.
Gran parte de la cerámica estudiada por Lumbreras procede del cementerio que Uhle excavó al pie de la plataforma del «Templo Pintado» y que, equivocadamente, atribuyó a Tiahuanaco. Lumbreras determinó que algunas piezas, si bien son del estilo wari, difieren en algunos detalles. Así mismo, la cerámica wari encontrada en la sala central de los peregrinos es de un estilo neto de la fase Wari 2.
El dominio Ychma
Hacia 1 100
d.C., tiempo de la debacle del Imperio Wari que marcó el inicio del nuevo
periodo Intermedio Tardío, como una reorganización de la
población de la zona, surgió en el valle del Rímac, la Cultura Ychma
cuyos representantes tomaron posesión de Pachacámac.
Los Ychma construyeron en el valle de Lurín edificios residenciales y administrativos con el diseño de plataformas escalonadas conectadas por rampas, entre otros lugares en Tijerales, Quebrada Golondrina, Pacae Redondo y Panquilma.
Edificios
con rampas, Ychsma.
Forman un
conjunto de 16 edificios de plataformas superpuestas conectadas con rampas que
datan de entre 1 100 y 1 450 d.C. La base de cada uno está hecha de piedras
canteadas y el resto es de adobe; sus paredes estaban enlucidas. La mayor parte
de estas construcciones está en ruinas.
Han sido estudiados dos; el edificio «Jiménez Borja», el cual da una clara idea de cómo era la planta de este tipo de construcción con rampa: un gran patio delantero, luego el volumen principal al que se accede por medio de rampas. La cúspide tiene forma de herraje que se abre a una serie de pequeños ambientes. Detrás de la mole principal existen grandes depósitos para alimentos. El edificio con rampa II, fue estudiado por Ponciano Paredes con la supervisión de Jiménez Borja.
El
dominio inca
Después, en 1470,
llegó a Pachacámac el dominio de los Incas quienes, en son de su nueva
supremacía, construyeron el «Templo del Sol» y el «Acllawasi», entre otros
edificios. A la importancia religiosa de Pachacámac se sumó su funcionamiento
como uno de los principales centros administrativos de la costa durante el
Imperio del Tahuantinsuyo.
El Sol se despide en el horizonte, visto desde la cúspide
de su templo en Pachacámac
En la segunda parte de su obra, titulada «El señorío de los incas» (1553), el cronista español invasor Pedro Cieza de León, cuenta que el príncipe Cayu Tupa, descendiente directo del inca Huayna Cápac y otros nobles cusqueños, le narraron que fue Tupa Inca Yupanqui quien se apoderó de la costa central para ampliar el imperio creado por su padre, el Inca Pachacuti. El monarca Tupa Yupanqui iba a imponer a los ychamas el culto al Sol y suprimir el de Pachacamac. Pero, para complacerlos dispuso que siguiera la veneración a Pachacámac y que, a la vez, se edificara también un mejor y más grande templo de adoración al Sol. Cieza escribió que muchos nativos le contaron que el Inca llegó a hablar con la representación de Pachacamac.
Templo del Sol,
es el edificio más imponente y mejor conservado, erigido por los incas. Está
también sobre un promontorio rocoso, a unos 40 m. desde el nivel del suelo.
Domina todo el conjunto.
Se calcula que fue construido alrededor de 1450 d.C. como santuario del dios Sol, la divinidad oficial del Tahuantinsuyo. Consiste en cinco plataformas superpuestas con bases de piedra canteada; el resto es de grandes adobes, unidos con argamasa de barro. Estaban enlucidas con capas de tierra fina y pintadas de escarlata o bermellón intenso.
Templo de la Luna o Acllahuasi, es del incanato y también data del 1450 d.C. Fue un Acllahuasi o casa de las acllas, una residencia de mujeres escogidas. Se sitúa en la parte baja del área. Tiene graderías, patios, sitios ceremoniales, reservorios de agua, depósitos e innumerables habitaciones. Este edificio muestra claramente el estilo arquitectónico inca por sus hornacinas, puertas trapezoidales de doble jamba y las piedras de sus muros. Las hornacinas sobrepasan los 2 m de alto y posiblemente sirvieron como nichos de ídolos traídos de diversas provincias.
Plaza de los peregrinos, de la época inca, es un gran espacio rectangular nivelado, al frente del lado oeste del «Templo del Sol». Contaba con murallas e incluía un asiento o trono (ushnu). Se observa también los fundamentos de una doble hilera de columnas, que recorren por el centro y los lados de la cancha. Hay una tercera hilera de columnas en dirección al «Templo del Sol».
Edificio
de Tauri Chumpi, fue la residencia del último
curaca local de la época inca. Está también sobre un promontorio rocoso, hacia
el norte. Tauri Chumpi o Taurichumbi, fue quien recibió a Hernando Pizarro y a
sus soldados. El sitio tiene altos muros, depósitos, corrales y habitaciones.
Tras la invasión
española en 1533, comenzó el abandono paulatino del santuario y su
enterramiento por la arena del desierto, situación que recién está en proceso
de recuperación.










