EL GRAN TEMPLO DE PUNKURÍ: RECORDANDO SIN IRA
DE CONSTRUCTORES Y DESTRUCTORES
En todo el mundo hay vestigios de magníficas obras
arquitectónicas de distintas y antiquísimas culturas hechas de barro, piedra y
madera que han resistido el paso del tiempo y los embates de distintos factores
ambientales. Fueron bien hechas con responsabilidad y sobre todo, con gran
honestidad por parte de sus ejecutores.
El Perú es uno de esos lugares. Nuestros antiguos
paisanos primero fueron ingenieros civiles arquitectos y albañiles, apenas
dejaban nuestro pasado lítico como nómades cazadores, recolectores y
pescadores. Ni siquiera habían inventado la agricultura y ni idea tenían de la
cerámica, cuando hace unos 6 mil años construyeron en el vallecito del río
Sechín, el primer edificio monumental rectangular con su plaza circular de piso
hundido, con un fogón bien ventilado en el centro. Al sitio le llaman Sechín
Bajo y un arqueólogo alemán y su equipo lo han excavado y estudiado durante 16
años para obtener los datos que les estoy resumiendo, con cálculos científicos
e indiscutibles de fechas reveladoras.
Así empezó en el área de la costa norcentral, hoy
departamento de Ancash nuestra aventura ancestral de constructores de enormes y
espectaculares edificios ceremoniales monumentales, de los cuales quedan
importantes vestigios que solo los huaycos provocados por pavorosos fenómenos
El Niño pudieron sepultar, sin derribarlos.
Este y otros conocimientos sobre otras obras mayores,
me provoca entonces una sonrisa de desdén y gran lástima hacia nuestros
ingenieros civiles, arquitectos y albañiles modernos, cuyas obras, hechas con
cemento y acero, se derrumban súbitamente matando a inocentes. Y surgen
“expertos” y políticos que lanzan explicaciones insustanciales como eso de que
las obras “tienen un tiempo de vida útil” o eso de que “es imposible anticipar
el colapso de una construcción”.
El asunto concreto del tema de Chancay, ocurrido a
mediados de febrero de 2025 me ha llevado a terminar el pequeño trabajo que
tenía pendiente sobre el gran edificio ceremonial de Punkurí, hecho por los
Sechín, hace 4,500 años con barro, piedra y madera, el cual está aún en pie,
pero casi en total abandono.
Su historia es un homenaje a sus constructores y una
bofetada a los actuales.
EDIFICIO MONUMENTAL DE
PUNKURI, PRESENCIA DE LOS
SECHIN EN EL SECTOR MEDIO DEL VALLE DE NEPEÑA
El
edificio monumental de Punkurí está entre los pueblos de Nepeña y San
Jacinto, en la margen valle del río Nepeña, provincia de Santa, departamento de
Áncash.
Su
nombre se deriva de la unión de los vocablos quechuas: punku o pungu que
significa "puerta" y chucu "casco".
El
primer cálculo a ojo de buen cubero de Julio C. Tello sugirió que fue
construido por gentes de la cultura SECHIN, entre los periodos arcaico y
formativo temprano, hace 4,225 adp., habiendo estado vigente hasta el 3425 adp.
La SOCIEDAD SECHIN - nadie sabe cómo se autollamaban ellos ni que idioma hablaban -, tienen un nombre arbitrario que se deriva del del rio Sechín, afluente del Casma, de norte a sur. Julio C. Tello la ubicó en la década de los treinta. Pero, debido a la data y el procedimiento investigativo imperante por entonces, la describió como una manifestación cultural Chavín en la costa, para reforzar su teoría de que los del Callejón de Conchucos-Río Mosna, fueron el primigenio núcleo de la alta cultura en los Andes Centrales. Hoy, ese acerto ha sido superado y tanto Sechín como la Sociedad Cupisnique de los valle más al norte, Moche y Jequetepeque, fueron poderosos antecesores de Chavín de Huántar y aportantes a su estructura material e inmaterial.
En
su informe de 2009, Los periodos Arcaico
Tardío, Arcaico Final y Formativo Temprano en el valle de Casma: evidencias e
hipótesis, el arqueólogo Henning Bischof, enmarca el origen de Punkurí
durante el Periodo Sechín, 5425-3675 adp. [calib.], de su nueva
propuesta cronológica, pues el edificio replica la orientación Norte – Sur de otros
sitios monumentales de aquel tiempo: Cerro Sechín, el Segundo Edificio
de Sechín Bajo y Las Haldas.
El
patrón de orientación cambió después cuando fue erigido el complejo Sechín
Alto, debido a una evidente modificación fundamental en las creencias de
las élites y de la población llana sobre la vida y la muerte y en la visión del
mundo.
No
obstante, Bischop remarca que durante el Periodo Sechín ya existían
diversos estilos arquitectónicos y constructivos, en función de las condiciones
ambientales de las subregiones y la categoría de la gente a cargo de tal o cual
obra. El uso del adobe se dio en las tierras aluviales en el fondo del valle,
área que albergaba a la mayor parte de la población y era empleado solo para
edificios destinados a ceremonias comunales y para el uso de las elites
sociopolíticas y religiosas.
Punkurí, precisamente, está
hecho con adobes de barro de 3 m. de altura en un área aproximada de 3000 m2. Para
sus recintos utilizaron adobes cónicos, troncocónicos, todos modelados a mano y
tienen un peso promedio de 40 kilogramos.
Sobre
Punkurí Bischof deja en claro que, a pesar de la carencia de investigaciones, la
nueva evidencia de Casma proporciona un marco cultural y cronológico amplio que
atañe al vecino valle de Nepeña, ya que por estratigrafía estilística comparada
se tiene que la escultura del felino en
la escalera central de Punkurí, que corresponde a su tercera fase de construcción,
está relacionada con los felinos pintados en la sección que corresponde a la
fase constructiva 1 del edificio central de Cerro Sechín.
Calcula
que, en consecuencia, la construcción de Punkurí con sus relieves polícromos
habrían empezado aproximadamente en el año 4525 adp. (calib.). Esto coincide
con la observación de que en Punkurí, aún se usaban diversos tipos de adobes de
forma piramidal trunca, plano convexa, troncocónica y cónica.
Por
eso está considerado entre los edificios monumentales de barro más antiguos de
América Prehispánica.
Además de sus componentes de albañilería, de su monumentalidad, orientación espacial y de su función ceremonial o de centro cívico regional, Bischof señala puntualmente que Punkurí compartió espectacularmente con los demás centros de su tiempo, el arte mural de los peruanos primigenios. Se trata de una actividad creativa que constituyen la fuente más informativa y compleja sobre la época, a tal punto que el propio Bischof considera que los criterios diagnósticos del Periodo Sechín son dos: los rasgos arquitectónicos y su arte mural asociado
Los
últimos descubrimientos de dicho arte en Punkurí, Sechín Bajo (Edificio
3) y San Jacinto establecen un hecho hoy por demás indiscutible: que el
territorio de los valles de Casma, Nepeña y Santa, teniendo como centro
irradiador al de Casma, fue en el
antiguo Perú uno de los focos principales del surgimiento de la visión mágico –
religiosa del Homo sapiens, de sus deidades más poderosas y de los
correspondientes rituales de veneración, adoración y entrega de sacrificios
humanos y ofrendas diversas, con el
marco de una monumentalidad hecha de barro, piedra y madera, lo que sucedió
entre los años 5 525 y 3 625 adp. (calib.).
Sobre la base de los hallazgos, Bischof se ha esforzado en definir dos estilos cuyas obras principales se suceden en el tiempo: el estilo Punkurí y el estilo Sechín.
El
estilo Punkurí
Tuvo
dos modalidades, combinadas en los relieves mayores y más antiguos del sitio
tipo.
Una
es geometrizada y simbolista y fue empleada para representar divinidades
u otros entes míticos. A partir de esto, Bischof asoció esta modalidad de
Pukurí con las imágenes también simbolistas y complejas de un mortero de piedra
que fue hallado y por Julio C. Tello, en 1943, en el sitio arqueológico de
Cerro Suchimán, en el valle de El Santa. Bischof consideró a lo que llamó “la
tradición Suchimán” como una variante del estilo Punkurí.
La otra modalidad Pukurí, usada para figuras subsidiarias de animales, puede llamarse heráldica por su trazo estilizado y reducido a lo esencial de los prototipos naturales, lo que facilita bosquejar los motivos respectivos y, por otra parte, reconocerlos. Los felinos de la fase constructiva 3 de Punkurí y la fase 1 de Cerro Sechín corresponden a la modalidad heráldica, así como los grabados en las flautas de Caral y los relieves de Buena Vista, valle del Chillón.
El
estilo Sechín
Es
realista tanto en sus escenas como en sus motivos individuales. Sus obras
principales son las imágenes antropomorfas de las fases 1 a 4 del edificio central
de Cerro Sechín.
Las
fachadas de las fases 1 y 3 muestran sacrificios humanos sangrientos sobre sus enlucidos
modelados y pintados. En la fase 3, dichos diseños se relacionan, claramente,
con el mundo acuático. La fachada de la fase 4, de lápidas esculpidas, se
dedica, igualmente, al tema del sacrificio sangriento en forma de un desfile
procesional en dos columnas de una compañía de sinchis asociada con trofeos
humanos, lo que, quizá, apunta hacia un orden dual de la sociedad. Lo que se
observa son escenas de la vida ritual, en principio reales, y es muy probable que
sus actores fueran miembros de la sociedad local, idealizados, pero, de todas
maneras, reales también.
Estas modalidades estilísticas continuaron en los periodos subsiguientes y, con la excepción de la tradición Suchimán, incluso en el arte chavín.
Fases
constructivas
Uno
de los mayores conocedores de Punkurí, el arqueólogo Lorenzo Samaniego,
en su informe, Punkurí y el
valle del Nepeña, publicado en el libro Arqueología en la costa de Ancash
del Centro de Estudios Precolombinos de la Universidad de Varsovia (Pags. 59 a
la 98), indica que ha identificado tres fases constructivas y que el edificio está
orientado hacia el norte. Sus columnas eran cilíndricas policromas con
decoraciones incisas.
Muestra
relieves policromos en la construcción de la primera y segunda fase y una escultura
de bulto del puma, que algunos atribuyen a la personificación de la deidad
principal llamada Kon, creador del universo, reposando en las primeras
gradas de la escalinata del edificio de la tercera fase, la que se encuentra
destruida en un 80%.
Samaniego
cuenta que Punkurí fue sepultado durante siglos, en gran parte, por un
aluvión que se desplazó por todo el valle de Nepeña. Fue ubicado por Julio C.
Tello, en 1933, alertado por el entonces administrador de la Hacienda San
Jacinto.
Tras su única visita al sitio que duró tres meses, Tello describió así sus hallazgos en Punkurí remarcando de modo inexacto que se trataba de un templo que confirmaba la preminencia de la cultura Chavín en la costa: "el piso inferior contenía estructuras de piedra con paredes ornamentales en el estilo clásico Chavín. Estas estructuras fueron derrumbadas, y utilizadas después como fundamento de los nuevos edificios del piso medio, y éste, a su vez, sirvió para los del piso superior. Como en el caso de Cerro Blanco, en los dos pisos inferiores restos de lo que parece la cultura Chavín: un ídolo hecho de piedra y barro, representando un bulto la figura de un felino pintado con diferentes colores; una tumba conteniendo el cadáver de una mujer sacrificada, en asociación con una concha caracol (Strombus galeatus), un patio recamado con laminillas de turquesas, y un mortero provisto de su respectivo pisón, ambos de diorita, y pulido y grabado con figuras del estilo clásico de Chavín. En el piso medio tenían las paredes fabricadas con adobes cónicos y adornados con figuras incididas y pintadas sobre una superficie previamente en lucida, y restos de varias cámaras soterradas con pinturas murales"
Destrucción
de Punkurí
No
obstante, ni la importancia del hallazgo y sus consecuencias, pudieron
impedir que Punkurí pasara nuevamente al olvido hasta el último cuarto del
siglo XX durante el cual, Samaniego y otros intelectuales iniciaron esfuerzos
para tratar de ponerlo en valor.
Pero, antes, por ignorancia y superstición y para aprovechamiento propio, los pobladores de las inmediaciones del sitio arqueológico proclamando que el edificio es un lugar dedicado al diablo, lo saquearon y enfocaron su supuesto rechazo religioso contra el ídolo en forma de felino que representa al puma tratando de destruirlo a punta de comba y cincel para que no propiciara desgracias.
Su
restauración
Gracias al trabajo del arqueólogo peruano Lorenzo Samaniego enviado por la Universidad Nacional del Santa, así como Agroindustrias San Jacinto se logró iniciar trabajos de puesta en valor de Punkurí, al cual se le ha reconocido una gran área como intangible y dedicada para la investigación, observación y visita a través de un pequeño museo de sitio, un jardín botánico, así como una réplica a escala del ídolo de Punkurí.
El
nuevo abandono
Sin
embargo, a causa del desinterés de las entidades públicas y privadas por
mejorar la recuperación del sitio, la falta de presupuesto y las consecuencias
de la pandemia de la COVID-19, e edificio Punkurí y su museo de sitio fueron
totalmente abandonados desde el 2019. El acceso al público terminó y la
destrucción medio ambiental prosiguió con el Fenómeno de El Niño del verano de 2023,
agravado por la acción lluviosa del Ciclón “Yaku” de ese mismo año.
Teniendo en cuenta que el estado no ha logrado aún reparar el grave derrumbe de la fortaleza de Kuélap, no puede contener la invasión de tierra del Proyecto Caral, debido a la ineptitud del Ministerio de Cultura y que, además, carece de una eficiente política de mantenimiento de la infraestructura nacional que impediría tragedias como el derrumbe del puente Chancay, es casi seguro que la ruta de destrucción e Punkurí, es inevitable.
Fotografías
de Punkurí.
Entrada general al centro monumental de Punkurí
Plano general de edificio Punkurí y otros detalles.
Escultura del puma, materialización de la divinidad Kon, creador del
mundo
Arqueólogo Lorenzo Samaniego, junto a la célebre escultura lítica del
puma, representación de la deidad Kon, en la cosmogonía de los Sechín.




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