LA
CUMBRE DE GUAYAQUIL, SEGÚN LOS PROPIOS TITANES LIBERTADORES SAN MARTÍN
Y BOLÍVAR
Hace
203 años, entre el 26 y 28 de julio de 1822, los libertadores del
norte y el sur de Suramérica, los generalísimos José de San Martín
y Simón Bolívar se reunieron en la ciudad de Guayaquil, para tratar
la mejor forma de resolución de la guerra de la independencia del
imperio español de su mayor y más poderosa colonia, el virreinato
del Perú.No
fue una sino dos ocasiones en que San Martín zarpó del Callao para
dialogar con Bolívar.No
fue una, sino tres las reuniones que los libertadores sostuvieron en
Guayaquil.El
siguiente es un esfuerzo de compilación de la última data conocida
sobre el misterioso contenido de las tres reuniones, sobre la base de
investigaciones de conocidos historiadores, pero, además, – y
esto es lo nuevo – respecto a documentos irrefutables producidos
por los mismos libertadores sobre el tema.El
esfuerzo se da en el marco del criterio de que conociendo bien
nuestro pasado, comprenderemos mejor nuestro presente y tal vez
podamos construir un mejor futuro, aunque no siempre sea así.
El primer frustrado intento de San Martín.
El 19 de enero de 1822, quizá haciendo un balance de su gesta libertadora peruana que ya llevaba año y medio sin resolución favorable y con serios tropiezos, San Martín delegó su Protectorado en el marqués de Torre Tagle. El decreto respectivo dice que viajará a “encontrar en Guayaquil al libertador de Colombia para una entrevista necesaria para la terminación de la guerra y la estabilidad del destino que con rapidez se acerca para América”.
Sin embargo, hay una versión de su asistente Rufino Guido acerca de que su secreta y verdadera intención de llegar a Guayaquil antes que su par venezolano, era hacer que el pueblo reitere la pertenencia de esa provincia al Perú.
Zarpó el 1 de febrero en la goleta Macedonia, pero, se detuvo en el puerto de Huanchaco – Trujillo el 11 de febrero, para recibir comunicaciones coordinadas previamente desde la Junta Gobierno de Guayaquil y de su representante ante dicho gobierno.
Fue entonces que San Martín decidió volver abruptamente a Lima, a donde llegó durante los últimos días de febrero.
Algunos historiadores dicen que regresó porque se enteró de que Bolívar abriría campaña por Pasto, lo que haría imposible encontrarse en Guayaquil.
Otros consideran que dio la vuelta al conocer que Bolívar iba a llegar a Guayaquil para poner fin al problema de esta provincia.
La gran victoria realista en la batalla de ica
Las cosas no iban bien para el Protectorado, debido a que la política de San Martín estaba permitiendo la reorganización de las fuerzas realistas en la sierra, situación en la que (peor imposible), en las inmediaciones de la hacienda Macacona, en Ica, el 7 de abril de 1822 pelearon las fuerzas del general José de Canterac las que habían bajado desde Jauja, enviadas por el virrey La Serna para cortar el paso a las tropas del general Domingo Tristán que iban de Ica a Lima tratado de evitar dar batalla a la fuerza de Valdés que avanzaba desde Arequipa.
Tristán había sido enviado al sur por el propio San Martín, a pesar de su inexperiencia militar y su mala fama.
Canterac destrozó a la división de Tristán e hizo prisioneros al coronel Aldunate, a otros 50 oficiales y 1 000 hombres de tropa, se adueñaron de 4 cañones, 2 000 fusiles, 200 tercerolas y 100 sables. El español Loriga fue enviado a ocupar Pisco, mientras que su paisano Carratalá quedó de guarnición en Ica. Canterac volvió a reagrupar sus fuerzas en Jauja.
Consiguieron escapar Tristán, Gamarra y otros 125 jefes y soldados. A su llegada a Lima, Tristán fue sometido a consejo de guerra, pero fue absuelto y retirado del ejército. El 27 de abril José Carratala también aplastó a la montonera del peruano Cayetano Quirós, a quien fusiló el 5 de mayo, en la plaza de Ica.
El fracaso del pedido de ayuda a las Provincias Unidas de Rio de la Plata.
Estas derrotas militares convencieron San Martín que su ejército no estaba preparado para atacar a las de virreinato y vencerlas. Por eso decidió enviar al peruano Antonio Gutiérrez de la Fuente a Chile y a las Provincias Unidas de Rio de la Plata, para solicitar que sus huestes atacaran a las fuerzas realistas acantonadas en el Alto Perú y enviasen refuerzos y recursos económicos a Lima. El enviado partió pocos días después del desastre de La Macacona. Pero, ocurría que los mandos de las provincias unidas estaban enfrentadas con el régimen de Buenos Aires, por lo cual no era posible obtener nada de este último.
En Santiago de Chile Gutiérrez recibió un rotundo no de parte del presidente O’Higgins. Los jefes de las Provincias Unidas, le dieron un sí, siempre que la operación fuera aprobada por el gobierno de Buenos Aires. Pero, como este régimen estaba bajo control de un enemigo personal de San Martín, el General Rivadavia, los resultados fueron negativos.
Más cartas de San Martín a la Serna.
En retrospectiva, llama profundamente la atención que, a pesar de este panorama adverso, aún en el tramo final del protectorado, el 14 de julio de 1822, San Martín volviera a escribir al virrey La Serna, anunciándole el triunfo de Pichincha (Ecuador), obtenido por la conjunción de las armas de las corrientes libertadoras de América. Así mismo, le adelanta que iba a ir a Guayaquil a una conferencia con Bolívar. Con ese marco de apariencia triunfalista le reiteró sus proposiciones de paz en 14 artículos, pero insistiendo en que “la nación española y a su nombre el ejército real reconocerá la independencia del Perú”. Agrega que el acuerdo que se logre deberá ser ratificado por el Congreso próximo a instalarse.
Segundo zarpe a Guayaquil
A los pocos días de regresar a Lima de su frustrado viaje a Guayaquil, el 3 marzo de 1822 el Protector remitió una carta a Bolívar anunciándole que irá esa ciudad para reunirse con él. Bolívar, enfrascado en la victoria de Pichincha y en la ocupación de Pasto y Quito, recién respondió el 22 de junio de 1822 renovando sus deseos de conocer y abrazar al amigo, al libertador del sur.
El 13 de julio, el Protector volvió a escribir a Bolívar, anunciándole que antes del 18 saldría del Callao rumbo a Guayaquil para de allí pasar a Quito, a saludarlo. y "combinar en grande los intereses que nos han confiado los pueblos para que una sólida y estable prosperidad les haga conocer mejor el beneficio de su independencia".
El Protector partió del Callao el 14 de julio a bordo de la Macedonia.
La caída de Monteagudo
Entonces sus opositores le dieron un potente golpe bajo que tampoco pudo prevenir. Aprovechando su partida, ese mismo día, un grupo de influyentes vecinos de Lima exigieron la destitución del ministro Bernardo Monteagudo de todos sus cargos.
Los vecinos, nobles españoles remanentes, criollos y poderosos comerciantes, actuaron motivados por su profundo odio hacia el argentino, debido a que, entre diciembre de 1821 y febrero de 1822, Monteagudo había ordenado el destierro y la confiscación de los bienes de los españoles. Así mismo, prohibió que los hispanos peninsulares que no se hubieran bautizado se dedicaran al comercio. Así, Monteagudo afectó los intereses de entre diez mil a doce mil peninsulares que deseaban verlo muerto.
Torre Tagle, quien nunca dejó de ser un aristócrata realista hasta la médula de los huesos aceptó la exigencia y decretó la cesantía de Monteagudo disponiendo su destierro a Panamá bajo pena de muerte en caso de regresar
San Martín llega a la Isla Puná
En la madrugada del 25 de julio, La Macedonia fondeó en la isla de Puná, a bordo de la cual San Martín recibió a la Junta de Gobierno guayaquileña y a los generales La Mar y Salazar, quienes le dieron un mayúscula sorpresa:
Bolívar se le había adelantado a Guayaquil desde el 11 de julio. Había depuesto a la junta de gobierno y decretado la anexión de la provincia peruana a Colombia, disponiendo, además, la realización de comicios para legalizar la anexión. Repuesto de la sorpresa, San Martín les retribuyó la visita yendo al buque "Protector", en el cual estaban embarcados todos los civiles y militares que se había declarado refugiados, en desacuerdo con la anexión manu militari.
El reporte del vigía de la isla Puná sobre la llegada de la "Macedonia" con San Martín a Bordo, también agarró por sorpresa a Bolívar, pues no había recibido la carta de San Martín del 13 de julio, debido a que había sido llevada a Quito.
Bolívar envió de inmediato ante San Martín una comisión integrada por el coronel Torres y tres edecanes, portando una misiva en la que el venezolano declara su sorpresa: "En este momento hemos tenido la muy satisfactoria sorpresa de saber que V.E. ha llegado a las aguas de Guayaquil. Mi satisfacción está turbada, sin embargo, porque no tendremos tiempo para preparar a V.E. una mínima parte de lo que se debe al Héroe del Sur, al Protector del Perú. Yo ignoro además si esta noticia es cierta, no habiendo recibido ninguna comunicación digna de darle fe".
Pero, el mismo 25, antes de la llegada de la comisión de Bolívar, San Martín envió ante él a su edecán Rufino Guido para que comunicarle su arribo y le entregase una carta en la que le proponía reunirse a bordo del Macedonia para evitar posibles inconvenientes en el contexto de la situación política de Guayaquil y de toda la provincia.
Bolívar le envió una segunda carta en la que dijo: "Tan sensible me sería que Ud. no venga hasta esta ciudad como si fuéramos vencidos en muchas batallas; pero no, Ud. no dejará burlada el ansia que tengo de estrechar en el suelo de Colombia al primer amigo de mi corazón y de mi patria.
¿Cómo es posible que Ud. venga de tan lejos, para dejarnos sin la posesión positiva en Guayaquil del hombre singular que todos anhelan conocer y, si es posible, tocar? No es posible, respetable amigo; yo espero a Ud. y también iré a encontrarle donde quiera que Ud. tenga la bondad de esperarme; pero sin desistir de que Ud. nos honre en esta ciudad. Pocas horas, como Ud. dice, son bastantes para tratar entre militares, pero no serán bastantes esas mismas horas para satisfacer la pasión de la amistad que va a empezar a disfrutar de la dicha de conocer el objeto caro que se amaba sólo por la opinión, sólo por la fama".
Ocurría, entonces, que San Martín no quería desembarcar e ir a Guayaquil, unos dicen por el fracaso de su íntimo propósito de hacer que los guayaquileños ratificaran su pertenencia al Perú, jugada en la cual, Bolívar le había ganado en toda la línea. Otros afirman que su decisión se debía a su deseo de no generar revueltas de los guayaquileños pro Perú por la anexión a la mala a Colombia.
Al día siguiente, sin recibir la respuesta de San Martín a su carta, Bolívar llegó al "Macedonia" para hablar directamente con su par sureño. El encuentro fue sumamente cordialísimo entre los titanes de la independencia de América del Sur. El resultado fue exitoso. San Martín aceptó la invitación de Bolívar para desembarcar y reunirse en la casa de los Luzurriaga, ese mismo día, al mediodía.
Llegada a Guayaquil
San Martín llegó al puerto de Guayaquil el 26 de julio, en donde Bolívar lo recibió en su condición de Jefe del gobierno de la Provincia de Guayaquil.
El protector acudió acompañado de La Mar, Salazar, del coronel Manuel Rojas -Secretario de la legación peruana-, sus edecanes Rufino Guido y Salvador Soyer y una escolta integrada por 25 húsares.
Desde el muelle hasta la casa escogida formó un batallón de infantería que rindió honores al Protector que por su alta graduación y rango. la ciudad estaba engalanada con las banderas de Colombia, Perú y Argentina, a pesar del descontento de los guayaquileños por la supresión de su gobierno y sus aspiraciones independentistas.
LA CUMBRE DE LOS LIBERTADORES
Tras el ceremonial del recibimiento, los libertadores tuvieron su primera reunión de un total de tres, a puerta cerrada y sin testigos, durante hora y media.
En la tarde del mismo 26, el Protector visitó a Bolívar en su casa, en donde se realizó una segunda conversación reservada más corta que la primera, pues duró aproximadamente una media hora.
En la noche, en su alojamiento, el Protector recibió el saludo de las personalidades de Guayaquil.
El día siguiente, fue muy agitado para San Martín. Supervisó la preparación de su equipaje. Al mediodía fue a la casa de Bolívar donde sostuvo con él la tercera entrevista, tan secreta como las dos primeras, pero más larga que ellas, pues se prolongó desde las 13:00 horas hasta las 17:00. De ahí se trasladaron a un gran salón donde se llevó a cabo un banquete en honor del visitante, ofrecido por Bolívar; la reunión se prolongó hasta las siete de la noche. Dos horas después el Protector asistió al gran baile que, en su honor, se realizó en el salón del Cabildo, hasta que a las 1:00 horas del 28 de julio, el Protector se retiró sigilosamente junto con Bolívar. Se despidieron en el muelle luego de que Bolívar le diera varios obsequios, entre ellos un retrato suyo. Nunca más volverían a verse.
El contenido de la cumbre
La historia de la emancipación sudamericana tiene una documentación cuantiosa. Aún así tiene lagunas y puntos oscuros como los temas:
El verdadero contenido de las reuniones y su impacto en la independencia peruana
Si hubo o no testigos en la reunión de los libertadores.
Si la masonería internacional o local ejerció influencia en su contenido y, por consiguiente en el curso de la historia de la emancipación de América.
Evidentemente, las posiciones de ambos Libertadores, así como el poder que las sustentaban, eran muy distintas:
Bolívar era jefe de un estado poderoso en términos americanos, ubicado en un dilatado espacio geográfico, con sus finanzas en orden y sus instituciones en funcionamiento.
San Martín nunca mandó en la Argentina, rehusó mandar en Chile y el gobierno que había instalado en una fracción del territorio del Perú carecía de base política y de fuerza militar.
Llegaba a entrevistarse con Bolívar luego de que lo mejor de su ejército había sido derrotado en lca y cuando no abrigaba ninguna esperanza de que el gobierno de Buenos Aires le ayudara en la empresa de consolidar la independencia del Perú. La situación interna en Lima era insostenible, la economía nacional estaba exhausta, la clase políticamente activa no estaba convencida de la independencia y los excesos jacobinos de Monteagudo habían permitido a los enemigos de la revolución mostrar al líder argentino como a un tirano y no como un benefactor.
De remate, Guayaquil a la que San Martín consideraba peruana, bajo la férula de Bolívar acababa de anunciar su incorporación a Colombia.
La versión de San Martín
En su ensayo, San Martín y Bolívar en Guayaquil, Jorge Guillermo Paredes Muñante, ofrece como primer testimonio de lo hecho publico por el Protector sobre la reunión de Guayaquil, su carta a Guillermo Miller, enviada desde Bruselas, el 19 de abril de 1827. Fue publicada por vez primera en 1900 por Ernesto Quesada, en un folleto titulado, Las reliquias de San Martín. Paredes no ha encontrado ningún rastro de la mano masónica en lo que el Protector informó sobre el tema.
La carta es la respuesta a una de Miller en la que le pregunta sobre otras materias, pero le pide su parecer sobre un personaje del cual nadie menciona su nombre que afirmaba que San Martín había querido coronarse rey del Perú y que ese había sido el principal objeto de la entrevista de Guayaquil.
Sobre eso, el generalísimo dice que tal personaje, “lejos de ser un caballero, sólo merece el nombre de un insigne impostor y despreciable pillo, pudiendo asegurar a usted, que si tales hubieran sido mis intenciones no era él quien me hubiera hecho cambiar mi proyecto.
En cuanto a mi viaje a Guayaquil, el no tuvo otro objeto que el de reclamar del general Bolívar los auxilios que pudiera prestar para terminar la guerra del Perú, auxilio que una justa retribución (prescindiendo de los intereses generales de América) lo exigía por los que el Perú tan generosamente había prestado para libertar el territorio de Colombia. Mi confianza en el buen resultado estaba tanto más fundada, cuanto el ejército de Colombia después de la batalla de Pichincha, se había aumentado con los prisioneros y contaba 9600 bayonetas, pero mis esperanzas fueron burladas al ver que en mi primera conferencia con el libertador me declaró que haciendo todos los esfuerzos posibles sólo podría desprenderse de tres batallones con la fuerza total de 1070 plazas.
Estos auxilios no me parecieron suficientes para terminar la guerra, pues estaba convencido que el buen éxito de ella no podía esperarse sin la activa y eficaz cooperación de todas las fuerzas de Colombia; así es que mi resolución fue tomada en el acto, creyendo de mi deber hacer el último sacrificio en beneficio del país.
Al siguiente día y en presencia del vicealmirante Blanco, dije al libertador que habiendo convocado el congreso para el próximo mes, el día de su instalación sería el último de mi permanencia en el Perú, añadiendo: ahora le queda a usted general un nuevo campo de gloria en el que va usted a poner el último sello a la libertad de América. (Yo autorizo y ruego a usted escriba al general Blanco a fin de ratificar este hecho). A las dos de la mañana del siguiente día me embarqué, habiéndome acompañado Bolívar hasta el bote, y entregándome su retrato como una memoria de lo sincero de su amistad; mi estadía en Guayaquil no fue más que de 40 horas, tiempo suficiente para el objeto que llevaba; dejemos la política y pasemos a otra cosa que me interesa más…”
Algunos historiadores concluyeron que el tal personaje fue Simón Bolívar. Pero otros, con mayores argumentos señalan que fue Riva Agüero, quien probadamente no comulgaba con el Protector y a quien, probadamente, él despreciaba.
Otro testimonio sanmartiniano sobre Guayaquil, sin visos de vínculos masónicos, es su carta, enviada desde Boulogne Sur Mer, el 11 de setiembre de 1848 al entonces presidente Ramón Castilla.
San Martín escribe: “Si algún servicio tiene que agradecerme la América es el de mi retirada de Lima, paso que no solo comprometía mi honor y reputación, sino que me era tanto más sensible, cuanto que conocía que con las fuerzas reunidas de Colombia y del Perú, la guerra de la independencia hubiera ido terminada en todo el año 23.
Pero este costoso sacrificio y el no pequeño de tener que guardar un silencio absoluto (tan necesario en aquellas circunstancias) de los motivos que me obligaban a dar este paso, son esfuerzos que Ud. podrá calcular y que no está al alcance de todos el poderlos apreciar”. Esta carta fue publicada por primera vez en Lima, en 1878, en La Opinión Nacional.
La carta Lafond y el supuesto retiro magnánimo de San MartínEn el tema específico de la cumbre de los libertadores de América del Sur la controvertida carta Lafond revela pormenores de su contenido. Tal documento, supuestamente de autoría de San Martín apareció recién en 1843 - 21 años después de los acontecimientos, habiendo muerto Bolívar y cuando San Martín aún vivía.
El marino francés Gabriel Lafond de Lurcy, en una publicación titulada “Voyages autour du monde et naufrages célèbres”, París, Administration de la Libraire, 26 rue Notre Dame, des Victoires, 1843-1844, publicó la carta del 29 de agosto de 1822 que San Martín habría escrito a Simón Bolívar, después de solo un mes de sus entrevistas.
Historiadores argentinos y venezolanos la tildaron de falsa, porque dejaba en mala posición a Bolívar. Pero, el documento fue declarado auténtico por la Academia Nacional de Historia Argentina y la Academia Sanmartiniana, en 1948.
Esta es la carta:
"Lima, 29 de agosto de 1822
Excmo. Señor Libertador de Colombia,
Simón Bolívar.
Querido General.
Dije a usted en mi última, de 23 del corriente, que habiendo reasumido el mando supremo de esta república con el fin de separar de él al débil e inepto Torre Tagle, las atenciones que me rodeaban en aquel momento no me permitían escribirle con la extensión que deseaba; ahora al verificarlo, no sólo lo haré con la franqueza de mi carácter, sino con la que exigen los grandes intereses de América.
Los resultados de nuestra entrevista no han sido los que me prometía para la pronta terminación de la guerra. Desgraciadamente, yo estoy íntimamente convencido, o que no ha creído sincero mi ofrecimiento de servir bajo sus órdenes con las fuerzas de mi mando, o que mi persona le es embarazosa.
Las razones que usted me expuso, de que su delicadez no le permitiría jamás mandarme, y que, aún en el caso de que esta dificultad pudiese ser vencida, estaba seguro que el Congreso de Colombia no consentiría su separación de la 61 62 República, permítame general, le diga no me han parecido plausibles.
La primera se refuta por sí misma. En cuanto a la segunda, estoy muy persuadido, que la menor manifestación suya al Congreso sería acogida con unánime aprobación cuando se trata de finalizar la lucha en que estamos empeñados, con la cooperación de usted y la del ejército de su mando; y que el alto honor de ponerle término refluirá tanto sobre usted como sobre la república que preside.
No se haga ilusión, General. Las noticias que tiene de las fuerzas realistas son equivocadas; ellas montan en el Alto y Bajo Perú a más de 19 000 veteranos, que pueden reunirse en el espacio de dos meses. El ejército patriota, diezmando por las enfermedades, no podrá poner en línea de batalla sino 8500 hombres, y de éstos, una gran parte reclutas. La división del general Santa Cruz (cuyas bajas según me escribe este general, no han sido reemplazadas a pesar de sus reclamaciones) en su dilatada marcha por tierra, debe experimentar una pérdida considerable, y nada podrá emprender en la presente campaña. La división de 1400 colombianos que usted envía será necesaria para mantener la guarnición del Callao y del orden de Lima.
Por consiguiente, sin el apoyo del ejército de su mando, la operación que se prepara por puertos intermedios no podrá conseguir las ventajas que debían esperarse si fuerzas poderosas no llamaran la atención del enemigo por otra parte, y así la lucha se prolongará por un tiempo indefinido. Digo indefinido porque estoy íntimamente convencido, que sea cuales fueren las vicisitudes de la presente guerra, la independencia de América es irrevocable; pero también lo estoy, de que su prolongación causará la ruina de sus pueblos, y es un deber sagrado para los hombres a quienes están confiados sus destinos, evitar la continuación de tamaños males.
En fin, general; mi partido está irrevocablemente tomado. Para el 20 del mes entrante he convocado el primer congreso del Perú, y al día siguiente de su instalación me embarcaré para Chile, convencido de que mi presencia es el solo obstáculo que le impide a usted venir al Perú con el ejército de su mando. Para mí hubiese sido el colmo de la felicidad terminar la guerra de la independencia bajo las órdenes de un general a quien la América debe su libertad.
El destino lo dispone de otro modo, y es preciso conformarse. No dudando que después de mi salida del Perú, el gobierno que se establezca reclamará la activa cooperación de Colombia, y que usted no podrá negarse a tan justa exigencia, remitiré a usted una nota de todos los jefes cuya conducta militar y privada puede ser a usted de alguna utilidad su conocimiento.
El general Arenales quedará encargado del mando de las fuerzas argentinas. Su honradez, coraje y conocimientos, estoy seguro lo harán acreedor a que usted le dispense toda consideración. Nada diré a usted sobre la reunión de Guayaquil a la República de Colombia.
Permítame, general, que le diga, que creí que no era a nosotros a quienes correspondía decidir este importante asunto. Concluida la guerra, los gobiernos respectivos lo hubieran transado, sin los inconvenientes que en el día pueden resultar a los intereses de los nuevos estados de Sud América. He hablado a usted, general, con franqueza, pero los sentimientos que exprime esta carta, quedarán sepultados en el más profundo silencio; si llegasen a traslucirse, los enemigos de nuestra libertad podrían prevalecerse para perjudicarla y los intrigantes y ambiciosos para soplar la discordia.
Con el comandante Delgado, dador de ésta, remito a usted una escopeta y un par de pistolas juntamente con un caballo de paso que le ofrecí en Guayaquil. Admita usted, general, esta memoria del primero de sus admiradores. Con estos sentimientos y con la de desearle únicamente sea usted quien tenga la gloria de terminar la guerra de la independencia de América del Sud, se repite su afectísimo servidor.
José de San Martín"
La publicación de la carta fue coordinada entre Lafond y San Martín, durante casi diez años. El Libertador vivía Europa cuando fue difundida, conoció su impacto y los debates que originó en varios países americanos; se dice que estuvo presente en una conferencia en la que se habló de la carta, pero invariablemente no intervino y optó por inhibirse sin confirmar ni negar la autenticidad del documento.
Rufino Blanco Fombona, distinguido historiador venezolano, opina que nadie duda que la carta sea de San Martín, pero duda de que haya sido escrita y enviada en 1822, por lo que en esa línea, el chileno Irrazabal Larraín, afirma que el propio San Martín fue el verdadero falsificador del documento para justificar su retiro del Perú.
Xavier Chiriboga May, en su ensayo, La aceptación de San Martín a la polémica carta Lafond desde una perspectiva histórico – psicológica, publicada en el Boletín de la Academia Nacional de Historia Vol. CI – Nº. 210 - julio–diciembre 2023, afirma que la comparación la tal carta, con lo escrito por Rufino Guido, secretario de San Martín, sobre la entrevista entre los dos libertadores, demuestra que la Lafond, es falsa, que San Martín no se fue por su gran magnanimidad y desprendimiento, sino por causas objetivas.
Esto es lo que guido dice: “El general San Martín salió para del Callao para Guayaquil, con el objeto ostensible de obtener una entrevista con el general Bolívar; pero muy reservadamente con el de apoderarse de aquel importante departamento que se había declarado a favor del Perú, anticipándose al general Bolívar.(...) ¡¿Qué le parece a usted cómo nos ha ganado la mano el Libertador Simón Bolívar?!”. (...) ¡Pero confío en que no se quedará con Guayaquil para agregarlo a Colombia, cuando el pueblo en masa quiere ser anexado al Perú, de grado o por fuerza lo será, luego que concluyamos con los chapetones que aún quedan en la sierra!”.
(...) Pero llegamos al Callao, y todos sus proyectos se vinieron por tierra. La noticia que recibió a nuestro arribo de la revolución contra su primer ministro Monteagudo, y más que todo la connivencia de sus principales jefes que debieron haberla sofocado, le anonadó a tal punto, que todos notaron en su semblante la profunda impresión que había hecho en su corazón magnánimo y generoso la ingratitud de sus principales jefes”. Persuadido de este error, porque así lo fue, ya no pensó más que en dejar su puesto a otro más afortunado que él,como lo fue Bolívar, que tuvo la gloria de concluir la guerra en que estábamos empeñados”.
No existe el original manuscrito de la carta Lafond ni en los archivos de San Martín ni en los de Bolívar.
Las posiciones de los historiadores respecto a tal carta se resume así: Los que afirman que es falsa
Los que dicen que es auténtica,
Los que dicen que es verdadera, pero no se puede probar.
Los que dicen que es apócrifa, arguyen lo siguiente: En la carta SM dice que los españoles tenían en Perú 19 000 veteranos, cifra falsa. Una cantidad cercana fue alcanzada recién en 1824, lo que indica que el documento fue escrito después de que el jefe del Estado Mayor O’Connor publicó, en Potosí, el 9 de abril de 1825, la relación de los rendidos en Ayacucho, un total de 18 598 hombres. En 1822, el número de realistas era sólo de 9 530 y ejército patriota poseía 11 000 efectivos.
El escrito consigna que las bajas de la división de Santa Cruz no habían sido reemplazadas, cuando esto sucedió hasta en dos oportunidades: en Quito, de los prisioneros de Pichincha, y la segunda, en Cuenca, con todo el batallón del Sur adiestrado por Heres.
También señala que la división de Santa Cruz marchaba por tierra, cuando lo hizo por mar.
La misiva afirma que San Martín solicitó a Bolívar auxilio militar. Realmente SM no solicitó dichos refuerzos y si la hubiera hecho, Bolívar no se hubiese podido negar, existiendo ya un tratado de federación entre Perú y Colombia, suscrito de 6 de julio de 1822.
La carta es falsa porque de ser verdadera Bolívar le hubiera dado respuesta, como era su costumbre. Dicha respuesta no existe.
San Martín no convocó el congreso como consecuencia de los resultados de la entrevista, pues esta fue hecha cinco meses antes,
San Martín no designó a Álvarez de Arenales como comandante de Ejército Libertador, pues nombró a Rudecindo Alvarado.
Quienes dicen que es verdadera, entre ellos el historiador uruguayo Ariosto D. González, señalan:
Las cuatro primeras ediciones de la carta fueron con SM vivo y fueron conocidas por él y nunca la negó o la rectificó.
La versión de que San Martín ofreció a Bolívar servir bajo su mando la repitió el propio Protector a Manuel Guerrico, a Sarmiento y a Castilla.
San Martín afirmó a Guido, Guerrico, Alberdi, Sarmiento, Miller y Castilla que pidió a Bolívar la colaboración de todo el ejército colombiano.
Toda falsificación persigue un fin y no aparece claro cual fue el objetivo de la carta
La versión de Simón Bolívar
Por el lado de Bolívar, el ensayo de Castro Olivas, presenta como primer testimonio el informe reservado que el venezolano elevó sobre el tema a la Secretaría de Relaciones Exteriores de la República de Colombia, el 29 de julio de 1822, redactada y suscrita en el cuartel general de Quito por José Gabriel Pérez, secretario de Bolívar. Este procedimiento quizá corresponda al momento burocrático de entonces, pero la realidad es que Pérez puso en el papel solo lo que el general vio por conveniente dar cuenta al gobierno colombiano, siendo él la fuente directa del contenido.
Entre los testimonios de Simón Bolívar, Castro tampoco ha hallado en sus archivos alusión alguna sobre el influjo de la masonería internacional en su acción libertadora y menos aún en las incidencias de la reunión de Guayaquil.
El informe oficial al régimen de Santander dice que el Protector se limitó a hacer “preguntas vagas e inconexas sobre las materias militares y políticas sin profundizar ninguna, pasando de una a otra y encadenando las especies más graves con las más triviales”. Comenta que “Si el carácter del Protector no es de este género de frivolidad que aparece en su conversación, debe suponerse que lo hacía con algún estudio. S.E. no se inclina a creer que el espíritu del Protector sea de este carácter, aunque tampoco le parece que estudiaba mucho sus discursos y modales;…”.
Luego sigue un relato punto por punto de los temas más importantes que tocó SM:
PRIMERA.- Al llegar a la casa preguntó el Protector, a S.E. si estaba muy sofocado por los enredos de Guayaquil, sirviéndose de otra frase más común y grosera aún, cual es pellejería, que se supone ser el significado de enredos; pues el mismo vocablo fue repetido con referencia al tiempo que hacíamos que estábamos en revolución en medio de los mayores embarazos.
SEGUNDA.- El Protector dijo espontáneamente a S. E. y sin ser invitado a ello que nada tenía que decirle sobre los negocios de Guayaquil, en lo que no tenía que mezclarse; que la culpa era de los guayaquileños, refriéndose a los contrarios. S.E. le contestó que se habían llenado perfectamente sus deseos de consultar a este pueblo y que el 28 del presente mes se reunían los electores y que contaba con la voluntad del pueblo y con la pluralidad de los votos de la Asamblea. Con esto cambió de asunto y siguió tratando de negocios militares relativos a la expedición que va a partir.
TERCERA.- El Protector se quejó altamente del mando y sobre todo de sus compañeros de armas, que últimamente lo habían abandonado en Lima. Aseguró que iba a retirarse a Mendoza; que había dejado un pliego cerrado para que lo presentasen al Congreso renunciando al protectorado; que también renunciaría la reelección que contaba se haría en él; que luego que obtuviese el primer triunfo se retiraría del mando militar, sin esperar a ver el término de la guerra; pero añadió que antes de retirarse dejaría bien establecidas las bases del gobierno; que este no debía ser demócrata en el Perú porque no convenía, y últimamente que debería venir de Europa un príncipe aislado y solo a mandar aquel Estado.
S.E. contestó que no convenía a la América ni tampoco a Colombia la introducción de príncipes europeos, porque eran partes heterogéneas a nuestra masa; que S.E. no se opondría a la forma de gobierno que quiera darse cada Estado; añadiendo sobre este particular S.E. todo lo que piensa con respecto a la naturaleza de los gobiernos, refiriéndose en todo a su discurso al Congreso de Angostura.
El Protector replicó que la venida del príncipe sería para después, y S.E. repuso que nunca convenía que viniesen tales príncipes; que S.E. habría preferido invitar al general Iturbide a que se coronase con tal que no viniesen borbones, austrias ni otra dinastía europea.
El Protector dijo que en el Perú había un gran partido de abogados que querían república y se quejó amargamente del carácter de los letrados.
Es de presumirse que el designio que se tiene es erigir ahora la monarquía sobre el principio de darle la corona a un príncipe europeo con el fin, sin duda, de ocupar después el trono el que tenga más profundidad en el país o más fuerza de que disponer. Si los discursos del protector son sinceros, ninguno está más lejos de ocupar tal trono. Parece muy convencido de los inconvenientes del mando.
CUARTA.- El Protector dijo a S.E. que Guayaquil le parecía conveniente para residencia de la Federación, la cual ha aplaudido extraordinariamente como la base esencial de nuestra existencia. Cree que el gobierno de Chile no tendría inconveniente en entrar en ella; pero sí el de Buenos Aires, por la falta de unión en él; pero que de todos modos, nada desea tanto el Protector como el que subsista la federación del Perú y de Colombia aunque no entre ningún otro estado más en ella, porque juzga que las tropas de un estado al servicio de otro deben aumentar mucho la autoridad de ambos gobiernos con respecto a sus enemigos internos, los ambiciosos y revoltosos. Esta parte de la Federación es la que más interesa al Protector y cuyo cumplimiento desea con más vehemencia. El Protector quiere que los reclutas de ambos estados se remitan recíprocamente a llenar las bajas de los cuerpos, aun cuando sea necesario reformar el total de ellos por licencias, promociones u otros accidentes. Mucho encareció el Protector la necesidad de esta medida, o quizá fue la que más apoyó en el curso de sus conversaciones.
QUINTA.- Desde la primera conversación dijo espontáneamente el Protector a S.E. que en la materia de límites no habría dificultad alguna; que él se encargaba de promoverlo en el Congreso, donde no faltarían amigos. S.E. contestó que así debía ser, principalmente cuando el tratado lo ofrecía del mismo modo y cuando el Protector manifestaba tan buenos deseos por aquel arreglo tan importante.
S.E. creyó que no debía insistir por el momento sobre una pretensión que ya se hecho de un modo positivo y enérgico y a la cual se ha denegado el gobierno del Perú bajo el pretexto de reservar esta materia legislativa al Congreso; por otra parte, no estando encargado el Protector del poder ejecutivo no parecía autorizado para mezclarse en ese negocio. Además, habiendo venido el Protector como simple visita sin ningún empeño político ni militar, pues ni siquiera habló formalmente de los auxilios que había ofrecido Colombia y que sabía se aprestaban para partir, no era delicado prevalecerse de aquel momento para mostrar un interés que habría desagradado sin ventaja alguna, no pudiendo el Protector comprometerse a nada oficialmente.
S.E. ha pensado que la materia de límites debe tratarse formalmente por una negociación especial en que entren compensaciones recíprocas para rectificar los límites.
SEXTO.- S.E. el Libertador habló al Protector de su última comunicación en que le proponía que aunados los diputados de Colombia, el Perú y Chile, en un punto dado, trataren con los comisarios españoles destinados a Colombia con este objeto.
El Protector aprobó altamente la proposición de S.E. y ofreció enviar, tan pronto como fuera posible, al señor Rivadeneyra, que se dice amigo de S.E. el Libertador, por parte del Perú, con las instrucciones y poderes suficientes, y aún ofreció a S.E. interponer sus buenos oficios y todo su influjo para con el gobierno de Chile a fin de que hiciese otro tanto por su parte; ofreciendo también hacerlo con la mayor brevedad a fin de que reúnan oportunamente estos diputados en Bogotá con los nuestros.
S.E. habló al Protector sobre las cosas de México, de que no pareció muy bien instruido y el Protector no fijó juicio alguno sobre los negocios de aquel Estado.
Parece que no ve a México con una grande consideración o interés. Manifiesta tener una gran confianza en el director supremo de Chile, general O’Higgins, por su grande tenacidad en sus designios y por la afinidad de principios. Dice que el gobierno de las provincias de Buenos Aires va a comentándose con orden y fuerza sin mostrar grande aversión a los disidentes de aquellos partidos; que aquel país es inconquistable; que sus habitantes son republicanos y decididos; que es muy difícil que una fuerza extraña los haga entrar por camino; y que de ellos mismos debe esperarse el orden.
El Protector piensa que el enemigo es menos fuerte que él, y que sus jefes, aunque audaces y emprendedores, no son muy temibles. Inmediatamente va a emprender la campaña por Intermedios en una expedición marítima, y también por Lima cubriendo la capital por su marcha de frente.
El Protector ha dicho a S.E. que pida al Perú todo lo que guste, que él no hará mas que decir sí, sí, sí a todo, y que espera que en Colombia se haga otro tanto.
La oferta de sus servicios y amistad es ilimitada, manifestando una satisfacción y una franqueza que parecen sinceras”.
Otro documento de Bolívar, es el informe oficial reservado como el anterior, firmada por el secretario J. G. Pérez, dictada por el generalísimo, el cual fue enviado a Sucre, en su condición de Intendente de Quito, la cual consiste en una versión abreviada de la dirigida al Gobierno de Bogotá.
Un tercera pieza es la carta de Bolívar a Santander, remitida el 29 de julio de 1822, la cual es la primera versión totalmente personal del Libertador sobre la entrevista de Guayaquil. Está suscrita en Guayaquil y en lo sustancial es casi igual a la versión de los dos documentos anteriores.
Lo nuevo es que Bolívar deja en claro que lo sucedido solo fue una mera visita, porque solo se abrazaron, conversaron y se despidieron, es decir no le da un significado histórico ni definitorio del curso de la guerra. Como novedades, dice:
“Yo creo que él ha venido por asegurarse de nuestra amistad, para apoyarse con ella respecto a sus enemigos internos y externos. Lleva 1800 colombianos en su auxilio, fuera de haber recibido la baja de sus cuerpos por segunda vez, lo que nos ha costado más de 600 hombres: así recibirá el Perú 3000 hombres de refuerzo por lo menos.
(…) Dice que no quiere ser rey, pero que tampoco quiere la democracia y sí el que venga un príncipe de Europa a reinar en el Perú. Esto último ya creo que es proforma. Dice que se retirará a Mendoza, porque está cansado del mando y de sufrir a sus enemigos.
(...)Su carácter me ha parecido muy militar y parece activo, pronto y no lerdo. Tiene ideas correctas de las que a usted le gustan, pero no me parece bastante delicado en los géneros que hay en las ideas y en empresas.”
Otra carta a Santander del 3 de agosto de 1822 completa la versión de Bolívar. El Libertador comunica a Santander que el capitán Gómez va a su encuentro, llevándole noticias sobre el Perú y Guayaquil. El citado capitán era portador nada menos que del tratado de federación firmado entre Perú y Colombia. Bolívar señala que el problema de Guayaquil ha sido arreglado definitiva y satisfactoriamente. También, comunica su decisión de permanecer en Guayaquil era aún necesaria por algún tiempo, “tanto por lo que hace a la política interna y externa como por esperar las resultas de la próxima campaña del Perú. A este propósito digo a Ud. que creo de necesidad se nos manden por el Istmo dos mil fusiles y doscientos o trescientos quintales de plomo para armar un ejército en caso que el enemigo triunfe de San Martín, lo que, según todas las noticias, puede muy bien suceder...”
Bolívar luego le refiere sobre sus conversaciones con San Martín algo que no había consignado en los documentos anteriores. Era lo concerniente a un aviso que le diera el Protector sobre cierta tendencia separatista en Quito. El Libertador escribe sobre el particular:
“(...) Antes que se me olvide, diré a Ud. que el general San Martín me dijo, algunas horas antes de embarcarse, que los abogados de Quito querían formar un estado independiente de Colombia con estas provincias; yo le repuse que estaba satisfecho del espíritu de los quiteños y que no tenía el menor temor; me replicó que él me avisaba aquello para que tomase mis medidas, insistiendo mucho sobre la necesidad de sujetar a los letrados y de apagar el espíritu de insurrección de los pueblos. Esto lo hacía con mucha cordialidad, si hemos de dar crédito a las apariencias”.
Al final de la carta, sobre la la entrevista de Guayaquil informa sobre las negociaciones de paz con España: “Yo le dije al general San Martín que debíamos hacer la paz a toda costa con tal que consiguiésemos la independencia, la integridad del territorio y evacuación de las tropas españolas de cualquier punto de nuestro territorio; que las demás condiciones se podían reformar después, con el tiempo o con las circunstancias. El convino en ello y lo aviso para la inteligencia de Ud.”
Bolívar explicó a Santander que no consignó estos dos datos en los informes oficiales remitidos porque evaluó que “La noticia sobre los quiteños y esta otra no las comprendía mi Memoria, porque me parecieron muy graves para que pasasen por las manos de los dependientes y secretarios; bien que el mismo sentimiento tengo con respecto a otras especies de nuestra conversación que el señor Pérez ha confiado a esos muchachos de la secretaría”.
Existe, además, documentos adicionales como el oficio que el secretario Pérez, por orden de Bolívar, envió a los Ministros de Estado y Relaciones Exteriores del Perú y Chile , desde Cuenca, el 9 de setiembre de 1822, que contienen temas derivados de la reunión de Guayaquil.
Pérez comunica el ofrecimiento de Colombia de enviar al Perú 4 000 hombres más de los ya enviados, dejando en claro que el Protector no manifestó temor por la suerte de la guerra en el Perú y no solicitó refuerzos militares.
Pérez escribió: “S.E. el Libertador me manda dirigir a V.S.I. la presente comunicación que por su importancia es remitida por un extraordinario, a fin de alcanzar, si es posible, las ventajas que S.E. se propone.
Aunque S.E. el Protector del Perú en su entrevista en Guayaquil con el Libertador no hubiese manifestado temor de peligro por la suerte del Perú, el Libertador no obstante se ha entregado desde entonces a la más detenida y constante meditación, aventurando muchas conjeturas que quizás no son enteramente fundadas, pero que mantienen en la mayor inquietud.
S.E. el Libertador ha pensado que es deber comunicar esta inquietud a los gobiernos del Perú y Chile, y aun al del Río de la Plata, y ofrecer, desde luego, todos los servicios de Colombia en favordel Perú.
S.E. el Libertador se propone, en primer lugar, mandar al Perú 4 000 hombres más de los que se han remitido ya, luego que reciba la contestación de esta nota, siempre que el gobierno del Perú tenga a bien aceptar la oferta de este nuevo refuerzo; el que no marcha inmediatamente porque no estaba preparado y porque tampoco se ha pedido por parte de S.E. el Protector.
Si el gobierno del Perú determina recibir los 4 000 hombres de Colombia, espera el Libertador que vengan transportes y víveres para llevarlos, anticipando el aviso para que todos los cuerpos se encuentren en Guayaquil oportunamente.
En el caso de remitirse al Perú esa fuerza, el Libertador desearía que la campaña del Perú se dirigiese de un modo que no fuese decisivo y se esperase la llegada de los nuevos cuerpos de Colombia para obrar inmediatamente y con la actividad más completa, luego que estuviesen incorporados al ejército aliado.
S.E. no se atreve a insistir mucho sobre esta medida porque no conoce la situación del momento; pero desea ardientemente que la vida política del Perú no sea comprometida sino con una plena y absoluta confianza en el suceso. El amor a la causa de América le ha dictado estos sentimientos que no ha podido reprimir y se ha creído obligado a comunicar a ese gobierno”.
El oficio continúa exponiendo los consejos del Libertador en caso de un revés del ejército patriota. Pide a Chile que colabore enviando unos 6 000 a 8 000 hombres por la parte sur del Perú y que trate de persuadir al gobierno del Río de la Plata para que colabore con un ejército de unos 4 000 efectivos.
Contra todo pronóstico, el gobierno peruano rechazó el auxilio. El 25 de octubre de 1822 la Secretaría de Gobierno y relaciones Exteriores del Perú, por mandato de la Junta Gubernativa, comunicó a Bolívar que reconocía y agradecía su oferta, de la cual haría uso oportunamente y que, entretanto pidió el envío del mayor número de fusiles, pues hacían gran falta.
Para Castro Oliva, el examen de las expresiones escritas de Bolívar sobre Guayaquil tienen las siguientes características:
Son mucho más amplias que las de San Martín.
Permiten conocer los diversos temas que se tocaron. Su versión es integral frente a la restringida de SM. Los principales asuntos abordados fueron: la Federación de los Estados Americanos, la situación militar del Perú. La unión los dos ejércitos libertadores, bajo el mando de Bolívar. La situación política del Perú. La opción sanmartiniana de un régimen monárquico constitucional con un príncipe europeo. El separatismo de Quito. El problema de Guayaquil.
No le da al cónclave ni a su contenido importancia alguna.
Bolívar consideró que la reunión realmente careció de toda vital importancia, desde el momento mismo que ella no tuvo carácter oficial, por lo que venía a ser una muy amigable visita que ya de tiempo atrás habíanse propuesto y que en el fondo anhelaban, aunque sin saber que podía devenir de ella.
Bolívar es enfático en considerarla una simple visita, tal como señala en todos los documentos en los cuales ya personalmente o a través de su secretario Pérez se refiere a ella.
Y, como opinión personal, Castro Olivas concluye: San Martín, como gran militar que era, fue a Guayaquil llevando como objetivo el conseguir la unión de los dos ejército libertadores y que en última instancia el podía ceder el mando supremo de lo que sería el ejército libertador unido. Los documentos son certeros en el hecho de que San Martín viajaba con un plan preconcebido.
Los supuestos testigos de la cumbre de GuayaquilSobre este punto, Paredes Muñante, afirma que el primero en sostener que sí los hubo, arguyendo que él cumplió ese papel, fue el general Tomás Cipriano Mosquera, en condición de secretario de Bolívar y encargado de tomar notas de las conversaciones.
Eso escribió en el número 46 de Crónica de Nueva York, 1851, dando una versión sobre la entrevista de Guayaquil. Luego publicó su obra “Memoria sobre la vida del general Simón Bolívar” en la que ratificó su afirmación, contradiciendo al historiador peruano Mariano Felipe Paz Soldán quien afirma que la entrevista no tuvo testigos.
En un artículo publicado en un diario de Panamá y reproducido por La Nación, de Buenos Aires, T.C. Mosquera añadió que el señor Soyer secretario privado de San Martín también asistió y tomó notas y agregó: “San Martín propuso el establecimiento de una monarquía en el Perú y Bolívar no aceptó porque él prefería la dictadura o una presidencia vitalicia como lo probó después”.
Se entabló entonces un dimes y diretes, pues Rufino Guido, edecán de San Martín presente en Guayaquil, desmintió a Mosquera con una nota La Nación, en la que señala que ni el fallecido Soyer ni él ni Mosquera entraron a ninguna de las tres reuniones de los libertadores.
El avance del deterioro político y de salud del Protector
Una vez en Lima, San Martín se enteró con gran contrariedad de la destitución de su ministro Bernardo de Monteagudo, por lo que decidió instalar de una vez el congreso constituyente que había mandado a elegir, el mismo que proclamó la República Peruana
Además, se sintió más enfermo aún. Sus médicos combatían su tuberculosis con opio, el mayor analgésico conocido entonces. Lo tomaba en dosis cada vez más grandes que alternativamente le provocaban euforia y paros respiratorios seguidos de estreñimiento. Al pasar los efectos de la droga quedaba exhausto y deprimido y sufría de dolores gástricos, náusea y vómito que exigían más opio aunque no se sabe con certeza si esto afectaba o no su discernimiento, según Aorelo Luis Galatoires, en su obra, Cuáles fueron las enfermedades de San Martín.
Días después de su regreso a Lima, recibió la respuesta del virrey la Serna fechada el 8 de agosto de 1822, en el Cusco. Le contestó a sus últimas propuestas para la independencia, diciéndole que también busca la paz, pero que en la situación actual su obligación lo conduce a luchar:
“(…) es consiguiente la imposibilidad en que me hallo de admitir las proposiciones que V.E. se sirve hacerme, pues siendo el primer artículo de ellas reconocer la independencia para la cual de ningún modo estoy autorizado, es claro que no pueden tener lugar los
demás y aseguro a V.E. que me es bien sensible”.
Entonces, el 10 de setiembre el Protector escribió por última vez a La Serna, insistiendo en sus deseos de paz y censurando a los que, oponiéndose a la opinión generalizada de los pueblos negaban el reconocimiento de la independencia y preferían continuar la guerra, aumentando los odios y los rencores. No obstante adelantó su decisión de apartarse del gobierno que había fundado: “Este es el término de mis aspiraciones y el último extremo de mi ambición; y para lograrlo, pondré muy pronto en manos del Congreso el gobierno que el imperio de las circunstancias me hizo aceptar, por creerlo conveniente”
Retiro, dimisión y retorno a Chile.
En estas circunstancias San Martín se aisló en el pueblo de La Magdalena, cerca a Lima, delegando el mando en sus ministros.
El congreso constituyente, que ni de lejos ni de cerca era representativo del pueblo peruano, se instaló el viernes 20 de septiembre de 1822, a las 10 de la mañana en el salón principal de la casa de gobierno, con representantes de Lima, Tarma, Huaylas, Trujillo y La Costa, zonas declaradas independientes. Las provincias en manos realistas estuvieron representadas por notables limeños.
La asamblea empezó con 51 diputados, aunque los expeditos eran 81. Su presidente provisional fue Toribio Rodríguez de Mendoza. En esta asamblea estuvieron los hombres más
ilustrados de la época. Entre titulares y suplentes hubo 26 curas católicos, 28 abogados, 9médicos, 9 comerciantes, 6 empleados, 5 militares, 5 propietarios y 14 diputados que no eran peruanos, que pertenecían la Gran Colombia, Argentina, Alto Perú y Chile. El primer presidente del Congreso fue Francisco Javier de Luna Pizarro, vice presidente, Manuel Salazar y Baquijano y secretarios, José Faustino Sánchez Carrión y Francisco Javier Mariátegui. Mayoritariamente los diputados eran favorables a crear la república peruana.
El Protector en persona abrió las sesiones del Congreso y allí mismo depuso renunció a su cargo de gobernante y los demás. Dijo: “He convocado al Congreso para presentar ante él mi renuncia y retirarme a la vida privada con la satisfacción de haber puesto a la causa de la libertad toda la honradez de mi espíritu y la convicción de mi patriotismo. Dios, los hombres y la historia juzgarán mis actos públicos”.
Dejando el mando del ejército de los Andes al coronel Rudecindo Alvarado, se retiró del recito y volvió a La Magdalena y esa misma noche, en la forma discreta y casi subrepticia que a él le gustaba, se fue a Ancón y se hizo a la vela rumbo a Chile dejando una proclama que circuló impresa al día siguiente, en la cual explicaba su determinación.
En ella decía que estaba cansado de oír decir que pensaba en coronarse rey, que creía peligrosa la presencia de un soldado triunfador en los países nuevos. Terminaba diciendo que sus servicios estaban recompensados con creces con la satisfacción que tenía de haber cooperado a la independencia de Chile y del Perú (Barros Arana 1865: 430~431).
San Martín regresó a la Argentina con solo 120 onzas de oro, el estandarte de Francisco Pizarro bordado por Juana La Loca y la campanilla con que la Inquisición de Lima convocaba a los tribunales.
Así terminó el épico drama de la expedición libertadora sanmartiniana, cuyo líder no llegó a entender que la violencia es la partera de la historia cuando se ejerce en el momento preciso.
FIN
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