GOLPES DE ESTADO,
CONSPIRACIONES YMASONERÍA
DURANTE LA EXPEDICIÓN LIBERTADORA
Elmer Olortegui Ramírez
El 17 de agosto se cumple un aniversario más del fallecimiento del generalísimo San Martín y en este lapso de agosto a diciembre, es bueno conocer que tras asumir el Protectorado el 3 de ese mes en 1821, enfrentó una serie de hechos que mellaron su impronta. El principal fue el fallido golpe de estado en su contra por parte de su altos oficiales argentinos de máxima confianza, quienes actuaron defraudados por sus errores de estrategia político - militar, algo que en enero de ese tumultuoso sí le ocurrió a su enemigo, el virrey de la Pezuela. No aprendió en pellejo ajeno.
GOLPES DE ESTADO Y CONSPIRACIONES
EN EL AÑO DE NACIMIENTO DEL PERÚ
José de San Martín y Matorras estuvo en el Perú, exactamente, dos intensos años y 12 días llevando a cabo la campaña militar para derrotar al poderoso ejército realista del Virreinato del Perú y conseguir la independencia del país del yugo ibérico al cabo de casi 3 siglos de dura dominación, como condición sine qua non del fin del imperio español. No lo consiguió. Pero, en tan poco tiempo, realizó una gesta histórica minuciosamente rastreada, estudiada y analizada por historiadores, aunque hay ciertos hechos y trances poco conocidos y aún no aclarados por la historia. Esta es una aproximación a tres de ese tipo de temas.
Ya había una grave controversia entre el virrey Joaquín de la Pezuela y el alto mando de las tropas del virreinato del Perú, liderado por el general José de la Serna, sobre la manera de enfrentar la invasión de la expedición libertadora, comandada por el general José de San Martín y Matorras con el apoyo del almirante inglés, Lord Cochrane. La llegada de la flota enemiga del rey, el 8 de setiembre de 1820 a Bahía Paracas y su inmediato desembarco en Pisco, agudizó las diferencias.
De la Serna, instigado y apoyado por sus lugartenientes Canterac y Valdés estaban convencidos de que era imposible defender Lima, pues la situación política de incomunicación crítica con la metrópoli, su carencia de naves de guerra en el Callao, el paulatino deterioro de la economía, en especial la caída de las exportaciones de oro y plata, la escasez de alimentos de primera necesidad y el brote de enfermedades gastrointestinales y bronco pulmonares, la hacían sumamente vulnerable a un bloqueo marítimo, difícil de abastecer y con una población que lenta, pero de modo firme miraba positivamente a los independentistas y a la figura de San Martín. Los militares creían que evacuar Lima y replegarse a la sierra les daba una mayor posibilidad de organizar un contraataque devastador y definitivo.
En cambio, de la Pezuela, presionado por la "Junta de Arbitrios", estaba convencido de que podía defender la ciudad y de que era su deber hacerlo por cualquier medio, a la vez que debía cumplir la orden del rey Fernando VII, “el felón”, de entablar negociaciones con los alzados sobre la base de que jurasen la constitución liberal de Cádiz, puesta en vigencia por el soberano hasta que pudiera reimplantar nuevamente su régimen absolutista, como realmente lo hizo en 1823.
Las diferencias respecto a la estrategia político – militar realista terminaron con la ruptura entre los dos máximos jefes virreinales y el consiguiente golpe de estado de La Serna contra de la Pezuela, un trance casi imposible en los dominios de ultramar de España, hasta entonces.
EL GOLPE DE ESTADO DE LA SERNA CONTRA EL VIRREY DE LA PEZUELA
De setiembre de 1820 a enero de 1821, se había producido una seguidilla de movimientos militares de las fuerzas de San Martín que le había llevado a acuartelarse en Huaura y desplegar sus fuerzas hasta Chancay, amenazando Lima, mientras que en la Sierra, el general Arenales había tomado el poderosos enclave minero de plata de Pasco y empezaba a construir tropas andinas de guerrilleros y monteras. Los realistas, en previsión de lo que parecía un inminente ataque a Lima concentraron sus tropas en el cuarte general de Aznapuquio, en Collique, a uno y otro lado del río Chillón. En este estado de aparente escalada guerrera entre las fuerzas independentistas y las realistas, casi a final del primer mes del año 1821, estalló la soterrada crisis que avanzaba desde hacia varios meses en la cúpula de la administración político - militar virreinal.
La situación era la siguiente:
• San Martín ocupaba los pueblos al norte de Lima, desde Ancón, Chancay hasta Supe, con la adhesión de Trujillo y tenía su cuartel general en Huaura.
• La flota de Thomas Cochrane bloqueaba el Callao.
• El ejército de Arenales estaba en camino de aislar a la capital de la sierra central.
• Mil esclavos africanos se habían sublevado en Pisco animados por la llegada de los revolucionarios.
• Cuatro mil comuneros se habían plegado a los independentistas en San Juan de Lucanas y Cangallo, en Ayacucho, para ayudar a Arenales.
• En Lima progresaba el desabastecimiento de alimentos de primera necesidad con visos de hambruna con ataques de enfermedades bronco pulmonares y gástricas.
• Todas las miradas, en especial de sus amigos soportantes apuntaban hacia el virrey de la Pezuela.
• La tropa realista, conformada por nativos, desertaba masivamente, incluso los oficiales..
• Después de que el virrey de la Pezuela enviara dos divisiones, cada una de mil soldados a Ica y la sierra, en la capital quedaban unos 7 000 mil efectivos, de los cuales solo 4 500 estaban disponibles para la batalla, cuando la defensa de Lima requería no menos de 12 hombres armados.
• El alto mando militar virreinal había calculado que San Martín ya contaba con 7 000 hombres, restadas sus bajas y sumados los nativos que se habían plegado a su causa.
• La relación y la comunicación con la Corte de Madrid estaba casi cortada por los problemas que enfrentaba Fernando VII, ante varios estallidos de violentas sublevaciones de los liberales que habían logrado la reposición de la constitución de Cádiz y la conversión a la monarquía constitucional en todo el imperio.
• El virrey no recibía apoyo ni órdenes precisas de la corona en una situación muy próxima al “sálvese quien pueda”,pues era casi imposible que llegaran refuerzos de viejo o del nuevo mundo.
Dentro de este cuadro, el conflicto intravirreinal se planteó así:
• El virrey se convenció de que era imposible vencer si pronto no llegaban refuerzos de España, lo cual era ilusorio dado que la península carecía un gobierno estable, fuerte y legítimo que le diera órdenes y, además, la gran flota contra emancipadora ya no existía. En consecuencia, de la Pezuela y varios notables del Cabildo empezaron barajar la opción de la capitulación o rendición.
• Con la Serna al mando, la élite militar le hizo saber al virrey que la rendición era para ellos absolutamente inaceptable y al percibir que de la Pezuela no asumía positivamente su posición, principalmente Valdés y Canterac, presionaron a de la Serna a tomar una decisión extrema para hacer prevalecer su alternativa: dar batalla y vencer a San Martín.
En la noche de la víspera del golpe de estado, desde Aznapuquio, La Serna y otros fueron a Lima a reunirse con Canterac, Seoane y Valdés, también conspiradores. Asegurando que sus unidades les serían leales, firmaron el emplazamiento al virrey para que renuncie y lo enviaron al secretario de la Junta de Generales, Juan Loriga, quien de inmediato lo entregó a Pezuela. El documento dice:
“Los que suscriben no ven otro modo para cumplir estos objetivos, para conservar la nación estos países y dejar bien puesto el honor nacional, que el que V.E deposite en otras manos el gobierno de un país que en las suyas está perdido”.
Al día siguiente, 29 de enero de 1821, el virrey en jaque llamó a los altos mandos leales y sublevados y sin tocar el tema de su renuncia Pezuela nombró general en jefe a La Serna y se retiró a su despacho. La Serna replicó exigiendo al virrey que firmara un juramento en el que renunciaba a su autoridad. El virrey firmó el documento. Había caído. En Aznapuquio, los sublevados hicieron formar a las tropas e informaron que La Serna era el nuevo virrey y capitán general.
Los altos mandos en desacuerdo se fueron a sus casas y la tropa a los campamentos .
La Serna hizo la finta de rechazar sus nuevos cargos, porque el clima peruano le enfermaba y quería regresar a España. Los demás mandos, le dijeron, no. Entonces nombró a Canterac, general en jefe de Lima y a Valdés, jefe de Estado Mayor.
Lima recién se convenció del derrocamiento del virrey cuando al día siguiente del golpe este y su familia abandonaron palacio en un carruaje, tras lo cual el nuevo virrey y su gente entraron a la sede de gobierno. La Serna facilitó el regreso a España de su antecesor y de los oficiales leales al de la Pezuela. Ese mismo día, La Serna emitió el pronunciamiento del golpe, en el cual denunció:
• El fracaso de la reconquista de Chile en 1818.
• La pérdida de la fragata Esmeralda
• Los éxitos de la expedición independentista del Mariscal de Campo don Juan Antonio Álvarez de Arenales en la sierra central del virreinato.
• La deserción del Batallón Numancia.
• El constante envío de refuerzos militares y logísticos desde diversas partes del virreinato hacia Lima
• La presunta malversación de caudales.
• Favoritismo hacia algunos funcionarios civiles y militares.
• La actitud del virrey Pezuela de agotar las fuerzas del Ejército Real del Perú dejándolo anclado en la defensa de Lima, dejando de batir a San Martín en la hacienda Retes (Huaral),
• El descuido de su obligación virreinal de mantener en la sierra un ejército viable que aguantara hasta la llegada de refuerzos desde España.
• La toma de malas decisiones militares que causaron desde el arribo de San Martín hasta ese momento 14 798 bajas realistas (desertores, muertos, heridos y prisioneros).
• Su propósito de rendirse ante San Martín en contra de la opinión del alto mando militar.
En Huaura, al conocer la noticia del golpe de estado, San Martín comprendió que su anhelo de conseguir por las buenas que los jefes golpistas aceptaran la independencia, era imposible.
LA CONSPIRACIÓN CONTRA SAN MARTÍN: EL CASO HERES
Estando ya las fuerzas de Bolívar al mando de Sucre peleando por la libertad de Guayaquil, el 15 de octubre de 1821 y ya proclamada la independencia, se inició en Lima un episodio enredado, oscuro, y hasta hoy sin resolver, el cual, aunque poco conocido, afectó gravemente al Libertador San Martín, a su proyecto peruano y contribuyó a debilitar su posición en la reunión que se avecinaba con Bolívar, en evidente marcha hacia el sur con destino a Lima.
Numerosos historiadores han ninguneado investigar este trance y quienes lo hicieron fracasaron en tratar de establecer la verdad de lo ocurrido por falta de documentos precisos.
Eso los ha dividido hasta en tres bandos: i) el de los que creen que fue una fallida conspiración de los generales de más confianza de San Martín para deponerlo del mando por inacción contra los españoles. ii) el de los que asumen que fue una iniquidad del coronel venezolano Tomas Heres, provocada por su inquina hacia los oficiales argentinos colaboradores del Protector y, iii) los que creen que fue una decisión de los integrantes de la Logia Lautaro peruana, debido a que San Martín había quebrantado varios artículos de su reglamento.
En el bando II, hay quienes consideran que se trató de una operación encubierta organizada por Bolívar, parte de un supuesto plan siniestro y secreto destinado a apartar a San Martín de la gesta de la independencia del Perú, para lo cual Heres solo fue la herramienta principal.
Como parte del bando iii, el historiador Germán Leguía y Martínez dice en su estudio sobre el protectorado que la participación de los miembros de la Lautaro en la conjura se explica puesto que: “existían en las Constituciones o estatutos secretos de la Logia, disposiciones que tales afiliados estaban bajo juramento en obligación de cumplir”.
Y ocurría era que ni San Martín ni Monteagudo habían cumplido los artículos 9, 11, 12, 13 y 14 de la constitución matriz de la logia y por tanto eran merecedores de repudio y castigo.
Sobre los antecedentes de la conspiración, pero sin mencionar fuente confiable, Wikipedia dice que el descontento de los oficiales generales del ejército Libertador ante la conducta muy pasiva y permisible del Protector hacia los realistas, llegó su clímax cuando vieron retirarse a la expedición de Canterac hacia la sierra, luego de su espectacular avance al Callao.
En la interna se declararon muy indignados porque San Martín se había negado a dar la orden de ataque, perdiendo varias oportunidades de batir a las fuerzas realistas en el largo trayecto de Cieneguilla al Callao. No hallaban una explicación de carácter estratégico. Por eso atribuyeron tal conducta a problemas personales del Libertador, como, por ejemplo, su adicción al opio con el que su médico combatía la tuberculósis y las afecciones gastrointestinales que le martirizaban desde varios años antes.
No se sabe quien de los altos oficiales argentinos llegó a la conclusión de que era preciso deshacerse de San Martín, si se deseaba rectificar la estrategia militar que debía conducir al triunfo.
Los demás aceptaron configurándose una conjura para deponerlo, apresarlo y deportarlo. Hubo varias reuniones de los conjurados en las oficinas del estado mayor, desde los primeros días de octubre de 1821. El propio comandante del ejército, general Juan Gregorio de Las Heras, y el jefe de Estado Mayor Rudecindo Alvarado, apoyaban el plan.
General Juan Gregorio de las Heras, conjurado lugarteniente de San Martin
El historiador Leguía y Martínez sostiene que los conjurados fueron: José Santiago Aldunate, Ramón Antonio Dehesa, Guillermo Miller, Cirilo Correa y Enrique Martínez y agrega que no eran ajenos a ella y la alentaban Juan Gregorio Las Heras y Rudecindo Alvarado. El historiador Paz Soldán menciona los mismos participantes, pero extrañamente difiere en la fecha programada para el golpe afirmando que fue diciembre de 1821.
En su tesis para de licenciatura en Educación, Carlos Milla Castillo. 2016, Miserias y grandezas en el proceso libertario del Perú – Universidad Nacional del Santa, afirma que el golpe iba a ser ejecutado en la noche del 15 de octubre, en cuya fecha le correspondía el turno de la custodia de Palacio de Gobierno al batallón No. 11 de los Andes, cuyo comandante, Ramón Antonio Dehesa, se había comprometido a apresar al Protector. La lista de conjurados de Milla es más amplia: el comandante del Ejército, general Juan Gregorio de las Heras y el Jefe del estado mayor, general Rudencindo Alvarado, además de los jefes militares: C. Correa, E. Martínez, G. Miller, R.A. Dehesa, J.A. Aldunate, E. Necochea y otros más.
La versión de Wikipedia sostiene que cuando ya estaba a punto de darse el golpe, los conjurados cometieron el error de poner al tanto del plan al coronel venezolano Tomás Heres, comandante del batallón Voltígeros (ex Numancia), creyendo que se les uniría. Pero Heres corrió a informar a San Martín y a oficiales peruanos.
La otra versión de Leguía y Martínez dice que el coronel Heres, se enteró del inminente golpe por tres fuentes al caer la noche el 15 de octubre de 1821. Rápidamente fue ante San Martín y le avisó e inclusive le propuso que esa noche pernoctara en “La Ciudadela”, el cuartel de Santa Catalina para estar a buen recaudo de todo mal y peligro. Pero recibió una respuesta casi apática del Protector quien, además, le aseguró que ya estaba enterado del asunto por otros conductos y le pidió que se despreocupara. Heras no hizo eso, sino que convocó por escrito y con carácter de urgente a los oficiales peruanos Agustín Gamarra, jefe del Cazadores del Perú número 1, Francisco Antonio Pinto, jefe del número 5 de Chile y Mariano Necochea, jefe de los Granaderos a Caballo, enviándoles sendas notas en las que les dijo: “Véngase compañero y amigo, véngase inmediatamente, a saber cosas desagradables pero que interesan a su felicidad y a la de toda la América; y a las cuales hay que oponer mil y mil muertes si son precisas…”.
Además, por su cuenta y riesgo puso al ex Numancia sobre las armas y dispuso el relevo de toda la guardia de Palacio incluyendo a Dehesa y Aldunate.
Poco después se presentó ante San Martín, Diego Paroissien quién “en nombre y por encargo de General Las Heras hizo presente al Protector que, en ese mismo instante, el coronel Tomás Heres, con el batallón a su comando, se había puesto sobre las armas para deponerlo, ante lo que San Martín sólo replicó: “No hay cuidado” y se retiró.
Según hechos documentados, cuando los coroneles Pinto, Gamarra y Necochea llegaron ante Heres, éste les informó en tono preocupadísimo que un grupo de generales argentinos iba a derrocar a San Martín, y quizá hasta asesinarlo, debido a su política de inacción militar que favorecía a los realistas. Sin embargo, se negó a revelar la fuente de su información, señalando que el estallido del complot era inminente.
Presionado por sus pares dio algunos nombres. Finalmente acordaron presentarse ante el mismo San Martín, quien los recibió en su despacho. Sorprendió a los tres diciéndoles que ya conocía del asunto por otros medios y extrañamente no dispuso medida alguna.
Sin embargo, a pedido de los tres oficiales, con la finalidad de aclarar totalmente el asunto, San Martín convocó a una junta de guerra secreta de toda la alta oficialidad del Ejercito Libertador de los Andes, lo que hizo recién el 26 de octubre, fijando el cónclave para el 31 de ese mes en Palacio de Gobierno, en la que Heres expondría su denuncia y los acusados responderían de inmediato.
Bernardo Monteagudo, ministro de Guerra, dirigió la reunión. Heres se ratificó, pero como no pudo aportar prueba alguna trató de respaldarse en el hecho de que el propio San Martín sabía previamente de la conspiración y que por ese motivo, él puso en alerta de combate a su batallón, estacionado en el Cuartel San Catalina llamado también “La Ciudadela”, para contrarrestar cualquier intentona contra el Libertador.
Presionado por Monteagudo para que presentara por lo menos dos testigos que le habían dado la información inicial, Heras nombró al coronel Letamendi, del Batallón 5 de Chile y al Deam de la catedral de Lima, Francisco Javier Echague y al capitán Guerra de su unidad.
Monteagudo le dijo entonces que Letamendi había enviado una carta negando alguna reunión con Heras y haberle transmitido la noticia de la conspiración, mientras que Echague aceptaba haberse enterado del asunto solo por la alerta del ex Numancia, la noche del 15 de octubre.
San Martín preguntó entonces a Heras si se había reunido con oficiales en dicha fecha para hablarles de la conspiración. Heras respondió que si y nombró a sus interlocutores. Ellos confirmaron que la reunión fue a pedido de Heras, que se negó a dar los datos completos y que no tenía prueba material alguna.
Entonces, los implicados, Alvarado, Martínez y Correa negaron de plano el cargo de parte de Heras, lo llamaron embustero e intrigante y, uno por uno, lo desafiaron a duelo, conminándole a que eligiera ya las armas y sus padrinos. San Martín intervino para apaciguar los ánimos y evitar que la reunión generara alguna expresión de carácter público. Más calmados los involucrados pidieron entonces que se realizara una minuciosa investigación que determinase un severo castigo a Heras por su malvado comportamiento. Correa fue más puntual, pues pidió para Heras la pena de muerte. Heras, con el ánimo abatido, solicitó que se realizara un juicio con todas las de la ley.
San Martín intervino nuevamente pidiendo a los asistentes que trataran con mayor dignidad, y consideración al coronel Heras, arguyendo que había actuado en defensa de la causa libertadora y pidió a los presentes que escogieran un procedimiento mas reservado que un juicio público para resolver el asunto. Los altos mandos del Ejército Libertador le dijeron a San Martín que resolviera el tema por su cuenta, conforme a su alta prudencia, bondad y leal saber. Así terminó la reunión.
En la línea de seguir manteniendo el enojoso asunto en la mayor reserva San Martín solo ordenó que los presuntos conspiradores presentaran informes escritos y relevó a Heres del mando del Numancia dándole un plazo perentorio de cuatro días para que se marchara, lo trasladó a Guayaquil, y no obstante esa medida, le dio formalmente las gracias por los servicios prestados a la causa de la libertad del Perú. Heras se fue de Lima en noviembre de 1821.
Los informes de los presuntos conspiradores
Según consta en la recopilación de Juan Pedro Paz Soldán, Cartas históricas del Perú – primera serie. Correspondencia de los generales San Martín, Bolívar, Sucre, La Mar, Torre Tagle, Guido, Heres, Necochea, Martínez, Guise, La Fuente, Berindoaga, etc. - 1920, el general Enrique Martínez escribió el 14 de noviembre de 1821 a su comandante general Juan Gregorio de las Heras que, careado que fue el coronel Heras con sus supuestos informadores de la conspiración que iba a derrocar y asesinar a San Martín, estos – el coronel Letamenti, el Dean de la Catedral de Lima y el militar de apellido Guerra – negaron absolutamente lo dicho por Heras,
“Entonces fue nuevamente reconvenido por los señores jefes a lo que no tuvo que contestar y sí, se le convenció de que su objeto no había sido otro que el de fomentar entre ambos ejércitos la división, separar algunos jefes de él y seguir adelante con el plan que él debía haberse propuesto cuando dio aquel paso escandaloso”, con lo cual dejó zanjada su participación.
El 15 de noviembre, el general Guillermo Miller contestó: “creo deber asegurar que la especie de conspiración con que por dicho coronel fueron sindicados los jefes ante V.E. con la denuncia que le hizo dicho coronel, lo constituyen demasiado culpable por haber suscitado una calumnia que pudo traer consecuencias funestas, y así es que juzgo ha sido conveniente su separación, sin embargo que no me atrevo a calcular sus verdaderas intenciones”.
Ese mismo día, el general Agustín Gamarra, escribió: habiendo el abajo firmado recibido una cartita de don Tomás Heres concebida poco más o menos en estos términos: ''Mi amigo, conviene que nos veamos porque interesa a nuestra felicidad y a la de toda la América; dígame a qué hora le he de esperar. Su afectísimo, Tomás Heres."
Se dirigió a casa de dicho jefe, en el momento de haberle visto le aseguró se trataba de deponer al supremo protector y aún su vida estaba expuesta al ataque premeditado por algunos jefes del ejército.
“Reconvenido por el que expone si tenía fundamentos muy positivos sobre el asunto, le aseguró que si. Preguntado quienes le habían comunicado sobre el proyecto, contestó al que suscribe que todo no se podía decir, causándole una especie de sonrojo con las respuestas.
Pero instado aún, si la explosión estaba tan inmediata que no se pudiese apelar a un medio capaz de oponerle el dique necesario, dijo: amigo esto va a suceder muy pronto y se lo llevará el diablo si la fuerza no se opone a la fuerza. Y continuó, sería muy --- oportuno echarle un anónimo al protector.
A lo que contestó el que expone sería mejor, supuesto que el asunto estaba para estallar, dar parte directamente al supremo jefe para evitar con más acierto un lance en que se aventuraba toda la suerte de América.
El coronel Pinto a quien en igual momento le había escrito Heres, fue de la misma opinión. A las diez de la noche del mismo día, le dio parte del supremo jefe para que impuesto del por menor del coronel Heres a quien Pinto y el que informa se remitieron, tomase sus providencias.
Reunida a pocos días una junta de guerra en el palacio protectora! para investigar sobre los fundamentos de la acusación de Heres y evacuadas algunas citas, resultó al parecer del exponente, falso todo sin haberse adelantado más que el que podían haber ocurrido algunas habladurías contra la conducta de la suprema autoridad.
Concluída, dio cada uno su voto por escrito al supremo protector.
Es cuanto puedo informar en servicio de la verdad.”
También ese miso día, el general Mariano Necochea, respondió: “A fines del mes anterior asistí a una reunión de todos los jefes del ejército convocada por el excelentísimo señor protector con motivo de haberle dado parte el coronel señor Tomás Heres de que algunos de ellos trataban de deponerlo y asesinarlo; S.E. dando el debido valora esta noticia no quiso tomar la menor providencia a pesar de las instancias de dicho coronel para que hiciese relevar con tropa de su batallón la guardia de su casa y castillo de Santa Catalina que cubría el número 11 y adoptó el partido de reunirnos a todos para que en nuestra presencia el señor Heres expusiese los datos que había tenido para recriminar la conducta de varios de los jefes.
El resultado fue decir que aquella noticia la tenía del señor deán, del coronel Letamendi y capitán Guerra de su batallón, en vista de lo cual todos instamos para que comparecieran en la reunión estos testigos en quienes el señor Heres fundaba su parte; efectivamente se presentaron y el señor deán dijo que había oído decir a un clérigo que se trataba de hacer una revolución, pero que de ningún modo se le habrían nombrado las personas que debían ponerla en ejecución; que de esto había dado parte al señor general en jefe y que no tenía otros antecedentes; el coronel Letamendi desmintió completamente a Heres, y Guerra aseguró que lo único que había dicho a su coronel era que en el pueblo corría que estaba arrestado.
De este modo apareció la impostura del citado coronel y creo que el señor protector, tanto para dar una satisfacción a los jefes en cuyo honor había sido atacada como para alejar del ejército un intrigante que expuso algunos momentos la tranquilidad pública por miras puramente particulares, como lo demostró queriendo solicitar la separación de algunos beneméritos jefes, le ordenó inmediatamente su salida de esta capital donde su presencia hubiera sido siempre perjudicial al orden y buena armonía que completamente ha reinado y tanto honor ha hecho al ejército unido”.
San Martín siguió al mando insistiendo y persistiendo en su política de negociación con los realistas, según su visión pacifista y monárquica constitucional.
No impuso ningún castigo a los oficiales implicados. Por el contrario, gestionó que el cabildo de Lima obsequiara a veinte de sus altos oficiales fincas peruanas por un valor cercano de 500 mil pesos, las mismas que habían sido confiscadas a los españoles.
Entre los beneficiados figuran Guise, Luzuriaga, Las Heras, Necochea, García del Río, Monteagudo, Álvarez de Arenales, Miller y hasta Heres. Pero, más adelante, la mayoría de ellos, en particular los argentinos como Juan Gregorio de las Heras, Eugenio Necochea y Enrique Martínez, vendieron sus propiedades y se retiraron del Perú.
Precisamente, uno de los varios hechos que apuntan a que, en efecto, la conspiración estaba en marcha fue el posterior retiro voluntario del servicio activo de varios de los colaboradores argentinos del Protector. El historiador argentino, Mario Rodolfo Tamagno, en su amplia investigación sobre el tema concluye que sí hubo la conspiración en marcha, pero no se produjo debido a la acción de Heres.
¿PARTICIPÓ LA MISTERIOSA Y SECRETA
MASONERÍA EN LA GESTA SANMARTINIANA
DATOS BÁSICOS DE LA MASONERÍA
Agustín Celis Sánchez, historiador y literato español publicó el año 2005 en su estudio “Los Masones”, concluye en que la mayoría de trabajos anteriores sobre la masonería carecen de base probatoria, sugiriendo que se trata de un campo lindante con la ficción, el mito o la leyenda.
Por lo menos es concreto que, la palabra masón significa “albañil”, o “cortador o tallador de piedras”, mejor dicho “cantero”, término que procede del vocablo “mattjon”, que derivó hacia la forma “metze” en alemán antiguo, el cual pasó a la lengua franca como “makyon” antes de su latinización definitiva. En latín vulgar era “machio” o “matio” o “macio”, lo que algunos autores consideran una alteración de “marcio”, derivado de “marcus”, es decir, “martillo o aquel que utiliza el martillo” vinculado a la extracción de piezas líticas o l actividad específica de la construcción monumental.
Según el mismo Celis, el término francmasón, como también son conocidos los masones, proviene de la expresión “free-stone-mason”, nombre genérico de los albañiles o canteros de la Inglaterra del siglo XIV que trabajaban la piedra de calidad o blanda que era fácil de cincelar, y que se utilizaba en los adornos, las esculturas o los capiteles. Los “rough-stone-mason”, eran los albañiles que trabajaban la piedra más tosca.
Se tiene entonces que el origen de las sociedades masónicas fue el gremialismo proteccionista que surgió entre la fuerza de trabajo dedicada a la construcción, desde la concepción, diseño, planeamiento de edificios de importancia como fuertes, castillos, casas urbanas de nobles, palacios de dignatarios y, sobre todo, de obras monumentales de culto religioso. Entre estas, las principales fueron la catedrales del viejo mundo, cuya construcción significaba un gasto cuantioso, demoraba más de cien años y perseguía la perennización del catolicismo y de sus promotores de la curia, de la administración civil y de los aportantes de los fondos y significaba fama y riqueza para el maestro de obras elegido y para su personal formado por un poco más de mil trabajadores.
Pero, ¿Por qué el secretismo? Porque la construcción como otras actividades, implica la consecución, conservación y desarrollo de conocimiento científico, real, básicamente geométrico, trigonométrico, matemático, algebraico, geológico, manejo hidráulico, del viento y la luz (óptica) de otros meteoros y uso hábil de instrumentos de pesos y medidas, amen de destrezas no comunes para la obtención de material de construcción, tallados de piezas claves y modos de confección de cimientos, columnas, dinteles, bóvedas y techos, según estilos arquitectónicos bien definidos, desarrollados también por reconocidos especialistas y artistas.
Todo eso tenía que ser resguardado, mantenido en secreto, pasándose solo de generación en generación entre la descendencia del grupo. En un inicio, la figura del maestro de obras, que resumía la del arquitecto, ingeniero civil, superintendente de obra y capataz habría asumido la dirección de cada organización, pues era el que negociaba y suscribía los contratos de obras, convocaba a la tropa y pagaba.
Resulta que esta tendencia de desarrollar conocimientos científicos y utilitarios nuevos, habría generado la admisión en estos grupos de personalidades descollantes en varios campos de la religión, la ciencia, el arte y la guerra, sumándose a los temas netamente constructivos las conversaciones sobre otros asuntos como la filosofía, las ciencias físicas y químicas en avance, la alquimia, la metafísica y el esoterismo, pero todo siempre en el contexto de la hegemonía de un ser supremo, el gran arquitecto del universo. Cabe anotar que todas las actividades básicas desde antes y más aún, en la Edad Media, como los hilanderos, textileros, tintoreros, los productores de carbón, los ebanistas, carpinteros y otros constituyeron gremios de funcionamiento reservado y hasta secreto.
La masonería, un invento social
De este modo, pues, la francmasonería surgió como un invento impulsado por el fervor asociativo y la ganancia de espacio público independiente, en contra del absolutismo y el poder político religioso del catolicismo romano, frente a las cuales se convirtió en un enemigo al que había que aniquilar. Estas tendencias se desplegaron en Europa con la Ilustración y los consiguientes cambios científicos y asociativos.
Hay un supuesto texto fundador de la masonería: The Constitutions of Freemasons que fue redactado por el pastor presbiteriano escocés James Anderson y el exiliado protestante francés Jean Théophile Désaguliers. Publicado en Londres en 1723 fue modificado e impreso cuatro veces hasta 1784. En Pensilvania, Benjamin Franklin publicó una versión intermedia en 1734.
De este modo, con sucesivas añadiduras cada vez más imaginativas, el texto aumentó de sus 110 páginas originales, a 484.
Tradición inmemorial ¿?
La introducción de The Constitutions, redactada por el francés Désaguliers, que tenía el cargo de vice gran maestre de la Grand Lodge of London and Westminster, plantea que la masonería es antiquísima desde la noche de los tiempos, con el mismo ánimo con el que Esdras y su equipo de escribas hebreos secuestrados en Babilonia plagiaron para el Pentateuco hebreo, los mitos sumerios escritos en las famosas tablillas de barro, con el propósito de proclamar que el linaje hebraico procedía de Adan y Eva. Así, la masonería tendría una presunta tradición inmemorial que data desde la creación del mundo, según el relato mentiroso de Désagulier, la que finalmente resurgió en Francia y luego en Inglaterra y Escocia, muy ligada a la actividad arquitectónica y constructiva de edificios monumentales de culto.
Tradición militar
En la Edad Media hubo también un intento de crear una tradición de origen en las cruzadas y la orden del Temple, propósito que llevo a cabo el católico escocés emigrado a Francia, Andrew Michael Ramsay, sin mayor éxito.
Tradición transicional
Es una variante de la primera. Pretende que las logias de la masonería operativa, es decir de profesionales de la construcción y otras actividades afines, para subsistir asimilaron a caballeros e intelectuales avocados a materias como hermetismo místico, matemáticas, geometría, astrología, geografía y filosofía, debido a lo cual de talleres profesionales se convirtieron en grupos de discusión de diversos temas de gran actualidad. No obstante, debido a los callos que empezaban a pisar, los masones hicieron público que no discutían ni tomaban acciones sobre política y religión.
Algunos investigadores señalan actualmente que no hubo relación sustancial entre las corporaciones de oficio y la masonería actual o especulativa, nacida a fines del siglo XVIII.
La historiadora especializada en masonería e Ilustración Cecile Révauger afirma que dichas organizaciones fueron “dos fenómenos distintos”, con algunas similitudes.
Según ella y otros, en conclusión, la masonería fue inventada entre las islas británicas, Holanda y Francia entre los siglos XVII y XVIII y sus inventores tomaron alegorías y símbolos antiguos para revestir de misterio ancestral a sus ritos. Su auge ocurrió en el curso del siglo XVIII, el siglo de las luces, de la Ilustración y de la revolución cultural científica.
Las primeras logias masónicas se formaron como simples “clubes que reunían a hombres libres y de buenas costumbres" dentro de un contexto particular: la “transformación estructural de la vida pública”.
SAN MARTÍN MASÓN
Antecedentes
En Londres, en 1797, el venezolano Francisco Miranda, también conocido como el “soldado universal” creó una sociedad revolucionaria y republicana de funcionamiento secreto llamada la Gran Reunión Americana con el fin de impulsar la emancipación de los pueblos americanos del imperio español. Algunos dicen que fue una logia masónica conocida también como Caballeros Racionales, pero otra versión dice que Miranda solo se inspiró en la masonería para la operatividad de su organización,cuya sede central fue la casa de Miranda, en Grafton Street núm. 27, en Londres.
En ese tiempo las sociedades políticas permitían la doble o triple militancia de sus miembros, pudiendo ser uno al mismo tiempo patriota, masón y carbonario. Por ejemplo, Simón Bolívar tuvo contactos lautarinos en Cádiz o Londres, mientras pertenecía a los masones de París.
Diez años después, en 1807, Miranda fundó en Cádiz una filial de “Caballeros…”, la que en 1811 adoptó el nombre de Logia Lautaro. en honor al caudillo mapuche Lautaro, quien en el siglo XV trató de impedir la invasión de los españoles a la araucanía. Mirada también estableció otra filial, en Madrid
San Martín ingresa a la masonería española
Sobre el componente masónico del rol que José de San Martín y Matorras cumplió en el proceso de la independencia de América del Sur del imperio español, el historiador y periodista Carlos Campana, en su conferencia de 2023: “El general José de San Martín y la Masonería”, reveló que, en Cádiz, teniendo el grado de capitán realista, el futuro Libertador se incorporó por primera vez a la masonería, en 1808, en la logia Integridad Nro. 7 cuyo presidente era el general Francisco Solano Ortiz de Rosas, marqués del socorro.
El sitio webb de la Gran Logia Argentina, (https://www.masoneria-argentina.org.ar/jose-de-san-martin/ ) informa que después San Martín se afilió a la Logia Caballeros Racionales Nº 3, también de Cádiz, donde recibió el grado de Maestro Masón el 6 de mayo de 1808.
Tras un breve paso por Sevilla, se estableció en Londres durante cuatro meses, donde participó de la fundación de la Logia Caballeros Racionales Nº 7. Con el Conde de Fife, una de las prominentes figuras de la masonería londinense, con quien acordó los detalles finales de su viaje al Río de la Plata a bordo de la fragata George Canning junto a sus hermanos masones Alvear, Zapiola, Holmberg, Chilabert y otros.
La masonería ya había llegado a Buenos Aires, a decir del historiador argentino Emilio Corbière, al final del siglo XVIII, a través de masones españoles.
Con la masonería en Buenos Aires
Cuando San Martín, Carlos de Alvear y otros patriotas llegaron a Buenos Aires en 1812, ya funcionaban: la Logia Independencia, desde 1795 y otra homónima, fundada en 1810 por Julián Álvarez, la cual después se llamó Logia de San Juan.
En Buenos Aires, en contacto con Julián Álvarez, maestro de la Logia Independencia fundaron la Logia Lautaro, cuyo primer jefe fue de Alvear.
Esta fue la base de la Logia Lautaro y sus filiales. Pero se debe tener en cuenta que las Lautarinas fueron logias o grupos operativos (no especulativas) nunca relacionadas con los gremios de la construcción, sino con la revolución americana.
Posteriormente en Córdoba, adonde llegó procedente de Salta después de organizar el Ejército del Norte y dejarlo en manos de Martín Miguel de Guemes. el 24 de mayo de 1814, San Martín fundó la Logia Lautaro de esa ciudad, cuya Acta de fundación se conserva.
Cinco meses después siendo intendente de Cuyo, San Martín fundó la Logia Lautaro de Mendoza, pero el historiador Campana, dice que también habría fundado una logia llamada Ejército de los Andes, a la que se incorporó una gran cantidad de jefes y oficiales.
Con su hermano masón Manuel Belgrano lograron la convocatoria al Congreso de Tucumán, el cual declaró la independencia del virreinato de Río de la Plata dela corona española, el 9 de julio de 1816. El Director Supremo Juan Martín de Pueyrredón nombró a San Martín como General en Jefe del Ejército de los Andes. Fue entonces que el Libertador fundó la Logia del Ejército de Buenos Aires en la que fue designado Venerable Maestro, la que se añadió a la Logia Lautauro bonaerense.
San Martín creador de grupos militares secretos
Pero, por encima de que se admita que San Martín fue militante masón, también es posible que, conocedor de los teje y manejes del funcionamiento operativo secreto de sus logias, haya usado solo este componente para la constitución y funcionamiento de sus grupos secretos político- militares compuestos básicamente por sus cofrades de la masonería. Esto, porque dentro de la masonería militante, estaban prohibidos de tratar de asuntos políticos y religiosos.
Al respecto, el historiador José Stevenson Collante, afirma que en el proceso revolucionario, las personalidades militaban al mismo tiempo en logias regulares Universales y en logias patrióticas revolucionarias u operativas, masónicas, político - militares y de otro tipo.
Más aún, el autor masónico Albert Gallatin Mackey, ha señalado que dentro de una misma logia masónica había dos cámaras: la azul, de masonería simbólica que constaba de los tres primeros grados, y la roja, o masonería superior compuesta de los grados 4.º y 5.º, Rosa Cruz y Kadosh.
La cámara roja de la Logia Lautauro fue, en realidad la Gran Logia de Buenos Aires, y con el influjo de San Martín fue la que actuó en política prescindiendo de la Logia operativa Lautaro. Por lo tanto, no fue uno, sino fueron dos organismos autónomos los que actuaban, aun cuando guardaran entre sí una estrecha relación.
En su trabajo citado Castro Olivas, remarca que cuando San Martín llegó a Lima, la masonería ya tenía presencia y había sido perseguida con virulencia por los virreyes, acusando a sus militantes de herejes, ateos, agentes del demonio por lo que eran sometidos la Inquisición, según las disposiciones de la corona. El pueblo llano limeño asumía como cierta la criminalidad de los masones. Sin embargo, se dio la situación de que aun en ese contexto, varios altos oficiales realistas eran masones.
Las pocas organizaciones locales masónicas previas se pusieron en contacto con San Martín y, a partir de eso, la data histórica dice que se formalizaron y aumentaron en número.
Ocurrió entonces que hallándose San Martín en el Norte Chico y mientras el virrey la Serna se aprestaba a abandonar Lima para ir a atrincherarse en el Cusco, hizo su última jugada política. Hizo que los del periódico realista El Depositario, en su edición número 42 del 16 de junio de 1821 publicara la denuncia del español Gaspar Rico, redactor principal del medio, acusando al Libertador y a su alta oficialidad de ser masones, ergo, herejes, ateos, impíos y agentes del demonio. Rico describió en sucesivas notas toda una compleja red “conspiratoria” movida supuestamente desde Inglaterra, de la cual las logias masónicas del ejército sanmartiniano eran brazo ejecutor armado.
Pero, Rico recibió de respuesta una sopa de su propio chocolate. En el cuarto número del periódico rival El Nuevo Depositario, fundado por el criollo Mariano Larriva, este lo dedicó únicamente a burlarse de Rico, llamándole “Gaspar Borrico” y redactando graciosas sátiras con el nombre de “Anguladas” lo desprestigió sobre manera. La caricatura de Rico montado en un burro, fue la primera que apareció en la prensa peruana. En el siguiente número de su periódico, Rico se retractó de sus ataques a San Martín y demás militares libertadores, arguyendo que lanzó su ataque como una expresión de la guerra de plumas y en defensa del buen trato a las autoridades virreinales de parte de la prensa pro independentista.
Pero, ¿Qué papel jugó entonces en el Perú la llamada Logia Lautaro y si esta pertenecía al rito masónico?
¿FUE LAUTARO UNA LOGIA MASÓNICA?
Sobre este tema, en su tesis para su maestría en Historia, Sociedades secretas y masonería en el proceso de emancipación peruano: La Logia Lautaro en el Perú – Universidad Nacional Mayor de San Marcos de Lima - 2009, Jose Castro Olivas, se pregunta: ¿Fue Lautauro una logia masónica?
Y, tras examinar argumentos en pro y en contra, concluye en que “Lautaro no era propiamente una logia masónica, aunque pudieron serlo algunos de sus miembros. Pudo adoptar ciertamente algunos símbolos masónicos (de esto existe prueba documental evidente) y el propio nombre de Lautaro quizá lo fue también, pero son abundantes los argumentos y razonamientos que indican que Lautaro no era una logia masónica, sino un grupo político”.
Castro Olivas, también llega al convencimiento de que la especie de célula político – militar Lautaro, no fue fundada en Lima, sino que desde su origen en Buenos Aires y tras el desplazamiento de sus integrantes hacia Chile, solo se trasladó en parte hacia el Perú integrando la expedición libertadora bajo la dirección de San Martín.
¿Lautaro decidió que San Martín asuma el protectorado?
Castro Olivas encuentra un primer debate de investigadores sobre el rol de Lautaro en Lima, respecto al tema de la asunción de San Martín al mando del régimen del Protectorado y fija las partes: i) los que como Mitre, Onsari y Zúñiga asumen que San Martín tomó el mando del Protectorado a instancias de los Lautaro.
ii) Los que como Leguía y Martínez opinan que la Lautaro no podía decidir nada puesto que San Martín “no podía ser obligado por sus subalternos” o bien opinan como Mariátegui en el sentido de que las versiones en torno a que la logia otorgó el mando a San Martín, carecen de sustento.
La pugna lautarina entre monarquistas y republicanos.
Otra materia que atañe a los Lautaro es que los hechos de la campaña muestran que entre los que llegaron en la expedición libertadora surgieron dos bandos respecto al sistema de gobierno del futuro Perú independiente y que al cabo entraron en pugna:
i) Los partidarios de una monarquía constitucional, entre los que se contaba a San Martín y Monteagudo y, ii) los partidarios de la república: en este grupo se alinearon Las Heras, Rudecindo Alvarado, Arenales, Necohea
La pugna o confrontación entre lautaristas monarquistas y republicanos y su desacuerdo con el proyecto monárquico sanmartiniano y, además, la desaprobación de la conducta militar del Protector, habrían sido entonces, la principal razón de la conjura de octubre de 1821 contra el San Martín y no las supuestas infracciones al reglamento de las constituciones de la logia, pues es evidente que esas nomas ya no regían en 1821.
Lautaro y la conspiración de octubre de 1822 contra San Martín
Se debe tener en cuenta para medir la magnitud del descontento que casi toda la alta oficialidad del ejército, gran parte de ella integrante de los Lautaro, formó parte de intento de golpe contra el Libertador. Sólo Tomás Guido, fiel amigo personal de San Martín se mantuvo al margen.
Castro Olivas, en su tesis, ha determinado que los historiadores Paz Soldán, Leguía y el sacerdote Vargas Ugarte coinciden en señalar que los conjurados pertenecían a Lautaro.
El lautarismo influyó en el curso de tratamiento de la conspiración del siguiente modo:
San Martín pidió a los oficiales implicados que rindieran un informe escrito de los hechos, es decir a los coroneles Rudecindo Alvarado, Enrique Martínez, Francisco Antonio Pinto, Mariano Necochea, Cirilo Correa, Guillermo Miller y Agustín Gamarra y a los comandantes Eugenio Necochea, Ramón Antonio Dehesa, Juan Santiago Sánchez y Santiago Aldunate.
Al general Las Heras, no le pidió presentar informe alguno, pero la confianza entre ambos ya no existía.
El sacerdote Vargas Ugarte escribió que “el resultado de estas informaciones fue el convencimiento de que en efecto se había conspirado” (1966: Tomo VI, 207).
en los hechos San Martín tenía las manos atadas para castigar a los conspiradores porque eran cabeza de su ejército, actuaban dentro del máximo cenáculo político del Perú porque un hecho así dejría devastado a su proyecto, sin que los realistas le ganasen la guerra.
San Martín sacrificó a Heres deportándole en los hechos a Guayaquil. Luego, no tuvo más remedio que aceptar el retiro voluntario de Las Heras, Eugenio Necochea y Enrique Martínez, de lo cual dio cuenta a O’Higgins en carta del 31 de diciembre de 1821, en la cual le dice:
“Las Heras, Enrique Martínez y Necochea me han pedido su separación y marchan creo para esa. No me acusa la conciencia haberles faltado en lo más mínimo” (en Leguía y Martínez 1972: Tomo IV).
Sin Las Heras en el Perú y el presidente chileno O’Higgins opuesto al proyecto monarquista, San Martín y Monteagudo se habían quedado solos con su proyecto monarquista constitucional. Entonces, en enero de 1822 ya no podía hablarse de Lautaro en el Perú
ALARDES MASÓNICOS RESPECTO A LA CONFERENCIA DE GUAYAQUIL
Otro tema en el que la propia masonería internacional ha tratado de ganar protagonismo como factor determinante del curso de la historia, es la conferencia definitoria entre los Libertadores, el 26 de julio de 1822, en Guayaquil.
Recreación de la cumbre de libertadores, en Guayaquil
El supuesto mandato masónico para que SM deje el Perú
Los autores masónicos, Font Escurra, el español Ricardo de Cierva, los argentinos O’Donnell y Julio Ramos Bringas, sostienen que la reunión fue toda una tenida masónica en la que únicamente Bolívar, con mayor grado en la orden, comunicó a San Martín que había sido decidido al más alto nivel, que abandonara el Perú dejando todo en sus manos.
Así pues, fue la masonería la que sacó a San Martín del juego de la independencia del Perú.
Castro Olivas, señala que estas afirmaciones no tienen ningún sustento probatorio, dado que son públicas varias otras poderosas razones de la decisión del Protector para macharse:
Su percepción concreta de que su propuesta de monarquía constitucional era rechazada por la propia elite peruana, por sus oficiales argentinos más próximos que hasta prepararon una sublevación contra esa opción, por el gobierno de Chile y por las Provincias de Río de la Plata. El rechazo favorecía a la alternativa de la república, pero también provenía de las fuerzas virreinales enemigas mientras tuviera como base la independencia del nuevo reino.
La insuficiente fuerza militar libertadora debilitada por el súbito y problemático retiro de la flota del almirante Cochrane y por la fallida conspiración de los lautaro.
La inexistencia de una fuente segura y decidida que aportara recursos económicos urgentes y cuantiosos para sostener la guerra.
El hecho de que sus más altos oficiales abandonaron a su ministro Monteagudo, quien había sido depuesto y deportado por Tagle Portocarrero, su reemplazante en el poder mientras el estuvo de viaje Guayaquil.
Otros, como el canadiense Timothy Anna generalizan la situación planteando que San Martín se retiró porque “había fracasado y lo sabía”, un fracaso que según Anna se explica por su incapacidad para ejercer el mando, debido a su adicción al opio.
En este cuadro la razón menos importante sería el supuesto mandato masónico o la envidia, el odio o el rencor que la creciente fama de Bolívar hubiera generado en San Martín.
Para mayor contundencia, Castro Olivas, ofrece un análisis minucioso de toda la documentación dejada por los dos libertadores sobre su reunión en Guayaquil, tanto la inmediata como la posterior. El estudio incluye aportes sobre el tema de los principales colaboradores de cada personaje y hasta las confidencias que estos pudieron hacer a dichos amigos y a otros subalternos.
La conclusión es que no existe ningún fundamento histórico válido en ese material clave que certifique la intervención de la alta masonería en los tratos realizados en Guayaquil.
Así cualquier maniobra en favor de eso, no es más que un intento masón de ganarse canonjías con avemarías ajenas.
FIN.





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